Charles Bukowski (1920-1994) nacido en Aldernach, Alemania, dejó la oficina de correos donde trabajaba al publicar su primera novela, Cartero (1970). Sus poemas (se vanagloriaba de haber escrito el primero a los 35 años), son descarnados, realistas, autobiográficos muchos, y lo situan en la línea de un poeta maldito y ácido, llenos de alcohol y sordidez, que siempre rodeaban al autor.
Dice Bukowski: Me gustan los hombres desesperados, hombres con los dientes rotos y los destinos rotos. También me gustan las mujeres viles, las perras borrachas, con las medias caídas y arrugadas y las caras pringosas de maquillaje barato. Me gustan más los pervertidos que los santos. Me encuentro bien entre marginados porque soy un marginado. No me gustan las leyes, ni morales, religiones o reglas. No me gusta ser modelado por la sociedad.
En unos días colgaré dos cartas de Bukowski sobre el oficio de escritor. Ahora os invito a leer uno de sus poemas y a ver un video de su paso por el programa Apostrophes, digno de estar al lado del programa que hizo famoso también a Fernando Arrabal.
El genio de la multitud, por Charles Bukowski
Hay suficiente traición y odio, violencia,
necedad en el ser humano corriente
como para abastecer cualquier ejercito o cualquier
jornada.
Y los mejores asesinos son aquellos
que predican en su contra.
Y los que mejor odian son aquellos
que predican amor.
Y los que mejor luchan en la guerra
son -AL FINAL- aquellos que
predican
PAZ.
Aquellos que hablan de Dios
necesitan a Dios.
Aquellos que predican paz
no tienen paz.
Aquellos que predican amor
no tienen amor.
Cuidado con los predicadores
cuidado con los que saben.
Cuidado con aquellos que están siempre
leyendo libros.
Cuidado con aquellos que detestan
la pobreza o están orgullosos de ella.
Cuidado con aquellos de alabanza rápida
pues necesitan que se les alabe a cambio.
Cuidado con aquellos que censuran con rapidez:
tienen miedo de lo que no conocen.
Cuidado con aquellos que buscan constantes
multitudes;
no son nada solos.
Cuidado con
el hombre corriente
con la mujer corriente.
Cuidado con su amor.
Su amor es corriente, busca
lo corriente.
Pero es un genio al odiar
es lo suficientemente genial
al odiar como para matarte, como para matar
a cualquiera.
Al no querer la soledad
al no entender la soledad
intentarán destruir
cualquier cosa
que difiera
de lo suyo.
Al no ser capaces
de crear arte
no entenderán
el arte.
Considerarán su fracaso
como creadores
sólo como un fracaso
del mundo.
Al no ser capaces de amar plenamente
creerán que tu amor es
incompleto
y entonces te
odiarán.
Y su odio será perfecto
como un diamante resplandeciente
como una navaja
como una montaña
como un tigre
como cicuta
Su mejor
ARTE.
Un vídeo de un borracho Charles Bukowski en el programa Apostrophes:
Leemos fantasía para volver a encontrar los colores, creo.
Para saborear especias fuertes y escuchar los cánticos que cantaron las sirenas.
Hay algo antiguo y verdadero en la fantasía que habla a algo profundo en nuestro interior, al niño que soñaba con cazar algún día en los bosques de la noche, y atiborrarse bajo la colina hueca, y encontrar un amor que durara para siempre al sur de Oz y al norte de Shangri-La.
Pueden quedarse con su Cielo. Cuando muera, me iría antes a la Tierra Media. (George R.R.Martin)
Para saborear especias fuertes y escuchar los cánticos que cantaron las sirenas.
Hay algo antiguo y verdadero en la fantasía que habla a algo profundo en nuestro interior, al niño que soñaba con cazar algún día en los bosques de la noche, y atiborrarse bajo la colina hueca, y encontrar un amor que durara para siempre al sur de Oz y al norte de Shangri-La.
Pueden quedarse con su Cielo. Cuando muera, me iría antes a la Tierra Media. (George R.R.Martin)
28/02/2010
27/02/2010
26/02/2010
Cómo escribir un relato erótico
Escribir un relato erótico no es una tarea fácil. Es habitual ver desiertos muchos de los premios destinados a tal efecto, señal de que no cumplen las expectativas del jurado. Es fácil caer en lo obvio, en la zafiedad, porque un relato erótico no debería ser un relato porno, aunque si alguien quiere escribir uno, debería presentarse al premio de "relato pornográfico" y santas pascuas. Lo erótico remite a lo delicado, y lo pornográfico, al puro instinto, así que cada uno elige. Pero como es fácil caer en estereotipos, podéis leer una serie de pautas y consejos expuestos en el siguiente enlace: Cómo escribir un relato erótico.
Espero que os sean de utilidad.
Ejemplos de literatura erótica:
-La serie escrita por Anne Rice (escrita bajo el seudónimo A.N.Roquelaure), El rapto de la bella durmiente, El castigo de la bella durmiente y La liberación de la bella durmiente. Relata de forma libre lo que le sucede a la bella durmiente al despertar de su largo sueño.
-El amante de lady Chatterley (D.H.Lawrence). Narra los encuentros de una casada con su guardabosques.
-Lolita (Vladimir Nabokov). Narra las fantasías de un adulto maduro y una niña de doce años.
-Emmanuelle (Emmanuelle Arsan). Libro antaño escandaloso y ahora obra clásica de la literatura erótica.
-El amante (Marguerite Duras).Narra las experiencias de la propia Marguerite con un comerciante chino mayor que ella.
Para terminar, aunque hay muchas más:
-Las edades de Lulú (Almudena Grandes).Una larga historia de amor y pasión en un mundo de experiencias y fantasías.
25/02/2010
Sobre la novela gótica y la literatura de lo sobrenatural
Sobre la novela gótica y la literatura de lo sobrenatural
por Ángeles Goyanes
La vida de la novela gótica, según la concepción purista, fue corta y consecuencia de la reacción estética habida en los círculos cultos de Europa contra el Racionalismo. Nacería en 1765 con la aparición de El castillo de Otranto de Horace Walpole, y moriría en 1815, tras la publicación de su última obra: Melmoth, el errabundo, de Charles Maturin. Según esta concepción la novela gótica es inseparable de ciertos elementos de ambientación: paisajes sombríos, bosques tenebrosos, ruinas medievales y castillos con sus respectivos sótanos, criptas y pasadizos bien poblados de fantasmas, ruidos nocturnos, cadenas, esqueletos, demonios... Su máxima representante es Ann Radcliffe.
Pero muchos le otorgamos una definición distinta, de forma que caben en ella no sólo aquellas historias que suceden físicamente en los sótanos y criptas de los castillos, sino, prioritariamente, las que tienen lugar en los más tenebrosos pasadizos y criptas de nuestra propia mente.
De esta manera, una novela gótica puede tener o no elementos sobrenaturales, puede suceder en los pasadizos de un castillo medieval o en los pasillos no menos tenebrosos de una nave espacial, pudo escribirse en el siglo XVIII, en el XVII o en el XXI.
El escritor no emplea los elementos tradicionales del género gótico para producir de forma técnica y matemática unos determinados efectos, sino que, por el contrario, aquellos nacen de forma natural tras la inmersión en su propio subconsciente y como metáforas de él. Es decir, la novela gótica se construye espontáneamente a base de símbolos que habitan en lo más profundo de nuestra mente, de la misma forma que ocurre en los sueños. Así, las tinieblas son producto de nuestra propia oscuridad: sentimientos de soledad, miedo, desagrado ante lo que nos rodea; pasadizos y subterráneos los múltiples recovecos de nuestro cerebro, la incertidumbre sobre el camino a tomar; los personajes fascinantes, esos que buscamos en vano en la realidad o esos que, en todo o en parte, quisieramos ser.
El escritor, el de hoy o el de hace dos mil años, vive envuelto en un cúmulo de dudas y misterios que ansía responder. Al principio las preguntas versan acerca de lo cotidiano (el porqué del comportamiento humano). Cuando se han descubierto las respuestas o verificado su inexistencia se produce un sentimiento de alienación, de negación y rechazo de pertenencia a la especie humana. La única manera de no perecer en la más dolorosa soledad es la creencia de que existe otro mundo no dominado por el hombre, un más allá. El hecho de que su manifestación en la literatura suela corresponderse con vampiros, fantasmas y el diablo no es sino una demostración de la creencia en la existencia de un mundo mejor: si existe el diablo, también existe Dios y toda esa Bondad y Belleza que se supone conlleva. La moderna substitución del demonio por los extraterrestres no afecta a esta afirmación: un monstruo malvado como Alien no es más que la confirmación de la existencia de otros mundos y, por tanto, de otras culturas y seres superiores y presuntamente mejores que los conocidos.
El escritor se sumerge en el mundo de lo sobrenatural para ser salvado por seres superiores y circunstancias que nada tienen que ver con las de su triste entorno.
Para ilustrar lo dicho hasta aquí pondré como ejemplo a una escritora contemporánea: Anne Rice.
La juventud de Anne Rice (1941) no fue un camino de rosas: En el colegio era una niña solitaria, y nunca en su infancia sintió que tuviera el amor que necesitaba. Perdió a su madre, una alcohólica, a los catorce años; su padre, poco afectuoso, volvió a casarse menos de dos años después, lo que obligó a Anne a trasladarse con ellos a Texas. En 1972 falleció su hija, de seis años, víctima de la leucemia. Al año siguiente, fruto del dolor y en un intento de perpetuar a su hija bajo la apariencia de una niña vampiro (véase Prism of the Night, biografía por Katherine Ramsland) nació Entrevista con el vampiro (Escrita en 1973 y rechazada para su publicación en varias editoriales hasta 1976).
Anne Rice afirma: "Los escritores escriben sobre lo que les obsesiona. Perdí a mi madre cuando tenía catorce años. Mi hija murió a la edad de seis. Perdí mi fe católica. Cuando escribo la oscuridad está siempre allí. Me dirijo hacia donde está el dolor" (People, 5 diciembre 1988)
El personaje más amado por Anne y sus lectores es el vampiro Lestat. De él dice Anne:
"Lestat . . . es difícil describir a Lestat. Lestat, de alguna manera, es toda mi vida, porque incluso cuando no estoy escribiendo sobre Lestat estoy contemplando el mundo a través de sus ojos, y es Lestat quien me ha convertido en una viajera, quien me ha transportado fuera de mí misma y liberado de las preocupaciones por mis limitaciones, tanto físicas como espirituales. Lestat es más que un personaje creado por mí. Es un símbolo de algún tipo de libertad y dominio. Representa el lado cruel que hay en nosotros, pero es parte de mis pensamientos día y noche. Y parte de mis conversaciones día y noche, supongo. Ante casi todo lo que veo me pregunto: ¿qué pensaría Lestat de esto..., cómo reaccionaría Lestat ante esto? Por lo tanto, diría que él es mi otra mitad, pero es mi mitad masculina y cruel que, gracias a Dios, no existe salvo en la ficción."
De la cripta de la mente humana han salido las obras más gloriosas: Hamlet, Fausto, La divina comedia, Cumbres borrascosas, Rebeca y un sinfín más. Obras muy distintas entre sí, pero con el elemento común de ser una reacción oculta (o no), inconsciente (o no) del autor contra su entorno.
Debido a las características de estilo de un tipo de obra que exige concentrar al máximo la esencia emocional y vivencial del autor (aunque transmutada hasta lo irreconocible), junto con el hecho de que los elementos simbólicos que aparecen en ella son comunes al subconsciente de todos nosotros, la novela gótica se caracteriza por su capacidad para captar la atención e inducir a la más profunda concentración al lector, por penetrar en su cerebro y mostrarle sus propios fantasmas y deseos.
Chris Baldick, en su introducción a The Oxford Book of Gothic Tales señala magistralmente: "En su estructura podemos reconocer los sótanos y criptas del deseo reprimido, los desvanes y campanarios de la neurosis, lo mismo que aceptamos la invitación de Poe a leer el "palacio encantado" del poema como la alegoría de la mente de un loco".
por Ángeles Goyanes
La vida de la novela gótica, según la concepción purista, fue corta y consecuencia de la reacción estética habida en los círculos cultos de Europa contra el Racionalismo. Nacería en 1765 con la aparición de El castillo de Otranto de Horace Walpole, y moriría en 1815, tras la publicación de su última obra: Melmoth, el errabundo, de Charles Maturin. Según esta concepción la novela gótica es inseparable de ciertos elementos de ambientación: paisajes sombríos, bosques tenebrosos, ruinas medievales y castillos con sus respectivos sótanos, criptas y pasadizos bien poblados de fantasmas, ruidos nocturnos, cadenas, esqueletos, demonios... Su máxima representante es Ann Radcliffe.
Pero muchos le otorgamos una definición distinta, de forma que caben en ella no sólo aquellas historias que suceden físicamente en los sótanos y criptas de los castillos, sino, prioritariamente, las que tienen lugar en los más tenebrosos pasadizos y criptas de nuestra propia mente.
De esta manera, una novela gótica puede tener o no elementos sobrenaturales, puede suceder en los pasadizos de un castillo medieval o en los pasillos no menos tenebrosos de una nave espacial, pudo escribirse en el siglo XVIII, en el XVII o en el XXI.
El escritor no emplea los elementos tradicionales del género gótico para producir de forma técnica y matemática unos determinados efectos, sino que, por el contrario, aquellos nacen de forma natural tras la inmersión en su propio subconsciente y como metáforas de él. Es decir, la novela gótica se construye espontáneamente a base de símbolos que habitan en lo más profundo de nuestra mente, de la misma forma que ocurre en los sueños. Así, las tinieblas son producto de nuestra propia oscuridad: sentimientos de soledad, miedo, desagrado ante lo que nos rodea; pasadizos y subterráneos los múltiples recovecos de nuestro cerebro, la incertidumbre sobre el camino a tomar; los personajes fascinantes, esos que buscamos en vano en la realidad o esos que, en todo o en parte, quisieramos ser.
