Para escribir un cuento en solo cinco minutos es necesario que consiga -además de la tradicional pluma y del papel blanco, naturalmente- un diminuto reloj de arena, el cual le dará cumplida información tanto del paso del tiempo como de la vanidad e inutilidad de las cosas de esta vida, del concreto esfuerzo, por ende, que en ese instante está usted realizando. No se le ocurra ponerse delante de una de esas monótonas y monocolores paredes modernas, de ninguna manera; que su mirada se pierda en ese paisaje abierto que se extiende más allá de su ventana, en ese cielo donde las gaviotas y otras aves de mediano peso van dibujando la geometría de su satisfacción voladora. Es también necesario, aunque en un grado menor, que escuche música, cualquier canción de texto incomprensible para usted, una canción, por ejemplo, rusa. Una vez hecho esto, gire hacia dentro, muérdase la cola, mire con su telescopio particular hacia donde sus vísceras trabajan silenciosamente, pregúntele a su cuerpo si tiene frío, si tiene sed, frío-sed o cualquier otro tipo de agustia; en caso de que la respuesta fuera afirmativa, si, por ejemplo, siente un cosquilleo general, evite cualquier forma de preocupación, pues sería muy extraño que pudiera encaminar su trabajo ya en el primer intento. Contemple el reloj de arena, aún casi vacío en su compartimiento inferior, compruebe que todavía no ha pasado ni medio minuto. No se ponga nervioso, vaya tranquilamente hasta la cocina, con pasitos cortos, arrastrando los pies si eso es lo que le apetece. Beba un poco de agua -y si viene helada no desaproveche la ocasión de mojarse el cuello- y antes de volver a sentarse ante la mesa eche una meada suave (en el retrete, se entiende, porque mearse en el pasillo no es, en principio, un atributo de lo literario).
Ahí siguen las gaviotas, ahí siguen los gorriones y ahí también -en la estantería que está a su izquierda- sigue el grueso diccionario. Tómelo con sumo cuidado, como si tuviera electricidad, como si fuera una rubia platino. Escriba entonces -y no deje de escuchar con atención el sonido que produce la plumilla al raspar el papel- esta frase: Para escribir un cuento en solo cinco minutos es necesario que consiga...
Ya tiene el comienzo, que no es poco, y apenas ni han transcurrido dos minutos desde que se puso a trabajar. Y no solo eso: además de esa primera frase tiene, en este grueso diccionario, que sostiene con su mano izquierda, todo lo que hace falta, dentro de ese libro está todo, absolutamente todo; el poder de esas palabras, créame, es infinito.
Fragmento de la obra "Obabakoak", de Bernardo Atxaga.
Leemos fantasía para volver a encontrar los colores, creo.
Para saborear especias fuertes y escuchar los cánticos que cantaron las sirenas.
Hay algo antiguo y verdadero en la fantasía que habla a algo profundo en nuestro interior, al niño que soñaba con cazar algún día en los bosques de la noche, y atiborrarse bajo la colina hueca, y encontrar un amor que durara para siempre al sur de Oz y al norte de Shangri-La.
Pueden quedarse con su Cielo. Cuando muera, me iría antes a la Tierra Media. (George R.R.Martin)
Para saborear especias fuertes y escuchar los cánticos que cantaron las sirenas.
Hay algo antiguo y verdadero en la fantasía que habla a algo profundo en nuestro interior, al niño que soñaba con cazar algún día en los bosques de la noche, y atiborrarse bajo la colina hueca, y encontrar un amor que durara para siempre al sur de Oz y al norte de Shangri-La.
Pueden quedarse con su Cielo. Cuando muera, me iría antes a la Tierra Media. (George R.R.Martin)
30/03/2009
28/03/2009
Series de escritoras: Ana de las tejas verdes
Ana de las tejas verdes está basada en el libro homónimo de Lucy Maud Montgomery.
Mark Twain llamó a Ana de las Tejas Verdes la más querida y encantadora niña de ficción desde la inmortal Alicia.
Anne Shirley es una encantadora huérfana que ama la poesía. Uno de los poemas
es el de Alfred Tennyson, La dama de Shalott, que ya fue colocado en un post el año pasado, pero he encontrado un maravilloso vídeo para ilustrarlo y recordarlo de nuevo.
Os dejo con las palabras de Tennyson y la música de la banda sonora de la serie Ana de las tejas verdes, donde la protagonista escenifica este poema.
Aquí, la escena de la serie:
http://losmanuscritosdelcaos.blogspot.com/2008/09/quise-ser-como-joe-march-y-como-anne.html
Mark Twain llamó a Ana de las Tejas Verdes la más querida y encantadora niña de ficción desde la inmortal Alicia.
Anne Shirley es una encantadora huérfana que ama la poesía. Uno de los poemas
es el de Alfred Tennyson, La dama de Shalott, que ya fue colocado en un post el año pasado, pero he encontrado un maravilloso vídeo para ilustrarlo y recordarlo de nuevo.
Os dejo con las palabras de Tennyson y la música de la banda sonora de la serie Ana de las tejas verdes, donde la protagonista escenifica este poema.
Aquí, la escena de la serie:
http://losmanuscritosdelcaos.blogspot.com/2008/09/quise-ser-como-joe-march-y-como-anne.html
27/03/2009
Dicho por...Marie Curie
25/03/2009
Animales libres
Ha vuelto a comenzar la matanza de focas en Canadá. Tal vez sólo los poetas tengan palabras para hablar de ello.
El peor pecado contra las demás criaturas
no es el odio, sino la indiferencia:
esa es la esencia de la inhumanidad.
George Bernard Shaw

"El animal libre
tiene tras sí su ocaso
y ante sí a Dios y,
cuando camina,
entonces,
lo hace hacia la eternidad,
así como manan las fuentes".
Rainer María Rilke
Boicot a la campaña
El peor pecado contra las demás criaturas
no es el odio, sino la indiferencia:
esa es la esencia de la inhumanidad.
George Bernard Shaw

"El animal libre
tiene tras sí su ocaso
y ante sí a Dios y,
cuando camina,
entonces,
lo hace hacia la eternidad,
así como manan las fuentes".
Rainer María Rilke
Boicot a la campaña
23/03/2009
El arte de escribir. Clase magistral.
Empezamos la semana con una clase magistral. Espero vuestros comentarios a las palabras de André Maurois, seudónimo de Emile Herzog, novelista y ensayista francés (1885-1967)

El arte de escribir, por André Maurois.
Usted desea aprender a escribir. Tiene razón. De nada sirve tener las ideas justas si uno no sabe expresarlas debidamente. Ni las palabras, ni la elocuencia misma, son suficientes, porque las palabras se desvanecen. Un escrito perdura: aquellos a quienes va dirigido pueden volver a leerlo, meditarlo. Queda para ellos como una imagen del autor. Una relación bien readaptada, bien escrita, está en la base de más de una gran carrera.
Para escribir bien hay que poseer cultura. No es necesario estar al corriente de la literatura más moderna. Es mejor el conocimiento de los grandes clásicos, que suministra citas y ejemplos, introduce a una asociación secreta y poderosa, esta misteriosa francmasonería de los hombres cultivados que uno encuentra tan frecuentemente entre los médicos, los ingenieros y los escritores. Sobre todo, la cultura nos da vocabulario. Uno no escribe con los sentimientos, sino con las palabras. Usted debe conocer suficientes de ellas y haber penetrado su sentido exacto. De lo contrario las empleará inadecuadamente, el lector no le comprenderá.
La Academia Francesa pasa una sesión entera definiendo tres o cuatro palabras. Esto no es jamás tiempo perdido. Por falta de un lenguaje preciso, todo un pueblo puede ser lanzado en prosecución de objetivos vagos que no merecen ser perseguidos. Por lo tanto, busque en los diccionarios –y sobre todo en el Littré– que darán ejemplos preciosos. Cada vez que usted ignore el sentido de una palabra, búsquelo. Lea los grandes autores. Vea cómo, con las palabras que usa todo el mundo, él sabe crear un estilo. ¿Cuáles autores? Moliere, el cardenal de Retz, Saint Simón, Voltaire, Diderot, Chateaubriand, Hogu. Ensaye a descubrir el secreto de cada uno de ellos y las fuentes de su maestría.
No ensaye tener usted mismo un estilo. Ya vendrá solo si usted se forma a la vez un rico vocabulario y fuertes pensamientos. Aquello que uno concibe bien se enuncia claramente.
Guárdese de lo rebuscado y pedante. Nada echa a perder más un estilo que la vanidad. Diga simplemente lo que tenga que decir.
Valery ha dado este consejo: «De dos palabras, hay que escoger la menor». Es decir, la menos ambiciosa, la menos ruidosa, la más modesta. Prefiera siempre la palabra concreta que designa los objetos, los seres, a la palabra abstracta. «Los hombres», viene mejor que «la humanidad, «tal hombre«, es mejor que «los hombres». Las palabras abstractas son útiles, aun necesarias, pero pronto hacen que el lector vuelva a lo concreto. Con las palabras abstractas uno puede probarlo todo, pero no realizar nada.
Prefiera siempre el sustantivo y el verbo al adjetivo. Más tarde aprenderá a manejar éste como lo han hecho Chateaubriad y Proust, pero es difícil.
El filósofo Alain, que fue un gran profesor, dio este consejo: «Reducir los preparativos al mínimo. Es decir, no os preguntéis por largas horas ¿Como comenzar?, sino comenzad. La primera frase sugerirá la siguiente. Los pensamientos se desarrollarán uno tras otro. Si queréis una trama, no avanzaréis jamás. Si esperáis inspiración, esperaréis en vano. La inspiración nace del trabajo».
Stendhal decía que él tenía que escribir cada mañana, «genio o no genio» y el antiguo autor Plinio expresó «Nulla dies sine linea» (Ni un día sin líneas).
Si uno no se propone sentarse cada día a su escritorio, no para soñar, sino para trabajar, si uno se permite pensar: «esta mañana no me siento bien, estoy indispuesto, en la mañana los trabajos son difíciles», entonces está perdido. Al día siguiente hallará una nueva excusa y la vida pasará entre la haraganería y el fracaso.
¿Podremos dominar las dificultades de lenguaje y estilo, descubrir la frase por una palabra familiar? Sí, porque se habrán adquirido a la vez el gusto y la autoridad necesarios.
Los grandes escritores tienen sus vulgaridades intencionales, los grandes embajadores escriben sus informes humorísticamente y brutalmente concretos. Hay que tratar de imitarlos, de obtener su experiencia y su talento.
No hay que atraer la atención, sino por la precisión vigorosa de las fórmulas, por el ajuste perfecto de las frases a las ideas, por una brevedad compacta y plena. En fin, hay que guardarse, mientras no se sea un maestro, de las frases largas.
Bossuet las usa, pero él era Bossuet. Cuando el señor Caillaux era presidente del Consejo, le dijo a su jefe de gabinete, cuyo estilo le parecía ampuloso: «Escúcheme, una frase francesa se compone de un sujeto, un verbo y un complemente directo, eso es todo. Y cuando necesite un complemento indirecto, venga a buscarme».