El escritor, el de hoy o el de hace dos mil años, vive envuelto en un cúmulo de dudas y misterios que ansía responder. Al principio las preguntas versan acerca de lo cotidiano (el porqué del comportamiento humano). Cuando se han descubierto las respuestas o verificado su inexistencia se produce un sentimiento de alienación, de negación y rechazo de pertenencia a la especie humana. La única manera de no perecer en la más dolorosa soledad es la creencia de que existe otro mundo no dominado por el hombre, un más allá. El hecho de que su manifestación en la literatura suela corresponderse con vampiros, fantasmas y el diablo no es sino una demostración de la creencia en la existencia de un mundo mejor: si existe el diablo, también existe Dios y toda esa Bondad y Belleza que se supone conlleva. La moderna substitución del demonio por los extraterrestres no afecta a esta afirmación: un monstruo malvado como Alien no es más que la confirmación de la existencia de otros mundos y, por tanto, de otras culturas y seres superiores y presuntamente mejores que los conocidos.
El escritor se sumerge en el mundo de lo sobrenatural para ser salvado por seres superiores y circunstancias que nada tienen que ver con las de su triste entorno.
Para ilustrar lo dicho hasta aquí pondré como ejemplo a una escritora contemporánea: Anne Rice.
La juventud de Anne Rice (1941) no fue un camino de rosas: En el colegio era una niña solitaria, y nunca en su infancia sintió que tuviera el amor que necesitaba. Perdió a su madre, una alcohólica, a los catorce años; su padre, poco afectuoso, volvió a casarse menos de dos años después, lo que obligó a Anne a trasladarse con ellos a Texas. En 1972 falleció su hija, de seis años, víctima de la leucemia. Al año siguiente, fruto del dolor y en un intento de perpetuar a su hija bajo la apariencia de una niña vampiro (véase Prism of the Night, biografía por Katherine Ramsland) nació Entrevista con el vampiro (Escrita en 1973 y rechazada para su publicación en varias editoriales hasta 1976).
Anne Rice afirma: "Los escritores escriben sobre lo que les obsesiona. Perdí a mi madre cuando tenía catorce años. Mi hija murió a la edad de seis. Perdí mi fe católica. Cuando escribo la oscuridad está siempre allí. Me dirijo hacia donde está el dolor" (People, 5 diciembre 1988)
El personaje más amado por Anne y sus lectores es el vampiro Lestat. De él dice Anne:
"Lestat . . . es difícil describir a Lestat. Lestat, de alguna manera, es toda mi vida, porque incluso cuando no estoy escribiendo sobre Lestat estoy contemplando el mundo a través de sus ojos, y es Lestat quien me ha convertido en una viajera, quien me ha transportado fuera de mí misma y liberado de las preocupaciones por mis limitaciones, tanto físicas como espirituales. Lestat es más que un personaje creado por mí. Es un símbolo de algún tipo de libertad y dominio. Representa el lado cruel que hay en nosotros, pero es parte de mis pensamientos día y noche. Y parte de mis conversaciones día y noche, supongo. Ante casi todo lo que veo me pregunto: ¿qué pensaría Lestat de esto..., cómo reaccionaría Lestat ante esto? Por lo tanto, diría que él es mi otra mitad, pero es mi mitad masculina y cruel que, gracias a Dios, no existe salvo en la ficción."
De la cripta de la mente humana han salido las obras más gloriosas: Hamlet, Fausto, La divina comedia, Cumbres borrascosas, Rebeca y un sinfín más. Obras muy distintas entre sí, pero con el elemento común de ser una reacción oculta (o no), inconsciente (o no) del autor contra su entorno.
Debido a las características de estilo de un tipo de obra que exige concentrar al máximo la esencia emocional y vivencial del autor (aunque transmutada hasta lo irreconocible), junto con el hecho de que los elementos simbólicos que aparecen en ella son comunes al subconsciente de todos nosotros, la novela gótica se caracteriza por su capacidad para captar la atención e inducir a la más profunda concentración al lector, por penetrar en su cerebro y mostrarle sus propios fantasmas y deseos.
Chris Baldick, en su introducción a The Oxford Book of Gothic Tales señala magistralmente: "En su estructura podemos reconocer los sótanos y criptas del deseo reprimido, los desvanes y campanarios de la neurosis, lo mismo que aceptamos la invitación de Poe a leer el "palacio encantado" del poema como la alegoría de la mente de un loco".
23/02/2010
Antología de relatos de terror El Arte de la Literatura
Ya a la venta la antología del I Certamen Literario El arte de la Literatura-Relatos de Terror.
Mi relato Casa Oscura es uno de los 25 relatos integrantes (fue seleccionado por votación popular de entre los 203 relatos participantes.)
Clic aquí para adquir la antología.
Mi relato Casa Oscura es uno de los 25 relatos integrantes (fue seleccionado por votación popular de entre los 203 relatos participantes.)
Clic aquí para adquir la antología.
19/02/2010
Taller literario "La magia de la escritura"
Hoy quería hablaros de un nuevo proyecto que tengo en marcha. Se trata del taller online "La magia de la escritura" con el que pretendo abrir un espacio tanto de práctica de escritura creativa como de recepción de aquellos textos que quieran ser leídos, comentados y mejorados.
El taller está compuesto por:
-Un taller virtual de relato (gratuito, acceso mediante inscripción)
-Una zona de ejercicios y consignas semanales para hallar fuentes de inspiración, ejercitar técnicas o vencer bloqueos (acceso libre)
-Apuntes con consejos (acceso libre).
Además, podéis contar con un espacio de tutoría personalizada.
Para más información, clica el enlace: http://tallerlamagiadelaescritura.blogspot.com/
¿Te animas a participar?
17/02/2010
Lewis Carroll y el sí de las niñas
Muy señor mío:
Espero que disculpará la libertad que me tomo al dirigirme a usted, así como la libertad que me tomé hace unos cuantos días al hacer amistad con su hija pequeña, pero creo que ni siquiera alguien que 'no' sea, como yo soy, un gran amante de los niños, podría dejar de sentirse atraído por ella.
En esta carta, Charles Lutwidge Dodgson -el nombre real de Lewis Carroll- pide permiso al padre de Mabel Amy Burton para enviar a la niña de 8 años un ejemplar de su relato 'Alicia en el país de las maravillas'. Esa correspondencia se publica ahora con el título de 'Cartas inéditas a Mabel Amy Burton' (Nocturna Ediciones).
Son conocidas las fotografías y dibujos que Lewis Carroll (o Dogson) realizaba a niñas semidesnudas, desnudas o con poses insinuantes, asunto que ha llevado a algunos a calificarlo de pedófilo (su pederastia no estaría probada) y a otros de calificarlo como persona adorable amante de los niños. Nos quedan sus cartas, su Alicia en el País de las Maravillas y la duda de su verdadera personalidad.
Al parecer Carroll fue inspirado por su vecina Alice Liddell. para la escritura de su Alicia. Realizaba y coleccionaba fotos de niñas. Como he dicho: desnudas, vestidas y semivestidas. También realizada bocetos y dibujos de ellas. No de niños. Y al parecer, destruyó muchas antes de su muerte. ¿Por qué, si no tenían nada de malo?
Estos hechos parecen probados, pero abundan páginas en internet que defienden a capa y espada su "amor" por las niñas, que no niños. Él mismo dijo: "Me gustan todos los niños menos los niños."
”Lewis Carroll . . . vino a nuestra casa de campo para fotografiarnos a los niños,” escribió Dymphna Ellis, una de las niñas que Carroll fotografió. “Estoy segura de que fui su ‘favorita’. Él hacía a cada niño sentirse así. Revelaba las fotografías en el sótano…Recuerdo la mezcla de desorden y misterio…Nos echamos a llorar cuando se marchó…no le teníamos ningún miedo. Sentimos que él era uno de nosotros, que estaba de nuestro lado, no en el de los adultos.”
Inquietantes palabras que me remiten a otra persona "adoradora" y "adorada" por los niños, Michael Jackson. Siempre planeó sobre él la duda, no probada judicialmente, por otra parte.
Volviendo a Carroll, sus biógrafos dicen que murió virgen (era ordenador diácono, soltero y conservador) y que sus amistades con las niñas no iban más allá de los diez años de ellas (las prefería más jovencitas).
¿Puede juzgarse con severidad el comportamiento de Carroll con las niñas? En un entorno victoriano, en una época en que el trato de adultos era distante, esas niñas quizás encontraban en un adulto la compañía y amistad que necesitaban, por cuanto en las fotografías no se aprecian signos de disgusto.
En palabras de Alice Lidell, la inspiradora Alicia: "Nos sentábamos a su lado en el sofá, y se ponía a imaginar historias y a dibujarlas con su pluma».«Cuando estábamos contentos y felices, hacía que posáramos y disparaba con la cámara. Todos esperábamos con ansiedad las horas felices en la habitación del tutor de matemáticas».
Alice habla de horas felices, entonces quizás tengamos que mirar con ojos limpios las fotografías y las obsesiones de Carroll. ¿O no?
Nota: La fotografía que ilustra el post es original de Lewis Carroll.
Espero que disculpará la libertad que me tomo al dirigirme a usted, así como la libertad que me tomé hace unos cuantos días al hacer amistad con su hija pequeña, pero creo que ni siquiera alguien que 'no' sea, como yo soy, un gran amante de los niños, podría dejar de sentirse atraído por ella.
En esta carta, Charles Lutwidge Dodgson -el nombre real de Lewis Carroll- pide permiso al padre de Mabel Amy Burton para enviar a la niña de 8 años un ejemplar de su relato 'Alicia en el país de las maravillas'. Esa correspondencia se publica ahora con el título de 'Cartas inéditas a Mabel Amy Burton' (Nocturna Ediciones).
Son conocidas las fotografías y dibujos que Lewis Carroll (o Dogson) realizaba a niñas semidesnudas, desnudas o con poses insinuantes, asunto que ha llevado a algunos a calificarlo de pedófilo (su pederastia no estaría probada) y a otros de calificarlo como persona adorable amante de los niños. Nos quedan sus cartas, su Alicia en el País de las Maravillas y la duda de su verdadera personalidad.
Al parecer Carroll fue inspirado por su vecina Alice Liddell. para la escritura de su Alicia. Realizaba y coleccionaba fotos de niñas. Como he dicho: desnudas, vestidas y semivestidas. También realizada bocetos y dibujos de ellas. No de niños. Y al parecer, destruyó muchas antes de su muerte. ¿Por qué, si no tenían nada de malo?
Estos hechos parecen probados, pero abundan páginas en internet que defienden a capa y espada su "amor" por las niñas, que no niños. Él mismo dijo: "Me gustan todos los niños menos los niños."
”Lewis Carroll . . . vino a nuestra casa de campo para fotografiarnos a los niños,” escribió Dymphna Ellis, una de las niñas que Carroll fotografió. “Estoy segura de que fui su ‘favorita’. Él hacía a cada niño sentirse así. Revelaba las fotografías en el sótano…Recuerdo la mezcla de desorden y misterio…Nos echamos a llorar cuando se marchó…no le teníamos ningún miedo. Sentimos que él era uno de nosotros, que estaba de nuestro lado, no en el de los adultos.”
Inquietantes palabras que me remiten a otra persona "adoradora" y "adorada" por los niños, Michael Jackson. Siempre planeó sobre él la duda, no probada judicialmente, por otra parte.
Volviendo a Carroll, sus biógrafos dicen que murió virgen (era ordenador diácono, soltero y conservador) y que sus amistades con las niñas no iban más allá de los diez años de ellas (las prefería más jovencitas).
¿Puede juzgarse con severidad el comportamiento de Carroll con las niñas? En un entorno victoriano, en una época en que el trato de adultos era distante, esas niñas quizás encontraban en un adulto la compañía y amistad que necesitaban, por cuanto en las fotografías no se aprecian signos de disgusto.
En palabras de Alice Lidell, la inspiradora Alicia: "Nos sentábamos a su lado en el sofá, y se ponía a imaginar historias y a dibujarlas con su pluma».«Cuando estábamos contentos y felices, hacía que posáramos y disparaba con la cámara. Todos esperábamos con ansiedad las horas felices en la habitación del tutor de matemáticas».
Alice habla de horas felices, entonces quizás tengamos que mirar con ojos limpios las fotografías y las obsesiones de Carroll. ¿O no?
Nota: La fotografía que ilustra el post es original de Lewis Carroll.
15/02/2010
Las claves del secreto para el éxito literario
Las claves del secreto para el éxito literario
por Pablo Martínez
España es uno de los países donde más concursos se convocan cada año. ¿Por qué usted no gana uno? A continuación, el camino hacia un premio relevante explicado en pocos pasos
Se calcula que en España se convocan cada año más de 1.600 concursos literarios. Ayuntamientos, diputaciones, bancos, fundaciones y editoriales se gastan cada temporada 10 millones de euros sólo en premios en metálico. La dotación media de los certámenes es de 6.000 euros. Existen dieciséis convocatorias dotadas con más de 31.000 euros. En resumen, hay un montón de dinero sobre la mesa esperando a que alguien se lo lleve. ¿Por qué no lo hacemos nosotros? Resulta un poco estúpido que sean siempre los demás los que aparezcan en las fotos, saludando a gerifaltes del mundo editorial y soportando los estallidos de los flashes con un cheque gigante en las manos. Quizá haya llegado el momento de rescatar del olvido aquel viejo proyecto de escribir un libro. Sí, no disimule; usted también lo había pensado alguna vez. En este país, todo el mundo lo hace. Antes de nada, tenemos que contestar a una pregunta de índole artística: ¿cuánto dinero queremos ganar? Bien, la respuesta es� mucho.