Usó así una exageración graciosa y oportuna. Pero, en el fondo, era verdad.
El Arte de escribir de Andre Maurois, de la Academia Francesa, publicado en el diario Clarín el 21.05.64
Fuente: Hilda Lucci, correctora.

El arte de escribir, por André Maurois.
Usted desea aprender a escribir. Tiene razón. De nada sirve tener las ideas justas si uno no sabe expresarlas debidamente. Ni las palabras, ni la elocuencia misma, son suficientes, porque las palabras se desvanecen. Un escrito perdura: aquellos a quienes va dirigido pueden volver a leerlo, meditarlo. Queda para ellos como una imagen del autor. Una relación bien readaptada, bien escrita, está en la base de más de una gran carrera.
Para escribir bien hay que poseer cultura. No es necesario estar al corriente de la literatura más moderna. Es mejor el conocimiento de los grandes clásicos, que suministra citas y ejemplos, introduce a una asociación secreta y poderosa, esta misteriosa francmasonería de los hombres cultivados que uno encuentra tan frecuentemente entre los médicos, los ingenieros y los escritores. Sobre todo, la cultura nos da vocabulario. Uno no escribe con los sentimientos, sino con las palabras. Usted debe conocer suficientes de ellas y haber penetrado su sentido exacto. De lo contrario las empleará inadecuadamente, el lector no le comprenderá.
La Academia Francesa pasa una sesión entera definiendo tres o cuatro palabras. Esto no es jamás tiempo perdido. Por falta de un lenguaje preciso, todo un pueblo puede ser lanzado en prosecución de objetivos vagos que no merecen ser perseguidos. Por lo tanto, busque en los diccionarios –y sobre todo en el Littré– que darán ejemplos preciosos. Cada vez que usted ignore el sentido de una palabra, búsquelo. Lea los grandes autores. Vea cómo, con las palabras que usa todo el mundo, él sabe crear un estilo. ¿Cuáles autores? Moliere, el cardenal de Retz, Saint Simón, Voltaire, Diderot, Chateaubriand, Hogu. Ensaye a descubrir el secreto de cada uno de ellos y las fuentes de su maestría.
No ensaye tener usted mismo un estilo. Ya vendrá solo si usted se forma a la vez un rico vocabulario y fuertes pensamientos. Aquello que uno concibe bien se enuncia claramente.
Guárdese de lo rebuscado y pedante. Nada echa a perder más un estilo que la vanidad. Diga simplemente lo que tenga que decir.
Valery ha dado este consejo: «De dos palabras, hay que escoger la menor». Es decir, la menos ambiciosa, la menos ruidosa, la más modesta. Prefiera siempre la palabra concreta que designa los objetos, los seres, a la palabra abstracta. «Los hombres», viene mejor que «la humanidad, «tal hombre«, es mejor que «los hombres». Las palabras abstractas son útiles, aun necesarias, pero pronto hacen que el lector vuelva a lo concreto. Con las palabras abstractas uno puede probarlo todo, pero no realizar nada.
Prefiera siempre el sustantivo y el verbo al adjetivo. Más tarde aprenderá a manejar éste como lo han hecho Chateaubriad y Proust, pero es difícil.
El filósofo Alain, que fue un gran profesor, dio este consejo: «Reducir los preparativos al mínimo. Es decir, no os preguntéis por largas horas ¿Como comenzar?, sino comenzad. La primera frase sugerirá la siguiente. Los pensamientos se desarrollarán uno tras otro. Si queréis una trama, no avanzaréis jamás. Si esperáis inspiración, esperaréis en vano. La inspiración nace del trabajo».
Stendhal decía que él tenía que escribir cada mañana, «genio o no genio» y el antiguo autor Plinio expresó «Nulla dies sine linea» (Ni un día sin líneas).
Si uno no se propone sentarse cada día a su escritorio, no para soñar, sino para trabajar, si uno se permite pensar: «esta mañana no me siento bien, estoy indispuesto, en la mañana los trabajos son difíciles», entonces está perdido. Al día siguiente hallará una nueva excusa y la vida pasará entre la haraganería y el fracaso.
¿Podremos dominar las dificultades de lenguaje y estilo, descubrir la frase por una palabra familiar? Sí, porque se habrán adquirido a la vez el gusto y la autoridad necesarios.
Los grandes escritores tienen sus vulgaridades intencionales, los grandes embajadores escriben sus informes humorísticamente y brutalmente concretos. Hay que tratar de imitarlos, de obtener su experiencia y su talento.
No hay que atraer la atención, sino por la precisión vigorosa de las fórmulas, por el ajuste perfecto de las frases a las ideas, por una brevedad compacta y plena. En fin, hay que guardarse, mientras no se sea un maestro, de las frases largas.
Bossuet las usa, pero él era Bossuet. Cuando el señor Caillaux era presidente del Consejo, le dijo a su jefe de gabinete, cuyo estilo le parecía ampuloso: «Escúcheme, una frase francesa se compone de un sujeto, un verbo y un complemente directo, eso es todo. Y cuando necesite un complemento indirecto, venga a buscarme».
Usó así una exageración graciosa y oportuna. Pero, en el fondo, era verdad.
El Arte de escribir de Andre Maurois, de la Academia Francesa, publicado en el diario Clarín el 21.05.64
Fuente: Hilda Lucci, correctora.
20/03/2009
Paolo Giordano
Os dejo un extracto de la entrevista de El Pais a Paolo Giordano, autor de "La soledad de los números primos." Fue durante mucho tiempo, un escritor sin obra. De esto hablaré en una próxima entrada.