Vamos a apuntar alto. A lo más alto. Si nuestra idea es escribir un sentido poemario, habrá que decidir entre el Ciudad de Melilla (18.000 euros) o el Premio Loewe (16.500 euros). En el caso de que nos apetezca intentarlo con un libro de relatos, deberemos escoger entre el Premio Paradores (60.000 euros) y el Hucha de Oro (54.600 euros). Si nuestro gusto se decanta por el ensayo, la elección tendrá que estar entre el Premio Así Fue de Plaza y Janés (50.000 euros) y el Espasa (30.000 euros). En el caso de que nos sintamos más cómodos en el género infantil, nuestro objetivo será sin duda el Premio Barco de Vapor (100.000 euros), que pasa por ser uno de los certámenes de literatura infantil y juvenil mejor pagados del mundo.
La literatura, como solía repetir Kingsley Amis, es un negocio especializado. Y como tal vamos a tratarla. Olvídense de la inspiración, la paciencia y la técnica. Con eso, quizá un día consigamos una estatua póstuma, pero nunca saldremos de pobres. Hay que ser ambiciosos, así que lo mejor va a ser dejar a un lado los cuentos, los versos y los ensayos. Nuestro objetivo será un premio de novela. Uno de los gordos. Escuchen esto: entre los cuatro premios de novela mejor dotados del país reparten cada año un millón de euros. El póker está compuesto por el Planeta (601.000 euros), el Ciudad de Torrevieja que organiza la editorial Plaza y Janés (360.000 euros), el Primavera de Espasa (200.000 euros) y el Alfaguara (175.000 euros). Un montón de ceros, no cabe duda.
Antes de nada, debemos tener claro que ganar un premio de importancia es sencillo. El problema es que la gente quiere hacerlo escribiendo bien y, en realidad, hay que hacerlo con mucha premeditación. Lo primero, claro, es el título de la novela. Desconfíen de quien les diga lo contrario: sin un buen título no llegaremos lejos. Observando el método científico, la mejor manera de decidir nuestro título es estudiar los de los libros ganadores de los cuatro grandes premios durante los últimos diez años. No tardaremos mucho en darnos cuenta de algunas cosas, por ejemplo de las palabras que más se repiten. Son tres: 'vida', 'invisible' y 'mujeres'. Bueno, no hay que darle muchas vueltas más. Ya tenemos título: La vida de las mujeres invisibles.
Argumento
Ahora hay que buscar un argumento. No es imprescindible que la novela tenga uno, pero suele ayudar. Bien, aquí se abren ante nosotros multitud de opciones igualmente promisorias. En los últimos años, el botín se lo han llevado novelas negras, historias de asesinos en serie más o menos satánicos, novelas sobre la Guerra Civil, 'thrillers' futuristas, novelas históricas, cosas de amor� En fin, un poco de todo. Como escoger un solo argumento quizá nos lleve mucho tiempo, los tomaremos todos de golpe. Así no dejaremos fuera nada importante.
Antes de seguir, necesitamos un protagonista. Tendrá un nombre común y un apellido pintoresco: es la moda. Será escritor, profesor o periodista y llevará una vida calamitosa: un poco de divorcio, algo de paro, lo suyo de ginebra. ¿Un nombre? Gabriel Debaux. Ha llegado el momento de fijar el argumento.
Gabriel Debaux es un escritor en horas bajas. Su mujer le ha dejado por su mejor amigo y acaban de despedirle del trabajo. Su vida cambia la noche en que descubre por casualidad un misterioso manuscrito persa y conoce a Clara, una mujer llena de secretos de la que no tarda en caer enamorado. Esa misma noche, Gabriel se encuentra en el sofá de su casa el cadáver de su mejor amigo decapitado. Al día siguiente, mientras trata de arreglar el microondas, lo transforma accidentalmente en una máquina del tiempo que le lleva a la Edad Media y a la Guerra Civil española, donde conoce la terrible historia de su abuelo, un miliciano poeta que fue amigo de Lorca y se dedica a construir catedrales en secreto. A su regreso al presente, Gabriel es avisado de que Clara ha sido secuestrada por una secta satánica de adoradores del inquisidor Torquemada. Justo en el momento en que se dispone a utilizar su microondas para viajar a los tiempos de la Inquisición, recibe una llamada telefónica que le hace enfrentarse a un terrible episodio de su pasado. La vida de las mujeres invisibles, una historia de amor, venganza y narcotráfico.
Indudablemente, la cosa va bien. Estamos en el camino del best-seller, pero no conviene confiarse. Ahora hay que escribir la novela. Es una tarea secundaria, pero hay que hacerla. Y el libro, no se crean, tiene que ser grueso. No nos van a dar un montón de dinero por nada. Nuestra novela tiene que pesar lo que vale. Piensen en un mínimo de trescientas páginas. Los lectores de hoy son gente rara y les gusta llevar los libros consigo y que la literatura sea una continuación del 'fitness' del gimnasio.
No se dejen amedrentar por el prestigio de la creación literaria. Es importante que tengamos claro que escribir es fácil. Como decía Azorín, sólo se trata de ir poniendo una palabra detrás de otra. Cualquiera puede hacerlo. Aún así, tendremos que hacernos con un estilo. Escogeremos el del momento, que resulta a la vez ligero y ampuloso. Ya saben. Frases de extensión mediana. Mucha adjetivación inocua. Algo de descripción arrebatada, con especial atención a las distintas fases de la luna. Mucho diálogo, a poder ser de inspiración cinematográfica. También conviene que, cada cierto tiempo, nuestro protagonista se detenga en algún sitio -un banco en el parque, un bar, una estación de tren- y se ponga a pensar con gravedad sobre el mundo y la existencia en general.
En nuestra novela las mujeres serán complejas y los hombres atormentados. Se visitarán países lejanos que serán invariablemente maravillosos y nuestra concepción de la realidad -esto es importante- será eminentemente dramática. Por último, deberemos coger diez o doce libros, veinte cuadros y treinta películas y distribuirlos a modo de referencias cultas a lo largo de la novela. Hágase con energía y desgana, como quien aliña una ensalada que se van a comer otros. Que se note que somos gente instruida y sensible.
Tómense su tiempo para redactar la primera versión del manuscrito. Con calma, que esto es arte. Diez, quince días, lo que haga falta. Ahora llega la parte más complicada del proceso. En primer lugar, tenemos que contratar los servicios de un agente literario. De uno bueno, es decir, influyente. Él será el encargado de mover nuestro original en los lugares adecuados, de presentarlo a los premios y guiar su camino por los distintos procesos de selección. Las cosas son así. Pretender ganar un gran concurso por nuestra cuenta, fotocopiando nuestro manuscrito en la tienda de debajo de casa y poniéndolo en Correos es todo un acto de fe. Una pérdida de tiempo. Lo habitual en el negocio es que los agentes propongan a sus autores a las editoriales. Lo habitual en el negocio, en fin, es que los del negocio negocien. Así que no queda más remedio que hacer una inversión en nosotros mismos y contratar a un agente. Es caro, sí, pero no olvidemos que la recompensa será sustanciosa.
Y ahora llega lo realmente difícil. Mientras nuestro agente hace las gestiones propias de su oficio y antes de malgastar energía corrigiendo nuestro manuscrito, tenemos que hacernos famosos. Preferiblemente, debemos lograr aparecer en la televisión, ya sea como tertulianos políticos, comentaristas sociales, hombres espectáculo, fakires, meteorólogos o presentadores de telediarios. Desde hace poco más de una década, este es un requisito muy importante. Casi fundamental. Fíjense en los ganadores de los últimos premios gordos y se darán cuenta de que ser una cara popular ayuda mucho a nuestra empresa. Así que todo es cosa de comenzar a recorrer castings televisivos. No hay un minuto que perder. En cuanto estemos diciendo cosas raras en un plató ya faltará manos para que 'La vida de las mujeres invisibles' esté en todas las librerías y ustedes frente a un periodista, palpándose satisfechos la cartera, mientras pronuncian por enésima vez la frase mágica, ya saben: "En realidad, el verdadero premio para un escritor son los lectores".
Fuente: http://www.lasprovincias.es/valencia/20080203/cultura/claves-secreto-para-exito-20080203.html
14/02/2010
Entrevista a Julio Cortázar
Entrevista a Julio Cortázar
La entrevista continúa en You tube...son 13 archivos en total.
La entrevista continúa en You tube...son 13 archivos en total.
12/02/2010
Nuevo fomento de la lectura
Esta es una foto realizada por Begoña Abad en el mercado de El Fontán (Oviedo).
El título de los libros que se regalan es “Elegía en Astaroth” (1973), poemario Premio Nacional de Literatura y cuyo autor es Ángel García López.
¿Qué pensamientos le vendrían a la cabeza al autor en caso de pasear por la zona y contemplar el tenderete? ¿Es una nueva estrategia de márketing? ¿Por qué razón se le ocurrió al vendedor de lencería regalar precisamente ese libro por la compra de tres bragas? ¿De dónde sacó tantos ejemplares? ¿No tiene bragas más pequeñas? ¿Si compro seis me regalan dos libros? ¿Acaso la mente preclara del vendedor asoció lencería con poesía y tenemos ante nosotros a un visionario del márketing?
Asombrada por este nuevo fomento de la lectura, vaticino próximas paradas de embutidos regalando libros de Dan Brown; paradas de ropa techno regalando los de Fernández Mallo; puestos de fruta regalando los de la Etxebarría; el puesto hippy regalando los de Marías; la churrería del mercadillo regalando los de Pérez Reverte. Veo la parada del negrito que vende relojes con un cartel que reza: "Por la compra de 1 reloj y 1 caja de DVD's, regalo de un ejemplar del último de Zafón."
No sé cómo le fueron (o le van) las ventas al paradista de la lencería, pero como homenaje a Ángel García López, quien quizás dentro de poco verá resurgir las ventas y reclamos de su obra, posteo a continuación uno de sus poemas:
Tú, que tienes tiempo
Tú, que tienes el tiempo sobre la mano y lloras
y piensas de mi vida que un astro es apagado,
me ofreces una carne de sueños y de esporas
y una larga abundancia desde el lecho habitado.
No encuentro otro homenaje más hermoso que verte.
Mirarte es entenderle su inocencia al rocío.
Tu cuerpo es en la tarde como una almena fuerte
donde hacerse una casa protegida del frío.
Abeja de ti misma, libas de ti, frecuentas
el calor que a la noche destinas y desmayas.
Eres como una alcoba donde el aire aposentas,
como una nube joven que enviudase en las playas.
Solo un campo contiene soledad tan desnuda.
Tiembla, frágil, la alondra que en tus pechos anida.
Me miras y te ofreces desconsolada y muda.
Vuelas como una lluvia que creciese dormida.
Oculto anda en tus ojos un olivar furtivo.
Por dentro de tus pechos se muere un gladiolo.
Tus labios se hacen grandes y el sol diminutivo.
Grita un corzo en tu cuello desamparado y solo.
Detrás de tus mejillas un pueblo hace su fiesta.
Tendida eres un lago que su vientre inaugura.
Eres tu misma sombra, destronada y depuesta,
que amanece gigante desde su desventura.
11/02/2010
La muerte de George Sand, por Fiodor Dostoyevsky
Muerte de George Sand
Por Fiodor Dostoievsky
El último número del Diario, correspondiente a mayo, estaba ya compuesto y en prensa cuando me enteré por los diarios de la muerte de George Sand (8 de junio de 1876). De este modo no alcancé a decir siquiera una palabra acerca de esta muerte. Pero había bastado que leyera esa noticia para comprender cuánto significó en mi vida aquel nombre, cuánto correspondió en una época a ese poeta, de mi entusiasmo, de mi admiración, y todo lo que me dio entonces de alegría, de felicidad. Sin temor escribo cada una de estas palabras, porque así fue literalmente. Ella fue una de nuestras contemporáneas (quiero decir, nuestras) que más plenamente realizó el tipo de idealista de los años treinta y cuarenta. Es uno de los nombres de nuestro poderoso siglo, presuntuoso y al mismo tiempo doloroso, pleno de ideales inexpresados, de los más indefinidos deseos, nombre que surgió allá lejos, "en el país de las sagradas maravillas!", que nos atraía quitando a lo nuestro, nuestra Rusia siempre en gestación, mucho pensar, mucho amor, la fuerza de santos y nobles impulsos, vivísima vida y caras convicciones. Pero no debemos lamentarlo: exaltando tales nombres y admirándolos, los rusos sirvieron y sirven a su más verdadera misión. Que no se asombren de estas palabras mías, y sobre todo en relación a George Sand, acerca de quien puede hasta hoy discutirse y a quien la mitad de nosotros, si no las nueve décimas partes, ya alcanzaron a olvidar; pero ella a pesar de todo desempeñó un papel entre nosotros en su tiempo, ¿y quién estará más dispuesto a recordarla sobre su tumba que nosotros, sus contemporáneos de todo el mundo? Nosotros, los rusos, tenemos dos patrias: nuestra Rusia y Europa, aun en el caso de llamarnos eslavófilos (que ellos no me guarden enojo por esto). No es preciso disputar sobre ello. La más alta entre las altas misiones que los rusos reconocen como un deber asumir en el futuro, es la misión de reunir la humanidad en un solo haz, es el universal servicio a la humanidad; no sólo a Rusia, no al mundo eslavo, sino a la humanidad toda. Reflexionadlo, y también vosotros aceptaréis que los eslavófilos reconocieron eso mismo -por eso nos exhortaban a ser más estrictamente rusos, a serlo más firme y responsablemente-, comprendiendo precisamente que esa tendencia a unificar la humanidad es el más importante rasgo de la personalidad rusa, así como su misión. Por otra parte, todo esto exige todavía muchas explicaciones, por lo menos la de que el servicio de un ideal universalmente humano y un aturdido vagabundear por Europa, abandonando voluntariamente la patria, son dos cosas diametralmente opuestas, aunque hasta ahora se las confunda. Por el contrario, mucho, mucho de lo que tomamos de Europa y trasplantamos entre nosotros no se limitó a la copia servil, como indispensablemente lo exigen los Potuguin, sino que lo incorporamos a nuestro organismo, a nuestra carne y nuestra sangre; hemos sobrellevado y hasta padecimos con independencia punto por punto, como en el Occidente, otras cosas que allá eran familiares. Esto es lo que los europeos no quieren admitir por nada del mundo; lo que ha sido mejor, por el momento. De ese modo se cumplirá más imperceptible y tranquilamente un proceso indispensable que asombrará al mundo en sus consecuencias, proceso que puede seguirse del modo más claro y palpable en la actitud que observamos con respecto a la literatura de los demás pueblos. Sus poetas son para nosotros, al menos para la mayoría de nuestras gentes cultivadas, igualmente familiares que los suyos en sus países de Occidente. Yo afirmo y repito que todo poeta, pensador, filántropo europeo, aparte de su propia tierra, en ninguna otra parte del mundo es tan íntimamente comprendido y más aceptado como en Rusia.