La soledad de los números primos es una historia de amor frustrado adolescente, soledad metafísica y anorexia accidental, protagonizada por dos jóvenes (Mattia y Alice) tan confundidos por la vida que terminan convirtiéndose en números primos gemelos, aquellos entre los que siempre se encuentra un número par.
El libro ganó el pasado mes de julio el Premio Strega, convirtiendo a este hombre de 26 años en un fenómeno literario en su país natal.
“Intenté dos novelas antes, con toda la historia montada, pero las dejé en la página 80, porque ya sabía hacia dónde iban y cómo acababan. Me aburrí. Para poder terminar ésta tuve que estructurarla en pequeñas piezas. Soy muy poco fiel a las ideas.
Muchas veces llegan varias que no se complementan y se crea un conflicto. Si esa idea es buena, pero no encaja, trato de guardarla para otro momento. Nunca tiro ninguna, pues llegan muy pocas veces y no es cuestión de desperdiciar los bienes escasos”. Jugando al escondite con el tedio, Giordano descubrió que no le interesaba el proceso lineal de creación, porque, claro, ya sabía el final del libro, ese final que el autor no sólo no teme desvelar, sino que se siente en la necesidad de argumentar. “Los adolescentes no entienden el final. Dicen que es trágico y no pueden soportar la tragedia. Yo les digo que no es un final triste. Mi concepto de la tragedia tal vez sea muy de los noventa. En Facebook no hay jamás finales tristes”.
En Internet nunca halló Giordano la felicidad. Como Hank Moody, el personaje de David Duchovny en la serie Californication, una vez cometió el error de googlearse. “Fue horrible. Los blogs estaban llenos de gente que quería romperme las piernas. Jamás pensé que lo que yo pudiera escribir pudiese interesar a la gente, y menos aún que les pudiera irritar tanto. Internet me asusta. Me siento muy viejo diciendo estas cosas, pero es cierto”.
Pesimista e idealista, por lo que habita en un constante estado de frustración vital, el italiano aprendió de los grandes nombres de la literatura norteamericana del siglo XX (David Foster Wallace, Jeffrey Eugenides…), pero jamás dejó que el virus de la posmodernidad atacara su aproximación al hecho de escribir. La suya es una narrativa de vocación más clásica, más basada en la musicalidad que en el ruido semántico, estructurada alrededor de la historia y los sentimientos y libre de referencias pop, namedropping y demás artilugios. Tal vez el resultado tenga que ver con su naturaleza como lector: “Como tal, nunca estuve interesado en autores, en presentaciones, en críticas. Simplemente leía.
Ni se me ocurría que pudiese haber un negocio alrededor de esta cosa de la literatura, y mucho menos que yo pudiera llegar a formar parte de él. La primera presentación a la que asistí fue la de mi libro. Escribir me satisface, pero el acto de escribir, no. Me cansa mucho. Es simplemente trabajo. Pero pensar que soy un tipo que escribe me gusta. La idea de que soy un escritor es la mejor idea que he tenido jamás. De hecho, tuve esa idea durante cuatro o cinco años sin escribir una sola línea. Fui un escritor sin obra, pero la mar de orgulloso de mi trabajo, durante muchos años”.
La soledad de los números primos es una historia de amor frustrado adolescente, soledad metafísica y anorexia accidental, protagonizada por dos jóvenes (Mattia y Alice) tan confundidos por la vida que terminan convirtiéndose en números primos gemelos, aquellos entre los que siempre se encuentra un número par.
El libro ganó el pasado mes de julio el Premio Strega, convirtiendo a este hombre de 26 años en un fenómeno literario en su país natal.
“Intenté dos novelas antes, con toda la historia montada, pero las dejé en la página 80, porque ya sabía hacia dónde iban y cómo acababan. Me aburrí. Para poder terminar ésta tuve que estructurarla en pequeñas piezas. Soy muy poco fiel a las ideas.
Muchas veces llegan varias que no se complementan y se crea un conflicto. Si esa idea es buena, pero no encaja, trato de guardarla para otro momento. Nunca tiro ninguna, pues llegan muy pocas veces y no es cuestión de desperdiciar los bienes escasos”. Jugando al escondite con el tedio, Giordano descubrió que no le interesaba el proceso lineal de creación, porque, claro, ya sabía el final del libro, ese final que el autor no sólo no teme desvelar, sino que se siente en la necesidad de argumentar. “Los adolescentes no entienden el final. Dicen que es trágico y no pueden soportar la tragedia. Yo les digo que no es un final triste. Mi concepto de la tragedia tal vez sea muy de los noventa. En Facebook no hay jamás finales tristes”.
En Internet nunca halló Giordano la felicidad. Como Hank Moody, el personaje de David Duchovny en la serie Californication, una vez cometió el error de googlearse. “Fue horrible. Los blogs estaban llenos de gente que quería romperme las piernas. Jamás pensé que lo que yo pudiera escribir pudiese interesar a la gente, y menos aún que les pudiera irritar tanto. Internet me asusta. Me siento muy viejo diciendo estas cosas, pero es cierto”.
Pesimista e idealista, por lo que habita en un constante estado de frustración vital, el italiano aprendió de los grandes nombres de la literatura norteamericana del siglo XX (David Foster Wallace, Jeffrey Eugenides…), pero jamás dejó que el virus de la posmodernidad atacara su aproximación al hecho de escribir. La suya es una narrativa de vocación más clásica, más basada en la musicalidad que en el ruido semántico, estructurada alrededor de la historia y los sentimientos y libre de referencias pop, namedropping y demás artilugios. Tal vez el resultado tenga que ver con su naturaleza como lector: “Como tal, nunca estuve interesado en autores, en presentaciones, en críticas. Simplemente leía.