Por Fiodor Dostoievsky
El último número del Diario, correspondiente a mayo, estaba ya compuesto y en prensa cuando me enteré por los diarios de la muerte de George Sand (8 de junio de 1876). De este modo no alcancé a decir siquiera una palabra acerca de esta muerte. Pero había bastado que leyera esa noticia para comprender cuánto significó en mi vida aquel nombre, cuánto correspondió en una época a ese poeta, de mi entusiasmo, de mi admiración, y todo lo que me dio entonces de alegría, de felicidad. Sin temor escribo cada una de estas palabras, porque así fue literalmente. Ella fue una de nuestras contemporáneas (quiero decir, nuestras) que más plenamente realizó el tipo de idealista de los años treinta y cuarenta. Es uno de los nombres de nuestro poderoso siglo, presuntuoso y al mismo tiempo doloroso, pleno de ideales inexpresados, de los más indefinidos deseos, nombre que surgió allá lejos, "en el país de las sagradas maravillas!", que nos atraía quitando a lo nuestro, nuestra Rusia siempre en gestación, mucho pensar, mucho amor, la fuerza de santos y nobles impulsos, vivísima vida y caras convicciones. Pero no debemos lamentarlo: exaltando tales nombres y admirándolos, los rusos sirvieron y sirven a su más verdadera misión. Que no se asombren de estas palabras mías, y sobre todo en relación a George Sand, acerca de quien puede hasta hoy discutirse y a quien la mitad de nosotros, si no las nueve décimas partes, ya alcanzaron a olvidar; pero ella a pesar de todo desempeñó un papel entre nosotros en su tiempo, ¿y quién estará más dispuesto a recordarla sobre su tumba que nosotros, sus contemporáneos de todo el mundo? Nosotros, los rusos, tenemos dos patrias: nuestra Rusia y Europa, aun en el caso de llamarnos eslavófilos (que ellos no me guarden enojo por esto). No es preciso disputar sobre ello. La más alta entre las altas misiones que los rusos reconocen como un deber asumir en el futuro, es la misión de reunir la humanidad en un solo haz, es el universal servicio a la humanidad; no sólo a Rusia, no al mundo eslavo, sino a la humanidad toda. Reflexionadlo, y también vosotros aceptaréis que los eslavófilos reconocieron eso mismo -por eso nos exhortaban a ser más estrictamente rusos, a serlo más firme y responsablemente-, comprendiendo precisamente que esa tendencia a unificar la humanidad es el más importante rasgo de la personalidad rusa, así como su misión. Por otra parte, todo esto exige todavía muchas explicaciones, por lo menos la de que el servicio de un ideal universalmente humano y un aturdido vagabundear por Europa, abandonando voluntariamente la patria, son dos cosas diametralmente opuestas, aunque hasta ahora se las confunda. Por el contrario, mucho, mucho de lo que tomamos de Europa y trasplantamos entre nosotros no se limitó a la copia servil, como indispensablemente lo exigen los Potuguin, sino que lo incorporamos a nuestro organismo, a nuestra carne y nuestra sangre; hemos sobrellevado y hasta padecimos con independencia punto por punto, como en el Occidente, otras cosas que allá eran familiares. Esto es lo que los europeos no quieren admitir por nada del mundo; lo que ha sido mejor, por el momento. De ese modo se cumplirá más imperceptible y tranquilamente un proceso indispensable que asombrará al mundo en sus consecuencias, proceso que puede seguirse del modo más claro y palpable en la actitud que observamos con respecto a la literatura de los demás pueblos. Sus poetas son para nosotros, al menos para la mayoría de nuestras gentes cultivadas, igualmente familiares que los suyos en sus países de Occidente. Yo afirmo y repito que todo poeta, pensador, filántropo europeo, aparte de su propia tierra, en ninguna otra parte del mundo es tan íntimamente comprendido y más aceptado como en Rusia.
09/02/2010
De búnkeres y de libros
Parece ser que la próxima llegada del fin del mundo (el 21 de diciembre de 2012) está disparando la construcción de búnkeres.
En el caso de que dispusiérais de ese refugio mientras el cataclismo sucede sobre vuestras cabezas, ¿qué libros habríais refugiado de las llamas (o bomba o cataclismo o lo que sea) para que os acompañara en esos momentos de miedo y confusión? El número ha de ser limitado como limitada será vuestra ropa, vuestros alimentos, vuestra compañía...así que digamos que en el paquete de cosas personales, además de dos paquetes de 500 folios en blanco y lápices y bolígrafos (querréis escribir en las largas horas que os esperan, supongo) podéis llevaros 7 libros. Sólo uno puede ser una novedad que no hayáis leído, porque debéis aseguraros que la lectura os va a gustar.
Yo me llevaría:
La Biblia (por ser fuente de inspiración, además de contener innumerables relatos de todo tipo -asesinatos, incestos, odios, amores, poesía, leyes, mitos, etc.)
Un ángel en mi mesa de Janet Frame (para no olvidar nunca que soy escritora y disfrutar con la escritura de una de las grandes)
Ana Karenina (para volver a ser deslumbrada por el gran maestro Tolstoi y seguir aprendiendo para no emborronar de mala manera los 1000 folios de que dispongo)
El señor de los anillos de J.R.R.Tolkien, (para poder vivir en un mundo nuevo mientras el nuestro se destruye)
La buena tierra, de Pearl S.Buck (para recordar la miseria y la humanidad del mundo)
La saga de La Torre Oscura de Stephen King, que son 7 volúmenes y así la lectura me duraría más tiempo (es trampa, pero sustituyo ropa por más libros)
Obras completas de Charles Dickens (vuelvo a hacer trampa, pero no me puedo resistir: sustituyo pilas para la radio por más libros.)
Es hora de prepar vuestro búnker y llenar las baldas de vuestro espacio. ¿Qué libros colocáis en ellas?
Leer, leer, leer, vivir la vida
que otros soñaron....
Unamuno.
Escritora del mes: George Sand
George Sand, una romántica excéntrica que gozó del amor libre
El nombre real de esta escritora francesa del siglo XIX era Aurore Dupin. Una idealista que luchó por los derechos de las mujeres en un contexto machista. Intimó con Honoré de Balzac, Frank Litz y fue amante de Frédéric Chopin. Escribió más de 140 novelas.
Alguien dijo de ella: "No es hombre ni mujer, sino un ser que piensa". Una frase que define a la perfección a Aurore, que escribió tanto como amó, defendiendo la pasión ante los convencionalismos impuestos. Su ingente obra publicada en forma de novelas, cuentos, teatro o artículos periodísticos es reivindicada hoy en día por amplios sectores de la intelectualidad más vanguardista.
Su nombre completo era Amandine Aurore Lucie Dupin y nació el 1 de julio de 1804 en París, siendo hija de un oficial napoleónico pariente del rey polaco Augusto II y de una modesta campesina. Pasó la infancia en el bello pueblecito francés de Nohant bajo la tutela de su abuela materna, quien la dejó crecer libre de estrictas imposiciones educativas.
La pequeña Aurore demostró con precocidad su gusto por los ropajes masculinos, así como por montar a caballo; con lo que se puede decir que esta avanzada del feminismo tuvo una infancia feliz y bucólica, asunto que cimentó su apasionado carácter indómito. Más tarde, completó su formación en un convento parisino, donde siguió alimentando su curiosidad por el saber con la lectura de innumerables textos literarios. En plena adolescencia sintió la llamada de las letras y, aunque se casó muy joven (1822, tenía 18 años) con el varón Casimir Dudevant, nada la frenó en su afán por transmitir emociones a través de narraciones románticas, un estilo literario que en ese tiempo hacía furor en los escenarios intelectuales franceses.
Fiel a sus principios vitales, la todavía Aurore buscó el amor por la ciudad de la luz a escondidas o con el consentimiento de su esposo, siendo muchos los amantes que se censaron para ella en esos momentos de crecimiento personal. Con uno de ellos concibió a su hija Solange, si bien ésta fue atribuida a su marido oficial. De otro amor, Jules Sandeau, proviene su seudónimo y la decisión definitiva de dedicarse a los libros compartiendo con Jules las primeras obras: El comisionista y Rosa y Blanca. En este periodo frecuentó elitistas círculos en los que se desenvolvían creadores como el escritor Honoré de Balzac o el músico Frank Listz, a los que le unía un profundo afecto personal.
En 1836 consiguió la nulidad de su matrimonio y, ya convertida en George Sand, comenzó a convulsionar a la sociedad parisina. Se la pudo ver en diferentes ámbitos progresistas donde amó con pasión destapada a decenas de hombres ilustres del momento. Son años felices en los que aparecen obras como Indiana o Valentine, así como textos de diverso calado publicados en revistas relevantes de la época. En 1838 conoció a uno de sus grandes amores, el polaco Frédéric Chopin, compositor inmortal con el que vivió nueve años de relación, según algunos, casi maternofilial. Junto a él visitó Mallorca, donde escribió Un invierno en Mallorca, recreando los paisajes que les acogieron. Por desgracia, los sentimientos de la pareja se enfriaron a tal punto que la francesa rompió con el músico mediante una carta en la que se despedía con esta frase: "Adiós, mi amigo".
La Sand también mantuvo devaneos con la política y, en ese sentido, se convirtió en una firme defensora de la Tercera República francesa con diversas publicaciones dirigidas por ella en las que se preconizaba el inminente cambio de la situación social para el país galo. No obstante, la revolución de 1848 y los derroteros tomados por la clase política la desilusionaron completamente, por lo que asumió un retiro voluntario en Nohant. Allí pasó el resto de su vida escribiendo una prolífica obra en la que describió a la sociedad reinante. Fueron más de 140 novelas y decenas de artículos que consiguieron una legión de seguidores.
En este tiempo campestre no descuidó sus relaciones personales y cruzó correspondencia con grandes autores como Gustave Flaubert. Asimismo, florecieron amistades con personajes fundamentales de la sociedad francesa más exquisita como Alejandro Dumas o Sainte-Beuve. Su retiro le sirvió para meditar sobre su agitada existencia incitándola a escribir diversos apuntes personales recogidos en su autobiografía, Historia de mi vida.
Romántica convencida, no desatendió su compromiso social, siendo beligerante contra la Iglesia y algunos estamentos políticos, lo que le creó no pocos enemigos que se encargaron de denostarla y vilipendiarla por su extraña forma de vivir y por una aparente ambigüedad sexual. El 8 de junio de 1876, George Sand fallecía en Nohant víctima de una oclusión intestinal estando rodeada por el cariño de sus queridos nietos y de multitud de amigos que acudieron al entierro. Nada mejor para una persona que defendió la voluntad de amar por encima de todo.
fuente: el mundo.es suplementos magazine
El nombre real de esta escritora francesa del siglo XIX era Aurore Dupin. Una idealista que luchó por los derechos de las mujeres en un contexto machista. Intimó con Honoré de Balzac, Frank Litz y fue amante de Frédéric Chopin. Escribió más de 140 novelas.
Alguien dijo de ella: "No es hombre ni mujer, sino un ser que piensa". Una frase que define a la perfección a Aurore, que escribió tanto como amó, defendiendo la pasión ante los convencionalismos impuestos. Su ingente obra publicada en forma de novelas, cuentos, teatro o artículos periodísticos es reivindicada hoy en día por amplios sectores de la intelectualidad más vanguardista.
Su nombre completo era Amandine Aurore Lucie Dupin y nació el 1 de julio de 1804 en París, siendo hija de un oficial napoleónico pariente del rey polaco Augusto II y de una modesta campesina. Pasó la infancia en el bello pueblecito francés de Nohant bajo la tutela de su abuela materna, quien la dejó crecer libre de estrictas imposiciones educativas.
La pequeña Aurore demostró con precocidad su gusto por los ropajes masculinos, así como por montar a caballo; con lo que se puede decir que esta avanzada del feminismo tuvo una infancia feliz y bucólica, asunto que cimentó su apasionado carácter indómito. Más tarde, completó su formación en un convento parisino, donde siguió alimentando su curiosidad por el saber con la lectura de innumerables textos literarios. En plena adolescencia sintió la llamada de las letras y, aunque se casó muy joven (1822, tenía 18 años) con el varón Casimir Dudevant, nada la frenó en su afán por transmitir emociones a través de narraciones románticas, un estilo literario que en ese tiempo hacía furor en los escenarios intelectuales franceses.
Fiel a sus principios vitales, la todavía Aurore buscó el amor por la ciudad de la luz a escondidas o con el consentimiento de su esposo, siendo muchos los amantes que se censaron para ella en esos momentos de crecimiento personal. Con uno de ellos concibió a su hija Solange, si bien ésta fue atribuida a su marido oficial. De otro amor, Jules Sandeau, proviene su seudónimo y la decisión definitiva de dedicarse a los libros compartiendo con Jules las primeras obras: El comisionista y Rosa y Blanca. En este periodo frecuentó elitistas círculos en los que se desenvolvían creadores como el escritor Honoré de Balzac o el músico Frank Listz, a los que le unía un profundo afecto personal.