Ni se me ocurría que pudiese haber un negocio alrededor de esta cosa de la literatura, y mucho menos que yo pudiera llegar a formar parte de él. La primera presentación a la que asistí fue la de mi libro. Escribir me satisface, pero el acto de escribir, no. Me cansa mucho. Es simplemente trabajo. Pero pensar que soy un tipo que escribe me gusta. La idea de que soy un escritor es la mejor idea que he tenido jamás. De hecho, tuve esa idea durante cuatro o cinco años sin escribir una sola línea. Fui un escritor sin obra, pero la mar de orgulloso de mi trabajo, durante muchos años”.
19/03/2009
Deus ex machina
A raíz del final "apoteósico" (ver entrada anterior), he estado pensando en el "Deus ex machina".
Deus ex machina (lat. AFI: [ˈdeːus eks ˈmaːkʰina]) es una expresión latina que significa «dios surgido de la máquina», traducción de la expresión griega «απó μηχανῆς θεóς» (apó mekhanés theós). Se origina en el teatro griego y romano, cuando una grúa (machina) introduce una deidad (deus) proveniente de fuera del escenario para resolver una situación.
Según la wikipedia es una técnica utilizada para referirse a un elemento externo que resuelve una historia sin seguir su lógica interna.
Ejemplos: la llegada del héroe en el último momento, la inesperada carga de caballería o el oportuno eclipse.
Es un método fácil para obtener la trama deseada, pero también puede hacer que el conjunto no resulte creíble, haciendo que se note “forzado”, o que incluso roce en el surrealismo.
¿Habéis utilizado alguna vez este procedimiento? ¿Habéis tenido que recurrir al Deus ex machina para dar un final sorpresivo a alguno de vuestros textos?
16/03/2009
Apoteosis
Como ya os habreis dado cuenta, últimamente las entradas del blog son más informativas que personales.
El motivo no es otro que la falta de tiempo para dedicarle al blog, pues ese tiempo lo empleo en la "recta final" de LHDE (1), en estudiar y en leer.
Lo cierto es que la historia se ha alargado un poquito más de la cuenta pero ahora, dado ya el último giro argumental, me acerco a la meta. Y mis personajes también. Por fin van a descansar de un año (tiempo de la novela) de viajes, aventuras, misterios y profecías. Pero antes han de enfrentarse a un final que ha de ser apoteósico, pues así lo exige la historia.
Y necesito pensar ese final. Necesito algunos días más y aún cuando acerco a los personajes al lugar (un nuevo viaje), no tengo clara esa apoteosis.
Pero veamos. Apoteosis significa: "Escena espectacular con que concluyen algunas funciones teatrales, normalmente de géneros ligeros."
Pero hay otra acepción: "En el mundo clásico, concesión de la dignidad de dioses a los héroes."
La escritura es mágica, ya lo sabéis, pero con esta larga novela, me he topado muchas veces de cara con esa magia: Hilos que se juntan solos. Porqués que se explican con giros nuevos, búsqueda de un dato que te da más ideas de argumento...
Esta misma búsqueda de definiciones de la palabra "apoteosis", en especial la última, ¡me acaba de dar una buena idea!
Así que escribiendo este post para hablar un poco del final de la novela, también he tenido un poquito más de esa dosis de magia. Todo conspira para ese final apoteósico...
El motivo no es otro que la falta de tiempo para dedicarle al blog, pues ese tiempo lo empleo en la "recta final" de LHDE (1), en estudiar y en leer.
Lo cierto es que la historia se ha alargado un poquito más de la cuenta pero ahora, dado ya el último giro argumental, me acerco a la meta. Y mis personajes también. Por fin van a descansar de un año (tiempo de la novela) de viajes, aventuras, misterios y profecías. Pero antes han de enfrentarse a un final que ha de ser apoteósico, pues así lo exige la historia.
Y necesito pensar ese final. Necesito algunos días más y aún cuando acerco a los personajes al lugar (un nuevo viaje), no tengo clara esa apoteosis.
Pero veamos. Apoteosis significa: "Escena espectacular con que concluyen algunas funciones teatrales, normalmente de géneros ligeros."
Pero hay otra acepción: "En el mundo clásico, concesión de la dignidad de dioses a los héroes."
La escritura es mágica, ya lo sabéis, pero con esta larga novela, me he topado muchas veces de cara con esa magia: Hilos que se juntan solos. Porqués que se explican con giros nuevos, búsqueda de un dato que te da más ideas de argumento...
Esta misma búsqueda de definiciones de la palabra "apoteosis", en especial la última, ¡me acaba de dar una buena idea!
Así que escribiendo este post para hablar un poco del final de la novela, también he tenido un poquito más de esa dosis de magia. Todo conspira para ese final apoteósico...
13/03/2009
Promocionando amigos (III)

El designio de los dioses, de Alfonso Solís, es una primera novela que promete. No sería de extrañar que éste autor ocupara un lugar en las listas de autores más vendidos de novela histórica. De momento este honor ya lo ocupa en Bubok.
Podéis leer los tres primeros capítulos en su blog y comprar o descargar su novela aquí.
Sinopsis:
El Designio de los Dioses es una novela histórica ambientada en la Asiria del siglo VII a.c. Es una historia de guerras, una historia de vengazas pero, sobre todo, una historia de amor. Nos sumerge en una época de extrema crueldad y ambición, donde la superstición se confunde con la religión y la ciencia lucha por abrirse paso en un mundo sumido en la más profunda oscuridad.
Kalam, un joven médico procedente de la ciudad de Assur, emigra con su esposa Damkira y su hijo Nabui a Nínive, capital del imperio asirio. Gracias a sus habilidades médicas, salva la vida del todopoderoso rey Assarhaddon curándole de una grave enfermedad. El rey, como agradecimiento, le nombra su médico personal y Kalam se traslada con su familia al palacio real. Pero poco le dura la felicidad al jóven médico. Assarhaddon se encapricha de Damkira e intenta alejarle de ella enviándole a la guerra contra los temibles cimerios. Comienza así un largo peregrinaje que le llevará desde el Egipto de los faraones al Kushan de los yuezhi. El odio y los deseos de venganza guiarán sus pasos de nuevo hasta Nínive, con el objeto de hacer justicia y asesinar al hombre que le había separado de su amada familia.
Nos adentraremos en un época oscura y apasionante, conoceremos a los místicos shamanes masagetas, a los crueles y sanguinarios guerreros asirios, a los hábiles jinetes escitas y a los sabios egipcios entre otros pueblos y culturas. Acompañaremos a Kalam en su largo viaje por tierras misteriosas y descubriremos algunos de los más asombrosos métodos de curación utilizados en la antigüedad.
El designio de los dioses
12/03/2009
10/03/2009
El lado "gore" de los cuentos
Os dejo el link de un curioso artículo para saber que muchos de los cuentos infantiles que nos contaron, no son tan infantiles...
http://www.20minutos.es/noticia/455774/0/lado/gore/cuentos/
http://www.20minutos.es/noticia/455774/0/lado/gore/cuentos/
08/03/2009
Escritor del mes: Gustave Flaubert

El escritor del mes de marzo es:
Gustave Flaubert
Gustave Flaubert nació el 12 de diciembre de 1821, en Ruán, Normandía, y murió el 8 de mayo de 1880, en Croisset, una casa de campo en las cercanías de Ruán, adonde vivió con su familia, casi toda su vida, pues tenía que llevar una vida tranquila por problemas de salud.
Hijo de un médico, de joven fue a París a realizar estudios de Derecho, pero debió dejarlos por motivos de su precaria salud, por lo que se dedicó de lleno a la literatura. Fue un notable novelista francés perteneciente al movimiento del realismo y naturalismo literario, y sus obras sobresalen por su objetividad y estilo cuidado.
La obra más importante de su producción, "Madame Bovary - Costumbres Provincianas", fue escrita en 1857. Toma como escenario la burguesía del Siglo XIX a la que describe con detalles de lo observado, y muestra el adulterio y el suicidio, la monotonía y las desilusiones de la vida cotidiana y otros temas que -si salían a la literatura- escandalizaban, lo que le valió el tener que enfrentar un juicio por ofensas a la moral pública y a la religión.
Si bien "Madame Bovary" es la más conocida de las novelas de Flaubert, también escribió obras tales como la novela histórica "Salambó" (1862), la novela "La educación sentimental" (1869), "La tentación de San Antonio" (1874), tres narraciones cortas publicadas con el título de "Tres cuentos" (1877) y dos trabajos editados póstumamente, la novela inacabada "Bouvard y Pécuchet" (1881) y "Diccionario de lugares comunes" (1911) y sus cartas, publicadas póstumamente, "Correspondencia" (4 volúmenes, 1887-1893).
Primer capítulo de Madame Bovary.
fuente:bibliotecas virtuales.com
07/03/2009
Dicho por...
"El signo distintivo de un escritor verdaderamente grande es que da expresión a lo que las masas humanas piensan o sienten sin saberlo. El escritor mediocre no hace más que escribir lo que cualquiera hubiera dicho."Lichtenberg
"Los buenos escritores tienen estas dos cosas de común: prefieren ser comprendidos a ser admirados, y no escriben para el lector demasiado astuto y demasiado crítico."
Nietzsche
"El hombre que se ha sentido escritor una vez será escritor toda su vida."
David Hume
04/03/2009
Un trozo de lápiz por pan
Estoy leyendo el prólogo de un libro que tengo que leer para un trabajo de la uni, y acabo de detenerme para escribir esta entrada.
El libro es "K.L.Reich" de Joaquim Amat-Piniella, novela que narra la peripecia basada en la experiencia del autor, un deportado republicano que sobrevive cinco años en un campo de concentración haciendo dibujos pornográficos para las SS.
Es un libro prologado ampliamente por mi profesor, David Serrano, que además de profesor de filología es director del CILEC, (Centro de Investigación de la Literatura Europea Concentracionaria). El término Literatura Concentracionaria era nuevo para mí, pero incluye una buena bibliografía. (Si alguien está interesado, le paso un listado.)
Al grano (que dijo Quiroga):
Joaquim Amat, en los cuatro años que estuvo en el campo, escribió poemas que mantenía escondidos en su ropa (con el peligro de ser ejecutado) cambiando su dosis de pan por un pedazo de lápiz.
Me he quedado con la imagen en blanco y negro de este hombre, en esa situación, sacrificando su comida por escribir. Pan por lápiz. Antes sus ansias de escribir que las ansias de comer.
La versión del libro que voy a leer es una "no censurada", así que promete emociones fuertes. Ya os contaré cuando lo termine.
El libro es "K.L.Reich" de Joaquim Amat-Piniella, novela que narra la peripecia basada en la experiencia del autor, un deportado republicano que sobrevive cinco años en un campo de concentración haciendo dibujos pornográficos para las SS.
Es un libro prologado ampliamente por mi profesor, David Serrano, que además de profesor de filología es director del CILEC, (Centro de Investigación de la Literatura Europea Concentracionaria). El término Literatura Concentracionaria era nuevo para mí, pero incluye una buena bibliografía. (Si alguien está interesado, le paso un listado.)