En 1836 consiguió la nulidad de su matrimonio y, ya convertida en George Sand, comenzó a convulsionar a la sociedad parisina. Se la pudo ver en diferentes ámbitos progresistas donde amó con pasión destapada a decenas de hombres ilustres del momento. Son años felices en los que aparecen obras como Indiana o Valentine, así como textos de diverso calado publicados en revistas relevantes de la época. En 1838 conoció a uno de sus grandes amores, el polaco Frédéric Chopin, compositor inmortal con el que vivió nueve años de relación, según algunos, casi maternofilial. Junto a él visitó Mallorca, donde escribió Un invierno en Mallorca, recreando los paisajes que les acogieron. Por desgracia, los sentimientos de la pareja se enfriaron a tal punto que la francesa rompió con el músico mediante una carta en la que se despedía con esta frase: "Adiós, mi amigo".
La Sand también mantuvo devaneos con la política y, en ese sentido, se convirtió en una firme defensora de la Tercera República francesa con diversas publicaciones dirigidas por ella en las que se preconizaba el inminente cambio de la situación social para el país galo. No obstante, la revolución de 1848 y los derroteros tomados por la clase política la desilusionaron completamente, por lo que asumió un retiro voluntario en Nohant. Allí pasó el resto de su vida escribiendo una prolífica obra en la que describió a la sociedad reinante. Fueron más de 140 novelas y decenas de artículos que consiguieron una legión de seguidores.
En este tiempo campestre no descuidó sus relaciones personales y cruzó correspondencia con grandes autores como Gustave Flaubert. Asimismo, florecieron amistades con personajes fundamentales de la sociedad francesa más exquisita como Alejandro Dumas o Sainte-Beuve. Su retiro le sirvió para meditar sobre su agitada existencia incitándola a escribir diversos apuntes personales recogidos en su autobiografía, Historia de mi vida.
Romántica convencida, no desatendió su compromiso social, siendo beligerante contra la Iglesia y algunos estamentos políticos, lo que le creó no pocos enemigos que se encargaron de denostarla y vilipendiarla por su extraña forma de vivir y por una aparente ambigüedad sexual. El 8 de junio de 1876, George Sand fallecía en Nohant víctima de una oclusión intestinal estando rodeada por el cariño de sus queridos nietos y de multitud de amigos que acudieron al entierro. Nada mejor para una persona que defendió la voluntad de amar por encima de todo.
fuente: el mundo.es suplementos magazine
07/02/2010
La novela española y su desintelectualización
A continuación, un artículo de Manuel García Viñó reproducido con autorización de La Fiera Literaria. (Boletín del Centro de Documentación de la Novela Española)
Es un artículo extenso pero muy recomendable para conocer qué es en verdad una novela y en qué estado se encuentra la novela española según su autor, así como conocer nuestro verdadero compromiso como escritores y novelistas. No deja títere con cabeza y comparto en parte su criterio. Mi formación literaria, aún cuando contempla clásicos españoles, no se ve acompañada por muchos de los autores contemporáneos que cita el señor García como Zafón, Reverte, Marías, Grandes etc, puesto que no me aportan el alimento que suelo buscar en los textos (ni siquiera distracción). Sé que Viñó tiene tantos detractores como seguidores (muchos lo denostan como escritor, pero lo ensalzan como crítico), y que algunos no estaréis de acuerdo con sus palabras porque sí disfrutáis con las novelas de esos autores, pero la sección de comentarios está abierta y lista para el debate.
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Malvenidos al renamuriento
La novela española se ha desintelectualizado. ¿Quién la intelectualizará? Los escritores del sistema, los que escriben, o procuran escribir, bestesellers, desde luego, no. Los profesores universitarios y los críticos literarios, menos.
Hace poco, me invitaron a dar una charla sobre “la novela y las novelas” en uno de esos llamados “talleres de literatura”. Antes de iniciar la que ellos llamaban, en las papeletas de convocatoria, “lección magistral”, quise saber algo sobre la preparación de aquellos jóvenes de uno y otro sexo aspirantes a escritores. Y entonces fue la abominación de la desolación, que diría el profeta. Salvo dos chicas, ¡ni uno solo había leído el Quijote! ¡Todos! ignoraban qué era la novela picaresca. De la gran novela del XIX hablaban de oídas, menos una de las dos chicas, que había leído Rojo y negro, traducida, “y había iniciado La Regenta, “que había terminado de conocer por la serie de televisión”. Tampoco sabían nada de los colosos del XX, salvo –la misma chica- una obra de Hemingway, “de cuyo título no me acuerdo”. Sólo –todos- hablaban con soltura de lo reciente, que por lo visto no tiene para ellos antecedentes: los grandes bestsellers mundiales del tipo El código da Vinci, y los productos de la cuadra de Prisa-Alfaguara y compañía, como Anagrama, Tusquets y Espasa. Y Planeta, claro. De Grecia y Roma, nada. De Oriente, nada. De los clásicos, nada. Absolutamente nada también de la poesía de cualquier época. Pero todos tenían en la cabeza una novela sobre la otra mano de Fátima, el Santo Grial, el hijo de Nostradamus, Los piratas del Mar Negro, En busca del Arco Iris… No sabían quienes eran Dante ni Petrarca, pero sí Almudena Grandes y Javier Marías, “que salen mogollón en El País”. “Y Pérez Reverte, “que lo han nombrado académico y por algo será”. “Yo me estoy preparando para escribir sobre el Gran Capitán, anunció uno, como una especie de Alatriste”. La abominación de la desolación. La gran catástrofe, que diría Alexis Zorba.
Nadie sabía allí lo que era la literariedad. Ni distinguía una novela de un relato. Ni se había asomado a la Historia Universal, ni a la Filosofía ni a la Física Teórica. ¿Tengo que añadir que tampoco a la Gramática ni a la Lógica? Composición, forma de presentación de la realidad, elipsis, elusiones, alusiones, literariedad, perspectivismo, contraste, tiempo y tempo, monólogo interior, extrañamiento… eran conceptos que nada les decían. Claro que tampoco dicen nada a Muñoz Molina, Pérez Reverte, Almudena Grandes, Marsé, Ruíz Zafón…
Ha habido momentos en la historia –y en la prehistoria-- en que la humanidad ha traspasado lo que Gehelen llamó –y Hans Sedlmayr aplicó a la historia del arte- “un nivel absoluto de cultura”. Este filósofo de la historia, profesor en las universidades de Viena, Munich y Salzburgo, nos ponía varios ejemplos muy claros, de los cuales sólo recuerdo uno: el del paso del paleolítico de los cazadores al neolítico de los agricultores. Por si acaso no entendí bien el concepto, o no lo abarqué en toda su amplitud, simplemente me atrevo a preguntar si no se traspasó un nivel de cultura –aunque no fuera absoluto-, con el fin del Antiguo Régimen y el advenimiento de la Modernidad.
En el siglo XX, y coincidiendo con el cambio de paradigma que habían propiciado la Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica, aboliendo la visión del universo de Isaac Newton y otorgando una nueva configuración a los absolutos clásicos -espacio, tiempo, movimiento-, las artes, y muy especialmente la novela y la pintura, experimentaron cambios sustanciales que, en el caso de la primera, le posibilitaron el acceso a la categoría de obra de arte literario, que no había tenido hasta entonces, como con rotundidad había señalado Paul Valéry. “La novela no forma parte del arte literario por su prosaísmo antiartístico”, decía el autor de El cementerio marino. Antes, los neoclásicos se habían negado a alinearla junto a los géneros literarios más nobles, como la epopeya y la tragedia.
Nuestros periodistas, críticos literarios y profesores de literatura se mueven en un caos muy parecido al de los “estudiantes” del Taller. Ellos sí conocen y sí han leído lo que los “meritorios” ignoran. Pero no saben dónde colocarlo sin autoexcluirse de la monarquía de las letras. Ni saben hacia dónde mirar para mantener sus respectivos estatus sin enfadarse con nadie o, mejor dicho, sin que nadie se enfade con ellos. Y como lo que manda desde hace tiempo en el campo que anteriormente ocupaba la cultura es la industria del libro, a ella se someten. Saben que si quieren continuar “vigentes”, económica y mediáticamente hablando, tienen que aceptar las normas del Sistema. Se habla de industria cultural, pero lo que manda, lo que define, es solamente la industria. ¿Se ha traspasado algún umbral significativo con el derrumbe del arte y la literatura serios y la sustitución del espíritu y la mente por el reconocimiento mediático y la ganancia? En cualquier caso, el resultado es la desaparición de los intelectuales y los artistas, eclipsados por los diletantes y los mercaderes.
¿Dónde están los escritores comprometidos como aquéllos de los años medios del siglo XX? Ahora no los hay. Ni los más interesados quieren que los haya. Es decir, ni los que podrían serlo quieren serlo. A Muñoz Molina, uno de los escritores más incompetentes, pero más valorados, de la actualidad, le he leído decir, citando a un escritor sudamericano que no recuerdo, que “quien quiera lanzar un mensaje ponga un telegrama". Añadiendo que los tiempos han cambiado respecto a la pasada centuria y que ahora no hay temas con los que comprometerse. Seguramente lleva razón. Porque las guerras agresivas del Imperio, el holocausto palestino por Israel, el ecologismo, el feminismo, la droga, la situación infrahumana de los africanos, no son evidentemente temas para preocuparse ni comprometerse. Cuando haya otra guerra en Vietnam y se convierta en moda criticarla, ya será cosa de pensárselo. Les pasa igual con la forma de estado: serán monárquicos hasta que les convenga ser republicanos.
Hace unos días, respecto a aquél en que redacto este artículo, se publicó en el diario El Mundo (18 de agosto de 2009) una entrevista al fabricante de bestsellers Carlos Ruiz Zafón, anunciada en la primera página del suplemento con el reclamo: Ruiz Zafón arremete en Edimburgo contra “los policías de la alta cultura”, y titulada en la página 4: Ruiz Zafón contra la “alta cultura”. Es de preguntarse por qué un escritor, por pésimo que sea -y el que nos ocupa es espantoso--, clama contra la alta cultura. Leída la entrevista, pienso que porque le enrabieta haber sido clasificado donde lo ha sido. Es evidente que a él le habría gustado vender millones de libros y además ser considerado un gran escritor. Como ya ha comprendido que eso no va a ocurrir, la emprende contra la cultura, contra las novelas serias, contra todo lo que él no es ni practica, enarbolando “razones” tan analfabetas como ésta:
-“…no existe algo a lo que se pueda denominar ‘buena literatura’, sino que únicamente existe el hecho de escribir bien y de escribir mal”. No cabe mayor simplismo. Sólo en una cabeza absolutamente hueca se puede incubar semejante monstruosidad. ¡Lo que es la falta de ignorancia!, que diría Cantinflas. Pues si, como dicen, La sombra del viento, el engendro firmado por el autor del dicho disparate, se ha convertido en el libro español más vendido después del Quijote, no nos queda otra opción que hacer rogativas.
En un nuevo alarde de no saber de qué estaba hablando, contraponía la “literatura” que él practica a ¡la erudición! Añadiendo que “haber establecido una diferencia entre la erudición o alto nivel intelectual y la cultura de nivel popular es el mayor fraude cultural del siglo XX”. Ya dijera lo que dice, ya dijera lo que parece que dice, ya dijera lo que no quería decir, ya dijera lo contrario, expelió una chorrada memorable, sólo explicable desde una carencia total de fundamentos culturales.
Luego parece que se habla a sí mismo, aunque sin entenderse: “yo, por mi parte, no estoy en absoluto interesado en tener a mi lado una especie de pensamiento policial, totalmente esnob, que me vaya diciendo, a cada momento, lo que es bueno o lo que es malo”. Según el entrevistador, Ben Hoyle, Zafón lo que hacía, o quería hacer, en esa entrevista, era defenderse del ataque indirecto de Jonathan Mills, director del Festival de Edimburgo, quien había dicho que estaba seriamente preocupado sobre lo que podía ocurrir “si, como sociedad, lo único que sabemos hacer es entretenernos, en lugar de satisfacer cumplidamente nuestras necesidades espirituales, intelectuales y emocionales.”
Su pobreza de ideas, el ridículo concepto que tiene el vendedor de libros de la literatura en general y de la novela es particular, se refleja en estas palabras: “Para mí, el arte estriba exclusivamente en su ejecución y no en sus pretensiones”. ¿Habrá leído Zafón algo sobre estética literaria? ¿Sobre teoría de la literatura? Sin duda, no. En largo párrafo final demuestra que, para él, en literatura, todo se reduce a escribir bien o a escribir mal.
Otra contestación que recibió el ufano superventas le llegó de la novelista británica Rose Tremain, quien afirmó que, en la argumentación de Ruiz Zafón se ignoraba la significativa diferencia existente entre “los libros escritos con el único propósito de entretener y la ficción seria que se encuentra más allá del mero hecho de relatar una historia, aquella que, además, intenta hacer pensar al lector sobre la condición humana”.