Al grano (que dijo Quiroga):
Joaquim Amat, en los cuatro años que estuvo en el campo, escribió poemas que mantenía escondidos en su ropa (con el peligro de ser ejecutado) cambiando su dosis de pan por un pedazo de lápiz.
Me he quedado con la imagen en blanco y negro de este hombre, en esa situación, sacrificando su comida por escribir. Pan por lápiz. Antes sus ansias de escribir que las ansias de comer.
La versión del libro que voy a leer es una "no censurada", así que promete emociones fuertes. Ya os contaré cuando lo termine.
03/03/2009
Clase magistral de Horacio Quiroga.

Horacio Quiroga es uno de los primeros autores profesionales (es decir, que intentan vivir de la escritura, que tienen una conciencia clara de que escribir es un trabajo como otros y que se preocupan por mejorar sus condiciones de trabajo, asociándose entre sí y procurando aumentos) del Río de la Plata.
fuente: LAS FRONTERAS DE BABIA
La retórica del cuento
En estas mismas columnas, solicitado cierta vez por algunos amigos de la infancia que deseaban escribir cuentos sin las dificultades inherentes por común a su composición, expuse unas cuantas reglas y trucos, que, por haberme servido satisfactoriamente en más de una ocasión, sospeché podrían prestar servicios de verdad a aquellos amigos de la niñez.
Animado por el silencio —en literatura el silencio es siempre animador —en que había caído mi elemental anagnosia del oficio, completéla con una nueva serie de trucos eficaces y seguros, convencido de que uno por lo menos de los infinitos aspirantes al arte de escribir, debía de estar gestando en las sombras un cuento revelador.
Ha pasado el tiempo. Ignoro todavía si mis normas literarias prestaron servicios. Una y otra serie de trucos anotados con más humor que solemnidad llevaban el título común de "Manual del perfecto cuentista".
Hoy se me solicita de nuevo, pero esta vez con mucha más seriedad que buen humor. Se me pide primeramente una declaración firme y explícita acerca del cuento. Y luego, una fórmula eficaz para evitar precisamente escribirlos en la forma ya desusada que con tan pobre éxito absorbió nuestras viejas horas.
Como se ve, cuanto era de desenfadada y segura mi posición al divulgar los trucos del perfecto cuentista, es de inestable mi situación presente. Cuanto sabía yo del cuento era un error. Mi conocimiento indudable del oficio, mis pequeñas trampas más o menos claras, solo han servido para colocarme de pie, desnudo y aterido como una criatura, ante la gesta de una nueva retórica del cuento que nos debe amamantar.
"Una nueva retórica..." No soy el primero en expresar así los flamantes cánones. No está en juego con ellos nuestra vieja estética, sino una nueva nomenclatura. Para orientarnos en su hallazgo, nada más útil que recordar lo que la literatura de ayer, la de hace diez siglos y la de los primeros balbuceos de la civilización, han entendido por cuento.
El cuento literario, nos dice aquella, consta de los mismos elementos sucintos que el cuento oral, y es como éste el relato de una historia bastante interesante y suficientemente breve para que absorba toda nuestra atención.
Pero no es indispensable, adviértenos la retórica, que el tema a contar constituya una historia con principio, medio y fin. Una escena trunca, un incidente, una simple situación sentimental, moral o espiritual, poseen elementos de sobra para realizar con ellos un cuento.
Tal vez en ciertas épocas la historia total —lo que podríamos llamar argumento— fue inherente al cuento mismo. "¡Pobre argumento! —decíase—. ¡Pobre cuento!" Más tarde, con la historia breve, enérgica y aguda de un simple estado de ánimo, los grandes maestros del género han creado relatos inmortales.
En la extensión sin límites del tema y del procedimiento en el cuento, dos calidades se han exigido siempre: en el autor, el poder de transmitir vivamente y sin demoras sus impresiones; y en la obra, la soltura, la energía y la brevedad del relato, que la definen.
Tan específicas son estas cualidades, que desde las remotas edades del hombre, y a través de las más hondas convulsiones literarias, el concepto del cuento no ha variado. Cuando el de los otros géneros sufría según las modas del momento, el cuento permaneció firme en su esencia integral. Y mientras la lengua humana sea nuestro preferido vehículo de expresión, el hombre contará siempre, por ser el cuento la forma natural, normal e irreemplazable de contar.
Extendido hasta la novela, el relato puede sufrir en su estructura. Constreñido en su enérgica brevedad, el cuento es y no puede ser otra cosa que lo que todos, cultos e ignorantes, entendemos por tal.
Los cuentos chinos y persas, los grecolatinos, los árabes de las Mil y una noches, los del Renacimiento italiano, los de Perrault, de Hoffmann, de Poe, de Merimée de Bret-Harte, de Verga, de Chéjov, Maupassant, de Kipling, todos ellos son una sola y misma cosa en su realización. Pueden diferenciarse unos de otros como el sol y la luna. Pero el concepto, el coraje para contar, la intensidad, la brevedad, son los mismos en todos los cuentistas de todas las edades.
Todos ellos poseen en grado máximo la característica de entrar vivamente en materia. Nada más imposible que aplicarles las palabras: "Al grano, al grano..." con que se hostiga a un mal contador verbal. El cuentista que "no dice algo", que nos hace perder el tiempo, que lo pierde él mismo en divagaciones superfluas, puede verse a uno y otro lado buscando otra vocación. Ese hombre no ha nacido cuentista.