Lo he escrito más de una vez: el escritor español, como el crítico literario, como el periodista, como el profesor de literatura, también como el lector, parece como si tuviera alergia a pensar. “Yo no estoy aquí para pensar ni para hacer pensar”, parece decir el “novelista”, sino para contar una historia. Que Ruiz Zafón abomine del intelectualismo no sería especialmente grave si no fuera porque los críticos del sistema lo arropan y sitúan entre los escritores de verdad, portadores de una misión, como quería Nietzsche. Pese a todo, no sería especialmente grave. Que lo haga Juan Marsé, un novelista sobrevalorado por una crítica que sobrevaloró también a Juan García Hortelano y a Miguel Delibes, a Salinas y a Ferres, mientras dejaba fuera de su atención a superescritores de talla europea como Antonio Risco, Juan Ignacio Ferreras, Carlos Rojas, José Luis Acquaroni, Andrés Bosch, José Tomás Cabot, José Vidal Cadellans, Manuel San Martín, Antonio Martínez Menchén, Fernando Gutiérrez, Antonio Prieto, José María Castillo Navarro, José Mª Vaz de Soto, Antonio Zoido, José Luis Castillo Puche y, durante mucho tiempo, a Gonzalo Torrente Ballester y Álvaro Cunqueiro, junto a los que hay que poner a los sí atendidos, aunque no lo suficiente, Juan Goytisolo y Alfonso Grosso, lo es bastante más. Sobrevalorado, decía, y apadrinado por la crítica oficiosa, que durante años ha exigido –hasta conseguirlo-- para él el Premio Cervantes, un premio político, sí, pero de impacto en el público, con el que el Ministerio de Cultura refrenda cada año su vulgaridad y su convencionalismo.
En su discurso de aceptación de dicho premio, dijo Juan Marsé, haciendo dejación de cualquier compromiso ético o estético del novelista con la novela: “Para la famosa pregunta: ¿qué entendemos hoy por novela?, dispongo de mil famosas respuestas, que nunca […] me han servido de gran cosa.”. Apuesto el brazo que no perdí en Lepanto a que no sólo no tiene mil, sino que no tiene ninguna. Bastaría con que tuviese una. Después del paso por la literatura de la gran novela del siglo XX –el siglo más sabio de la historia-- ningún verdadero escritor puede dejar de tener su propia concepción del mundo ni su propia teoría de la novela. El que no las tenga no será un escritor, sino, como ellos mismos se declaran –lo han hecho, respondiendo a entrevistas leídas por mi, Pérez Reverte, Muñoz Molina, Almudena Grandes— profesionales de la escritura. A su propósito, habría que recordar lo que decía Nietzsche: “Tomar por una profesión el estado de escritor hay que tomarlo, cuando menos, por una forma de estulticia”.
El laureado Marsé confiesa no tener ni una concepción del mundo ni una teoría de la novela, y añade: “no me considero un intelectual, solamente un narrador”. Penoso. En el texto con que contribuyó Colin Wilson al Manifest de los angry young men, dijo: “El escritor representa la más elevada conciencia de la época y trata de extender esa conciencia a otras personas”. Julio Cortázar se apuntó a esta postura cuando escribió: “La novela antigua nos enseña que el hombre es: la novela de hoy -1950- se preguntará su por qué y su para qué”. “Los grandes novelistas, resumió Albert Camus, son novelistas filósofos”. Exactamente lo que no quiere ser Juan Marsé, con el aplauso de la crítica que lo ha aupado, para desdicha de la literatura española de principios del milenio.
Viví con intensidad aquella ebullición del género novelístico que se prolongó hasta el 68, cuyo espíritu contribuyó a impulsar en buena medida. Podría aportar cientos de testimonios, que he conservado, de lo que entendían era el papel de la novela los novelistas y los críticos; testimonios que quitarían el sueño a Marsé y sus acompañantes o sucesores: los que más suenan hoy, interesados todos en contar una historia, en entretener y en vender. Voy a aducir solamente unas palabras de Maurice Nadeau en su libro Le roman français depuis la guerre (Gallimard, París, 1963): “Por una evolución natural, la novela ha pasado de la descripción enciclopédica (del mundo o de las pasiones) a la apropiación moral, poética, filosófica o metafísica de este mundo por un individuo privilegiado: el autor […] del que “más que su creación, es su visión personal lo que nos importa, la expresión original y verosímil que, a través de su obra, nos da del universo y de las relaciones que mantiene con él”.
Arrastrados por la corriente de fango de la industria cultural, ya en los años finales del siglo XX, los novelistas vinieron a ser simplemente esos “contadores de cosas” que la crítica bautizó porque sí, ignorando la realidad anterior de, por ejemplo, la llamada “novela metafísica”, como “nueva narrativa” –nueva ¿por qué?--, para colmo sin originalidad, en que se han convertido con el beneplácito de una crítica y una cátedra cuyos ocupantes se preocupan más de salir en los medios y ganar dinero que de la literatura. A esa “nueva narrativa” la adornaron con las virtudes –que nunca tuvo- del cosmopolitismo, frente al realismo anterior, y el democratismo (¡!) producto de las nuevas circunstancias, aparte de llegar más a los lectores. A uno de los críticos más falseadores de la verdad, por incompetencia o por “política”–junto con Rafael Conte, Darío Villanueva, Santos Sanz Villanueva, Ignacio Echevarría, Miguel Ángel Rojo, Ayala Dip, Jordi Gracia, etc.- Miguel García Posada, le produjo un ataque de nervios la afirmación de Mario Vargas Llosa, en una entrevista, de que la crítica española que se inaugura con la transición “no posee el rango intelectual que tuvo la de los cincuenta y los sesenta”. Y no sólo eso, sino también que la de ahora “está al servicio de las grandes editoriales y practica sistemáticamente el amiguismo y el enemiguismo”.
Aquella visión del universo de que hablaba Nadeau a mediados del siglo pasado ya sabe el lector en qué se ha convertido en los libros de Muñoz Molina, Antonio Gala, Almudena Grandes, Maruja Torres, Pérez Reverte, Javier Marías, Juan Manuel de Prada…: en la visión del barrio o de la familia del autor. Compárese el contenido de las citas de autores del siglo XX que he aducido con lo que decía también Marsé sobre su “oficio”, en el discurso que todos los medios de comunicación calificaron de brillante: “Con respecto al trabajo mantengo algunos principios, pocos, que bien podrían resumirse en dos: procura tener una buena historia que contar, y procura contarla bien, es decir, esmerándote en el lenguaje; porque será el buen uso de la lengua (lo que decía Zafón, recordémoslo), no solamente la singularidad, la bondad o la oportunidad del tema, lo que va a preservar la obra del moho del tiempo”. Me rasgo las vestimentas. Y esto lo dijo en presencia de los representantes de la supuesta España culta –del Rey abajo, todos-- y no se quemaron asientos ni se hicieron disparos ni nadie pidió la cabeza de nadie. Es escandaloso que un escritor tenga una idea tan paupérrima del quehacer del novelista:
Los dos, Ruíz Zafón y Juan Marsé, que, como el primero, se declaraba “amante incondicional de la fabulación” en el discurso comentado, reducen la bondad de la novela, un género altamente complejo, al interés de la historia y a la bondad del lenguaje, que por cierto tampoco es lo que ellos ejercitan. Y es el caso que ninguna de las dos, ni la fábula ni el lenguaje, son elementos esenciales, desde el punto de vista de la estética literaria, de la novela. Son los elementos de composición, que antes he enumerado, los que le otorgan su densidad ontológica y estética. Dostoievski, Zola, Flaubert, Leopoldo Alas y muchos otros, en el siglo XIX, ya tenían una idea más seria del “mester de novelista”.
Me he preguntado muchas veces, sin acertar a darme una respuesta, por qué la inmensa mayoría de los críticos literarios y los profesores de literatura españoles –y, con ellos, los lectores--, junto a su alergia al pensar a que ya me he referido, profesan tan grande apego a los escritores costumbristas castizos, como Cela, Umbral, Muñoz Molina, Almudena Grandes, etc. y a los yo llamaría costumbristas provincianos, para que se me entienda: los Miguel Delibes, García Hortelano, Marsé, y también etcétera. Tanto apego al costumbrismo de uno u otro signo como rechazo al intelectualismo, a las ideas. Diríase que renuncian, en favor de un extraño “patriotismo”, al europeismo, al universalismo a que debe aspirar todo artista.
No es de extrañar que, en un panorama como el dibujado, fuese acogido con alborozo un personaje tan vacío intelectualmente y tan descomprometido ética y estéticamente como Arturo Pérez Reverte, quien no se cansa de pregonar sus principales méritos, que consisten en tener muchos lectores y ganar mucho dinero: refrendo, para él, de su categoría literaria. En la onda de Zafón y Marsé, pregona Reverte, en volandas de los críticos, que la novela estaba secuestrada por los Joyce, Faulkner, Hesse, Mann, Virginia Wolf, Camus, Steinbeck, Huxley y demás maestros del siglo XX –los que de verdad renovaron el género en lo ético, lo intelectual y lo estético--, hasta que ha venido él a rescatarla. Una revolución, una auténtica revolución del género, que él ha podido llevar a cabo simplemente imitando torpemente a Dumas, Walter Scott, etc. como ha comprendido muy bien el profesor José Belmonte, que ya ha organizado, jaleado por Marsé, Alfonso Ussía, Jordi Gracia y Darío Villanueva, entre muchos, como los que voy a nombrar, dos congresos a su paisano en la Universidad de Murcia; congresos en los que se ha llegado a la conclusión de que Reverte ha renovado y revolucionado la novela. José Belmonte, junto con José Carlos Mainer y Gregorio Salvador, también catedráticos, y Francisco Rico, profesor de Literatura Medieval en la Universidad Autónoma de Barcelona, son los principales valedores de éste que, con Javier Marías, también del sumo gusto de los mentados, constituye uno de los dos grandes fraudes que han cometido los medios y las editoriales, como han demostrado los críticos del Centro de Documentación de la Novela Española, pues ambos son (sendos son, diría Marías) tan incompetentes como risibles. Ver los Cuadernos de Crítica publicados por el dicho Centro.
Impulsado por sus ansias de universalidad doméstica, Reverte, recordando sus disfrutes de lector juvenil poco exigente, decidió dedicarse a cultivar un tipo de novela como la que hacían los entreguistas del siglo XIX, decisión que contó con las bendiciones de una crítica y una cátedra cansadas, como Zafón y Marsé, de la literatura seria, esa que obliga a pensar, esa que es algo más que entretenimiento. Fue otro profesor universitario, Darío Villanueva, quien con más énfasis saludó, siguiendo los pasos de Belmonte, la llegada redentora del epígono de Fernández y González, Walter Scott, Alejandro Dumas, etc. Y ello después de despotricar contra el más importante movimiento de renovación estética de la novela, el nouveau roman francés o escuela de la mirada, que ha habido en la historia. Él, José Belmonte y, a su rueda, los demás críticos y profesores antes nombrados, han pregonado que quien no es más que un fabricante de aburridos pastiches es el mejor novelista español actual. ¿Sabrán ellos lo que quiere decir novelista?
En el panorama literario español inaugurado con la llamada Transición y la irrupción de la industria cultural, de inspiración yanqui, se han cometido muchos engaños. (El lector que quiera tener cumplida información sobre ellos puede acudir a mis libros El País: la cultura como negocio (Txalaparta, Tafalla, 2006) y La gran estafa: Alfguara, Planeta y la novela basura, Vosa, Madrid, 2005). Los dos más grandes fraudes, repito, haciendo creer a los lectores, mediante la publicidad indirecta –nombrándolos académicos, por ejemplo; fotografiádolos junto a Saramago; manteniéndolos continuamente en las páginas literarias-- y el marketing, que Javier Marías y Arturo Pérez Reverte son grandes novelistas, cuando no son ni siquiera novelistas. Ambos escriben relatos, nunca novelas. Quedó demostrado en los citados Cuadernos de Crítica del CDNE, que, por ende, mostraron también que eran personajes ridículos, que hacían reír sin quererlo, con sus vaciedades, sus chistes involuntarios y sus torpezas idiomáticas.
Causa asombro que ni un solo crítico literario se haya preguntado por qué Javier Marías ha escrito absolutamente todas sus “novelas” en primera persona. ¡Cuidado! Yo no digo que no se deban escribir narraciones en primera persona, como me ha achacado por ahí alguna imbécil. Las conozco geniales. Yo he escrito tres de ellas. Pero en primera persona se escriben relatos, no novelas, a menos que se tenga el talento del Pérez Galdós de Lo prohibido. En el caso de Javier Marías, está claro que de lo que se trata es de su total incapacidad para levantar ese segundo mundo –vida posible fingida, decía Andrés Bosch- en que consiste una novela. Si a esto añadimos que no sabe hacer diálogos, que no crea personajes, que no dibuja ambientes, nos encontramos con la clase de gran novelista que es.
En el caso de Pérez Reverte, no les bastó con “nombrarlo” gran novelista. Para esta partida de agentes de publicidad, el Conde de Montecristo, como le llaman en algunas webs juveniles, es un clásico (sic). Fue José Belmonte el primero que lo afirmó, después de equipararlo con Cervantes (El País, 24 de enero de 2003), sin duda porque un clásico es para él quien sitúa la acción de sus relatos en el siglo XVII y trata de imitar el lenguaje de entonces… Con poco éxito, por cierto, porque en el CDNE le han pescado docenas de anacronismos. En cualquier caso ¿cómo va a ser clásico un epígono fabricante de pastiches? Años después, Francisco Rico, que fue quien contestó, con un discurso delictivo, al de ingreso de Marías en la Academia (V. Cuadernos), ha centuplicado el disparate en un artículo, Alatriste: el clásico, los clásicos (Babelia/El País, 23 – 05 – 09), que a ráfagas parece, como el discurso, una tomadura de pelo al beneficiado. Como no tiene por qué serlo, pues es buen amigo de ambos, puede decirse que se trata del artículo más irresponsable y menos razonado de los tiempos modernos. Rico, cervantista, académico, catedrático, hombre de mundo, comunica siempre la impresión de que se cree que sabe más de lo que sabe. Y de que se autoadmira como ocurrente. A veces, hasta se deja caer con unos sonetos espantosos y pseuingeniosos, como diciendo: “ahí va eso, de propina”. Ignoro si se trata de un juego intelectual o si de verdad cree lo que dice. El caso es que se nota que disfruta haciendo juegos de manos, intentando sacar jugo de donde no hay nada, como es la tontería que Javier Marías explayó en su discurso, como es el clasicismo de Reverte.
Tanto en el discurso de contestación al que he aludido, como en el artículo sobre el “clasicismo” revertiano, se empeña, sin resultado, en justificar lo injustificable. Un comentario al discurso lo puede encontrar el lector interesado en el Cuaderno de crítica nº 18. Del tan sofisticado como inútil artículo paso a ocuparme ahora.
“Pérez Reverte es un clásico”, pero él, don Francisco, además de afirmarlo, va a decir por qué, pues “lo es por más de una razón”. Digo yo: si hace esta afirmación un especialista en el Quijote, ¿qué va a decir el pobre y analfabeto lector español? Así es como empieza a hacer daño la venalidad y falta de honradez intelectual de esta gente.
La primera razón es que ha creado un personaje que, como ya afirmó José Belmonte, es a su autor lo que don Quijote es a Cervantes (sic).
¿Desde cuándo es Alatriste un personaje? En todas las novelas de Reverte hay nombres que aluden a personas, pero no a personajes. Alatriste no está caracterizado en ninguna de las “novelas” de Pérez; no es más que un portavoz del autor que pasea y comenta mucho más que combate, y que sirve a éste para expeler su patriotismo testicular e infantiloide. Y que se pasa todo el tiempo mirando de soslayo, adelantando el mentón, frunciendo el entrecejo, arrugando la frente, atusándose el mostacho y haciendo todas las demás muecas que se suelen encontrar en las clásicas novelas de quiosco. Carece de vida propia. Es, como he dicho, un portavoz del autor omnipresente.
Dice el inagotable Rico que también es clásico “por la formidable medida en que el relato de sus aventuras (¿qué aventuras, mon dieu?) se hace eco de los clásicos españoles por excelencia. La literatura del Siglo de Oro, en efecto, sigue diciendo, está presente por todas partes y en todas las formas: aludida, aducida, presentada en acción, incorporada a la fábula, como trasfondo tácito…”. Pueees… Ya decía yo que Rico no sabe tanto como cree. Del género novelístico se nota que sabe poco. Eso que aduce no es una virtud. Eso es un gravísimo defecto. Eso es antinovelístico. Que un autor de supuestas novelas lleve consigo, como dice Rico con entusiasmo, “todo el Rivadeneyra” es lo contrario a lo que debe hacer un escritor de novelas, que lo que tiene que hacer es asimilar y convertir funcionalmente lo que tiene en la cabeza, decantarlo, para fingir la vida, no para hacer alarde de sus conocimientos. Para mí, es evidente que Pérez se atiborra de documentación sobre la época y sobre las galeras, los vestidos, la comida, la geografía y la historia de los lugares, etc. y no quiere desperdiciar ni una coma. Y recarga de tecnicismos marineros, de citas en verso, de alusiones a sucesos históricos, de descripciones geográficas etc., su relato, hasta lograr, sin darse cuenta, una sucesión de estampas de cartón piedra, un documental. No hay ninguna vida (ninguna idea) en los libros de este hombre, que se debe de creer un cruzado cuando escribe. Es ridículamente infantil la forma en que amontona palabras alusivas a los vientos, las partes de la galera, el mar, los vestidos, las comidas… Palabras que no conocerán ni los estudiantes actuales de la Escuela Naval, y que el lector normal igualmente desconoce, por lo que no se entera de nada.
¿Qué dirán Rico y la compaña ante novelas como Los idus de marzo, Memorias de Adriano, Dios ha nacido en el exilio, La muerte de Virgilio, María de Magdala, Yo Claudio, Jesucristo y el juego del amor, Juliano, Todos los hombres son mortales, Perseguid a Boecio, Una mujer para el Apocalipsis, Heliópolis, Un amor infinito, Auto de fe, Antes muerto que mudado…Además de clásico, Rico encuentra a Reverte apasionante. Yo acabo de leer, no sin fatiga, Corsarios de Levante. Aparte una batalla naval que, de puro atiborrada de documentación, resulta pesadísima y nada viva, lo demás son paseos por Nápoles, visitas a amigos, paradas en varias tascas, conversaciones sobre nada, descripciones del barco. No hay argumento. No hay trama. No hay aventura.
Me parece grandemente revelador que un profesor universitario ignore lo que es –debe ser- el lenguaje novelístico y qué dota de clasicidad una obra. Debió de tratarse de un encargo de la editorial, bien pagado, para ayudar a vender ejemplares a Alatriste, porque, si no, no se explica que un profesor universitario ponga en juego su prestigio derramando tantas sandeces e infamias sobre un producto que no merece que se diga de él lo que afirma.
Tras leerlo, cabe preguntarse: ¿sabe el profesor Rico lo que es una novela? A mí no me cabe la menor duda de que sabe muchas cosas –cómo se llamaba el hermano gemelo de Cervantes, qué año se publicó la enésima edición del Quijote, qué comía los viernes el abuelo de Pérez, etc.-, pero ¿sabe lo que es una novela? ¿Sabe distinguirla de un relato? ¿Sabe lo que es un personaje y, por lo tanto, que Alatriste no lo es? ¿Sabe lo que es un mundo novelístico? Porque es el caso que en los relatos, que no novelas, de Pérez no hay un mundo novelístico ni, en su sucedáneo, por tanto, “viven” personajes de ficción. Pérez no es novelista, señor Rico. De hecho, con su intento de redactar unos textos con realismo verista, documentalista, de información mostrenca, ni siquiera es escritor, en el sentido de lo que se entiende que es un escritor, desde el punto de vista de la estética literaria.
Pérez basa sus relatos no en la creación de un mundo inventado, sino en la trascripción casi literal de cuanto ha leído en libros sobre una época y un oficio. Y no crea una peripecia –mucho menos, un argumento y, menos aún, una trama- sino que prácticamente transcribe escenas paradigmáticas de, como casi he dicho ya, las personas, el lugar, la época y el ambiente elegido.
Es seguro que los forofos de Pérez, con José Belmonte, Darío Villanueva, García Posada, Pozuelo Yvansos, Gregorio Salvador, Jordi Gracia y Francisco Rico a la cabeza, pese a ser profesores universitarios de literatura, creen que un personaje novelístico es simplemente un nombre a cuyo detentador se le achacan determinadas acciones, sin que las viva, y, como consecuencia de ello, se representen ante el lector y éste las “vea”, no simplemente las “oiga”. Por otra parte, todos los supuestos “personajes” son Pérez. Nada los diferencia, porque piensan igual que Pérez, hablan igual que Pérez, actúan como Pérez actuaría, exhiben la misma chulería, idéntica pedantería e igual patriotismo testicular.
El autoproclamado cervantista pronunció el 12 de junio de 1998, en una entrevista con un redactor de El País, una de las frases más desgraciadas que jamás ha pronunciado un ser humano: “Lo mejor de la novela de hoy [en España] es que combina calidad literaria con éxito de ventas”. Dejando de lado la imposibilidad de que se combinen dos magnitudes tan heterogéneas, que contemplan el objeto desde puntos de vista irreconciliables, y teniendo en cuenta sólo lo que es evidente que quiso decir el sujeto halagador de editores y pseudoescritores, la verdad es que en aquel entonces, como ahora, para cualquier amante de la literatura, es exactamente lo contrario. Y ya entonces lo admitía todo el mundo, menos él, aunque hablando en términos generales, sin personalizar, sin duda por causa de los intereses económicos.
Para lo que estoy diciendo aquí, todavía me resulta más útil otra desdichada afirmación del mismo, porque demuestra que, como sospechaba, Rico no sabe qué es lo que define una novela. En El País –otra vez, sí; Rico pertenece a la cofradía del matinal global y dependiente- del 5 de julio de 2003, dijo y se quedó tan ignorante: “El estilo de la novela ha de ser transparente como un vaso de agua”. Un vaso de cristal, es de suponer; porque, si se trata de uno de loza o de cerámica, se va al traste la transparencia.
Pero, aunque Rico no sea muy claro escribiendo, también en este caso suponemos lo que quiso decir. Y lo que quiso decir demuestra que ignora lo que es, lo que debe ser, la prosa de una novela. Cualquier prosa tiene que ser inteligible, pero, en el caso de la novela, la prosa –no el estilo, como Rico dice con imprecisión propia de un académico- lo que tiene que ser, por encima de todo, es funcional. La misión del lenguaje novelístico es levantar una realidad delante del lector con el mayor bulto, consistencia y expresividad. Todo lo demás son florituras líricas o épicas, o documentales. Dicho de otra manera: el lenguaje del novelista tiene que presentizar, delante del lector, ese segundo mundo en que consiste la novela.
Al llamar clásico a su amigo, me parece que dice lo que no quería decir. O quizá ocurra que, tire por donde tire, le acontece decir lo que es la verdad. Esto es, que lo que hace Pérez, en el mejor de los casos, no es más que un pastiche de los clásicos.
Con el análisis de estos tres, o quizá cuatro, ejemplos, pienso que he hecho ver claramente cómo se encuentra la novela española en su relación con los compromisos éticos y estéticos que debe mantener el novelista. A los mencionados, podríamos añadir los nombres de Almudena Grandes, Rosa Montero, Maruja Torres, Elvira Lindo, Rosa Regás, Espido Freire, Lucía Etcheverría, Muñoz Molina, Antonio Gala, Juan Manuel de Prada, Juan José Millás y otros reconocidos y amparados por el sistema. Que sean pésimos escritores y sean tan falsamente valorados, casi es lo de menos. Lo peor es que han quebrado la trayectoria ascendente que seguía un género que ellos, con ayuda de los mencionados críticos y profesores, han devuelto a las cavernas.
Manuel García Viñó
Ver también: Javier Marías, ¿buen escritor?
La fiera literaria. Cuadernos de crítica.
Es un artículo extenso pero muy recomendable para conocer qué es en verdad una novela y en qué estado se encuentra la novela española según su autor, así como conocer nuestro verdadero compromiso como escritores y novelistas. No deja títere con cabeza y comparto en parte su criterio. Mi formación literaria, aún cuando contempla clásicos españoles, no se ve acompañada por muchos de los autores contemporáneos que cita el señor García como Zafón, Reverte, Marías, Grandes etc, puesto que no me aportan el alimento que suelo buscar en los textos (ni siquiera distracción). Sé que Viñó tiene tantos detractores como seguidores (muchos lo denostan como escritor, pero lo ensalzan como crítico), y que algunos no estaréis de acuerdo con sus palabras porque sí disfrutáis con las novelas de esos autores, pero la sección de comentarios está abierta y lista para el debate.
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Malvenidos al renamuriento
La novela española se ha desintelectualizado. ¿Quién la intelectualizará? Los escritores del sistema, los que escriben, o procuran escribir, bestesellers, desde luego, no. Los profesores universitarios y los críticos literarios, menos.
Hace poco, me invitaron a dar una charla sobre “la novela y las novelas” en uno de esos llamados “talleres de literatura”. Antes de iniciar la que ellos llamaban, en las papeletas de convocatoria, “lección magistral”, quise saber algo sobre la preparación de aquellos jóvenes de uno y otro sexo aspirantes a escritores. Y entonces fue la abominación de la desolación, que diría el profeta. Salvo dos chicas, ¡ni uno solo había leído el Quijote! ¡Todos! ignoraban qué era la novela picaresca. De la gran novela del XIX hablaban de oídas, menos una de las dos chicas, que había leído Rojo y negro, traducida, “y había iniciado La Regenta, “que había terminado de conocer por la serie de televisión”. Tampoco sabían nada de los colosos del XX, salvo –la misma chica- una obra de Hemingway, “de cuyo título no me acuerdo”. Sólo –todos- hablaban con soltura de lo reciente, que por lo visto no tiene para ellos antecedentes: los grandes bestsellers mundiales del tipo El código da Vinci, y los productos de la cuadra de Prisa-Alfaguara y compañía, como Anagrama, Tusquets y Espasa. Y Planeta, claro. De Grecia y Roma, nada. De Oriente, nada. De los clásicos, nada. Absolutamente nada también de la poesía de cualquier época. Pero todos tenían en la cabeza una novela sobre la otra mano de Fátima, el Santo Grial, el hijo de Nostradamus, Los piratas del Mar Negro, En busca del Arco Iris… No sabían quienes eran Dante ni Petrarca, pero sí Almudena Grandes y Javier Marías, “que salen mogollón en El País”. “Y Pérez Reverte, “que lo han nombrado académico y por algo será”. “Yo me estoy preparando para escribir sobre el Gran Capitán, anunció uno, como una especie de Alatriste”. La abominación de la desolación. La gran catástrofe, que diría Alexis Zorba.
Nadie sabía allí lo que era la literariedad. Ni distinguía una novela de un relato. Ni se había asomado a la Historia Universal, ni a la Filosofía ni a la Física Teórica. ¿Tengo que añadir que tampoco a la Gramática ni a la Lógica? Composición, forma de presentación de la realidad, elipsis, elusiones, alusiones, literariedad, perspectivismo, contraste, tiempo y tempo, monólogo interior, extrañamiento… eran conceptos que nada les decían. Claro que tampoco dicen nada a Muñoz Molina, Pérez Reverte, Almudena Grandes, Marsé, Ruíz Zafón…
Ha habido momentos en la historia –y en la prehistoria-- en que la humanidad ha traspasado lo que Gehelen llamó –y Hans Sedlmayr aplicó a la historia del arte- “un nivel absoluto de cultura”. Este filósofo de la historia, profesor en las universidades de Viena, Munich y Salzburgo, nos ponía varios ejemplos muy claros, de los cuales sólo recuerdo uno: el del paso del paleolítico de los cazadores al neolítico de los agricultores. Por si acaso no entendí bien el concepto, o no lo abarqué en toda su amplitud, simplemente me atrevo a preguntar si no se traspasó un nivel de cultura –aunque no fuera absoluto-, con el fin del Antiguo Régimen y el advenimiento de la Modernidad.