Pero ¿si esas divagaciones, digresiones y ornatos sutiles, poseen en sí mismos elementos de gran belleza? ¿Si ellos solos, mucho más que el cuento sofocado, realizan una excelsa obra de arte?
Enhorabuena, responde la retórica. Pero no constituyen un cuento. Esas divagaciones admirables pueden lucir en un artículo, en una fantasía, en un cuadro, en un ensayo, y con seguridad en una novela. En el cuento no tienen cabida, ni mucho menos pueden constituirlo por sí solas.
Mientras no se cree una nueva retórica, concluye la vieja dama, con nuevas formas de la poesía épica, el cuento es y será lo que todos, grandes y chicos, jóvenes y viejos, muertos y vivos, hemos comprendido por tal. Puede el futuro nuevo género ser superior, por sus caracteres y sus cultores, al viejo y sólido afán de contar que acucia al ser humano. Pero busquémosle otro nombre.
Tal es la cuestión. Queda así evacuada, por boca de la tradición retórica, la consulta que se me ha hecho.
En cuanto a mí, a mi desventajosa manía de entender el relato, creo sinceramente que es tarde ya para perderla. Pero haré cuanto esté en mí para no hacerlo peor.
Ver también: MANUAL DEL PERFECTO CUENTISTA
02/03/2009
El autor y sus límites
El autor y sus influencias
Tenemos al autor, tenemos el texto que crea y tenemos el lector.
Este autor tiene una intención consciente a la hora de crear un texto literario, pero ésta no se puede considerar la única fuente de autoridad a la hora de interpretarlo. Su inconsciente es una parte importante que usa para crear (sublimando el impulso sexual, según Freud) y como que no es fácil conocer los impulsos del inconsciente, ni qué lo lleva a crear lo que ha creado, el autor no es el más adecuado para interpretar su obra.
Según los "new critics", la obra ya se explica por sí misma, y según Barthes, ha de considerarse "la muerte del autor", ya que éste impide disfrutar de la obra y limita su interpretación.
Así pues, el autor, todo y que el vocablo significa "autoridad", no la representa, sino que en realidad es un lector más.
Pero según Hirsch, si se ha de respetar el concepto de autoría y la intención inicial que éste tenía.
Aún así, si le preguntaramos a un autor cuál ha sido su intención a la hora de escribir un texto, sus influencias (sublimaciones, neurosis, complejos, ideologias...) no nos dejarían disfrutar (como dice Barthes) de su obra. Tendriamos que ceñirnos, pues, a interpretar la obra como "un artefacto autónomo", tal y como dice la corriente de la nueva crítica.
Como autora, estoy de acuerdo con Barthes y los "new critics". No estoy muerta, pero prefiero que la obra hable por sí sola. Ni yo misma sé muchas veces porqué escribo lo que escribo, ni porqué teniendo una intención después sale otra. Tal vez debería tener una conversación con Freud o Lacan.
Tenemos al autor, tenemos el texto que crea y tenemos el lector.
Este autor tiene una intención consciente a la hora de crear un texto literario, pero ésta no se puede considerar la única fuente de autoridad a la hora de interpretarlo. Su inconsciente es una parte importante que usa para crear (sublimando el impulso sexual, según Freud) y como que no es fácil conocer los impulsos del inconsciente, ni qué lo lleva a crear lo que ha creado, el autor no es el más adecuado para interpretar su obra.
Según los "new critics", la obra ya se explica por sí misma, y según Barthes, ha de considerarse "la muerte del autor", ya que éste impide disfrutar de la obra y limita su interpretación.
Así pues, el autor, todo y que el vocablo significa "autoridad", no la representa, sino que en realidad es un lector más.
Pero según Hirsch, si se ha de respetar el concepto de autoría y la intención inicial que éste tenía.
Aún así, si le preguntaramos a un autor cuál ha sido su intención a la hora de escribir un texto, sus influencias (sublimaciones, neurosis, complejos, ideologias...) no nos dejarían disfrutar (como dice Barthes) de su obra. Tendriamos que ceñirnos, pues, a interpretar la obra como "un artefacto autónomo", tal y como dice la corriente de la nueva crítica.
Como autora, estoy de acuerdo con Barthes y los "new critics". No estoy muerta, pero prefiero que la obra hable por sí sola. Ni yo misma sé muchas veces porqué escribo lo que escribo, ni porqué teniendo una intención después sale otra. Tal vez debería tener una conversación con Freud o Lacan.
01/03/2009
Películas de escritores: Remando al viento
Remando al viento es una película española del género drama/romántica, dirigida por Gonzalo Suárez en 1987. Hay que destacar, aparte de su interés cinematográfico, que supuso la única incursión de Hugh Grant en el cine español, uno de sus primeros papeles protagonistas, y que en el rodaje conoció a Elizabeth Hurley.
Argumento:
Sus protagonistas son Lord Byron, Mary Shelley and Percy B. Shelley. Estos tres personajes, junto con Polidori deciden escribir una historia de terror. Como resultado de esta apuesta, Mary Shelley escribió Frankenstein.
fuente:wikipedia.
Trailer:
Una escena en la que Mary Shelley le explica a Lord Byron que la criatura que ella ha creado literariamente ha estado matando a todos sus seres queridos:
Otra escena:
Argumento:
Sus protagonistas son Lord Byron, Mary Shelley and Percy B. Shelley. Estos tres personajes, junto con Polidori deciden escribir una historia de terror. Como resultado de esta apuesta, Mary Shelley escribió Frankenstein.
fuente:wikipedia.
Trailer:
Una escena en la que Mary Shelley le explica a Lord Byron que la criatura que ella ha creado literariamente ha estado matando a todos sus seres queridos:
Otra escena:
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