En el siglo XX, y coincidiendo con el cambio de paradigma que habían propiciado la Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica, aboliendo la visión del universo de Isaac Newton y otorgando una nueva configuración a los absolutos clásicos -espacio, tiempo, movimiento-, las artes, y muy especialmente la novela y la pintura, experimentaron cambios sustanciales que, en el caso de la primera, le posibilitaron el acceso a la categoría de obra de arte literario, que no había tenido hasta entonces, como con rotundidad había señalado Paul Valéry. “La novela no forma parte del arte literario por su prosaísmo antiartístico”, decía el autor de El cementerio marino. Antes, los neoclásicos se habían negado a alinearla junto a los géneros literarios más nobles, como la epopeya y la tragedia.
Nuestros periodistas, críticos literarios y profesores de literatura se mueven en un caos muy parecido al de los “estudiantes” del Taller. Ellos sí conocen y sí han leído lo que los “meritorios” ignoran. Pero no saben dónde colocarlo sin autoexcluirse de la monarquía de las letras. Ni saben hacia dónde mirar para mantener sus respectivos estatus sin enfadarse con nadie o, mejor dicho, sin que nadie se enfade con ellos. Y como lo que manda desde hace tiempo en el campo que anteriormente ocupaba la cultura es la industria del libro, a ella se someten. Saben que si quieren continuar “vigentes”, económica y mediáticamente hablando, tienen que aceptar las normas del Sistema. Se habla de industria cultural, pero lo que manda, lo que define, es solamente la industria. ¿Se ha traspasado algún umbral significativo con el derrumbe del arte y la literatura serios y la sustitución del espíritu y la mente por el reconocimiento mediático y la ganancia? En cualquier caso, el resultado es la desaparición de los intelectuales y los artistas, eclipsados por los diletantes y los mercaderes.
¿Dónde están los escritores comprometidos como aquéllos de los años medios del siglo XX? Ahora no los hay. Ni los más interesados quieren que los haya. Es decir, ni los que podrían serlo quieren serlo. A Muñoz Molina, uno de los escritores más incompetentes, pero más valorados, de la actualidad, le he leído decir, citando a un escritor sudamericano que no recuerdo, que “quien quiera lanzar un mensaje ponga un telegrama". Añadiendo que los tiempos han cambiado respecto a la pasada centuria y que ahora no hay temas con los que comprometerse. Seguramente lleva razón. Porque las guerras agresivas del Imperio, el holocausto palestino por Israel, el ecologismo, el feminismo, la droga, la situación infrahumana de los africanos, no son evidentemente temas para preocuparse ni comprometerse. Cuando haya otra guerra en Vietnam y se convierta en moda criticarla, ya será cosa de pensárselo. Les pasa igual con la forma de estado: serán monárquicos hasta que les convenga ser republicanos.
Hace unos días, respecto a aquél en que redacto este artículo, se publicó en el diario El Mundo (18 de agosto de 2009) una entrevista al fabricante de bestsellers Carlos Ruiz Zafón, anunciada en la primera página del suplemento con el reclamo: Ruiz Zafón arremete en Edimburgo contra “los policías de la alta cultura”, y titulada en la página 4: Ruiz Zafón contra la “alta cultura”. Es de preguntarse por qué un escritor, por pésimo que sea -y el que nos ocupa es espantoso--, clama contra la alta cultura. Leída la entrevista, pienso que porque le enrabieta haber sido clasificado donde lo ha sido. Es evidente que a él le habría gustado vender millones de libros y además ser considerado un gran escritor. Como ya ha comprendido que eso no va a ocurrir, la emprende contra la cultura, contra las novelas serias, contra todo lo que él no es ni practica, enarbolando “razones” tan analfabetas como ésta:
-“…no existe algo a lo que se pueda denominar ‘buena literatura’, sino que únicamente existe el hecho de escribir bien y de escribir mal”. No cabe mayor simplismo. Sólo en una cabeza absolutamente hueca se puede incubar semejante monstruosidad. ¡Lo que es la falta de ignorancia!, que diría Cantinflas. Pues si, como dicen, La sombra del viento, el engendro firmado por el autor del dicho disparate, se ha convertido en el libro español más vendido después del Quijote, no nos queda otra opción que hacer rogativas.
En un nuevo alarde de no saber de qué estaba hablando, contraponía la “literatura” que él practica a ¡la erudición! Añadiendo que “haber establecido una diferencia entre la erudición o alto nivel intelectual y la cultura de nivel popular es el mayor fraude cultural del siglo XX”. Ya dijera lo que dice, ya dijera lo que parece que dice, ya dijera lo que no quería decir, ya dijera lo contrario, expelió una chorrada memorable, sólo explicable desde una carencia total de fundamentos culturales.
Luego parece que se habla a sí mismo, aunque sin entenderse: “yo, por mi parte, no estoy en absoluto interesado en tener a mi lado una especie de pensamiento policial, totalmente esnob, que me vaya diciendo, a cada momento, lo que es bueno o lo que es malo”. Según el entrevistador, Ben Hoyle, Zafón lo que hacía, o quería hacer, en esa entrevista, era defenderse del ataque indirecto de Jonathan Mills, director del Festival de Edimburgo, quien había dicho que estaba seriamente preocupado sobre lo que podía ocurrir “si, como sociedad, lo único que sabemos hacer es entretenernos, en lugar de satisfacer cumplidamente nuestras necesidades espirituales, intelectuales y emocionales.”
Su pobreza de ideas, el ridículo concepto que tiene el vendedor de libros de la literatura en general y de la novela es particular, se refleja en estas palabras: “Para mí, el arte estriba exclusivamente en su ejecución y no en sus pretensiones”. ¿Habrá leído Zafón algo sobre estética literaria? ¿Sobre teoría de la literatura? Sin duda, no. En largo párrafo final demuestra que, para él, en literatura, todo se reduce a escribir bien o a escribir mal.
Otra contestación que recibió el ufano superventas le llegó de la novelista británica Rose Tremain, quien afirmó que, en la argumentación de Ruiz Zafón se ignoraba la significativa diferencia existente entre “los libros escritos con el único propósito de entretener y la ficción seria que se encuentra más allá del mero hecho de relatar una historia, aquella que, además, intenta hacer pensar al lector sobre la condición humana”.
Lo he escrito más de una vez: el escritor español, como el crítico literario, como el periodista, como el profesor de literatura, también como el lector, parece como si tuviera alergia a pensar. “Yo no estoy aquí para pensar ni para hacer pensar”, parece decir el “novelista”, sino para contar una historia. Que Ruiz Zafón abomine del intelectualismo no sería especialmente grave si no fuera porque los críticos del sistema lo arropan y sitúan entre los escritores de verdad, portadores de una misión, como quería Nietzsche. Pese a todo, no sería especialmente grave. Que lo haga Juan Marsé, un novelista sobrevalorado por una crítica que sobrevaloró también a Juan García Hortelano y a Miguel Delibes, a Salinas y a Ferres, mientras dejaba fuera de su atención a superescritores de talla europea como Antonio Risco, Juan Ignacio Ferreras, Carlos Rojas, José Luis Acquaroni, Andrés Bosch, José Tomás Cabot, José Vidal Cadellans, Manuel San Martín, Antonio Martínez Menchén, Fernando Gutiérrez, Antonio Prieto, José María Castillo Navarro, José Mª Vaz de Soto, Antonio Zoido, José Luis Castillo Puche y, durante mucho tiempo, a Gonzalo Torrente Ballester y Álvaro Cunqueiro, junto a los que hay que poner a los sí atendidos, aunque no lo suficiente, Juan Goytisolo y Alfonso Grosso, lo es bastante más. Sobrevalorado, decía, y apadrinado por la crítica oficiosa, que durante años ha exigido –hasta conseguirlo-- para él el Premio Cervantes, un premio político, sí, pero de impacto en el público, con el que el Ministerio de Cultura refrenda cada año su vulgaridad y su convencionalismo.
En su discurso de aceptación de dicho premio, dijo Juan Marsé, haciendo dejación de cualquier compromiso ético o estético del novelista con la novela: “Para la famosa pregunta: ¿qué entendemos hoy por novela?, dispongo de mil famosas respuestas, que nunca […] me han servido de gran cosa.”. Apuesto el brazo que no perdí en Lepanto a que no sólo no tiene mil, sino que no tiene ninguna. Bastaría con que tuviese una. Después del paso por la literatura de la gran novela del siglo XX –el siglo más sabio de la historia-- ningún verdadero escritor puede dejar de tener su propia concepción del mundo ni su propia teoría de la novela. El que no las tenga no será un escritor, sino, como ellos mismos se declaran –lo han hecho, respondiendo a entrevistas leídas por mi, Pérez Reverte, Muñoz Molina, Almudena Grandes— profesionales de la escritura. A su propósito, habría que recordar lo que decía Nietzsche: “Tomar por una profesión el estado de escritor hay que tomarlo, cuando menos, por una forma de estulticia”.
El laureado Marsé confiesa no tener ni una concepción del mundo ni una teoría de la novela, y añade: “no me considero un intelectual, solamente un narrador”. Penoso. En el texto con que contribuyó Colin Wilson al Manifest de los angry young men, dijo: “El escritor representa la más elevada conciencia de la época y trata de extender esa conciencia a otras personas”. Julio Cortázar se apuntó a esta postura cuando escribió: “La novela antigua nos enseña que el hombre es: la novela de hoy -1950- se preguntará su por qué y su para qué”. “Los grandes novelistas, resumió Albert Camus, son novelistas filósofos”. Exactamente lo que no quiere ser Juan Marsé, con el aplauso de la crítica que lo ha aupado, para desdicha de la literatura española de principios del milenio.
Viví con intensidad aquella ebullición del género novelístico que se prolongó hasta el 68, cuyo espíritu contribuyó a impulsar en buena medida. Podría aportar cientos de testimonios, que he conservado, de lo que entendían era el papel de la novela los novelistas y los críticos; testimonios que quitarían el sueño a Marsé y sus acompañantes o sucesores: los que más suenan hoy, interesados todos en contar una historia, en entretener y en vender. Voy a aducir solamente unas palabras de Maurice Nadeau en su libro Le roman français depuis la guerre (Gallimard, París, 1963): “Por una evolución natural, la novela ha pasado de la descripción enciclopédica (del mundo o de las pasiones) a la apropiación moral, poética, filosófica o metafísica de este mundo por un individuo privilegiado: el autor […] del que “más que su creación, es su visión personal lo que nos importa, la expresión original y verosímil que, a través de su obra, nos da del universo y de las relaciones que mantiene con él”.
Arrastrados por la corriente de fango de la industria cultural, ya en los años finales del siglo XX, los novelistas vinieron a ser simplemente esos “contadores de cosas” que la crítica bautizó porque sí, ignorando la realidad anterior de, por ejemplo, la llamada “novela metafísica”, como “nueva narrativa” –nueva ¿por qué?--, para colmo sin originalidad, en que se han convertido con el beneplácito de una crítica y una cátedra cuyos ocupantes se preocupan más de salir en los medios y ganar dinero que de la literatura. A esa “nueva narrativa” la adornaron con las virtudes –que nunca tuvo- del cosmopolitismo, frente al realismo anterior, y el democratismo (¡!) producto de las nuevas circunstancias, aparte de llegar más a los lectores. A uno de los críticos más falseadores de la verdad, por incompetencia o por “política”–junto con Rafael Conte, Darío Villanueva, Santos Sanz Villanueva, Ignacio Echevarría, Miguel Ángel Rojo, Ayala Dip, Jordi Gracia, etc.- Miguel García Posada, le produjo un ataque de nervios la afirmación de Mario Vargas Llosa, en una entrevista, de que la crítica española que se inaugura con la transición “no posee el rango intelectual que tuvo la de los cincuenta y los sesenta”. Y no sólo eso, sino también que la de ahora “está al servicio de las grandes editoriales y practica sistemáticamente el amiguismo y el enemiguismo”.
Aquella visión del universo de que hablaba Nadeau a mediados del siglo pasado ya sabe el lector en qué se ha convertido en los libros de Muñoz Molina, Antonio Gala, Almudena Grandes, Maruja Torres, Pérez Reverte, Javier Marías, Juan Manuel de Prada…: en la visión del barrio o de la familia del autor. Compárese el contenido de las citas de autores del siglo XX que he aducido con lo que decía también Marsé sobre su “oficio”, en el discurso que todos los medios de comunicación calificaron de brillante: “Con respecto al trabajo mantengo algunos principios, pocos, que bien podrían resumirse en dos: procura tener una buena historia que contar, y procura contarla bien, es decir, esmerándote en el lenguaje; porque será el buen uso de la lengua (lo que decía Zafón, recordémoslo), no solamente la singularidad, la bondad o la oportunidad del tema, lo que va a preservar la obra del moho del tiempo”. Me rasgo las vestimentas. Y esto lo dijo en presencia de los representantes de la supuesta España culta –del Rey abajo, todos-- y no se quemaron asientos ni se hicieron disparos ni nadie pidió la cabeza de nadie. Es escandaloso que un escritor tenga una idea tan paupérrima del quehacer del novelista:
Los dos, Ruíz Zafón y Juan Marsé, que, como el primero, se declaraba “amante incondicional de la fabulación” en el discurso comentado, reducen la bondad de la novela, un género altamente complejo, al interés de la historia y a la bondad del lenguaje, que por cierto tampoco es lo que ellos ejercitan. Y es el caso que ninguna de las dos, ni la fábula ni el lenguaje, son elementos esenciales, desde el punto de vista de la estética literaria, de la novela. Son los elementos de composición, que antes he enumerado, los que le otorgan su densidad ontológica y estética. Dostoievski, Zola, Flaubert, Leopoldo Alas y muchos otros, en el siglo XIX, ya tenían una idea más seria del “mester de novelista”.
Me he preguntado muchas veces, sin acertar a darme una respuesta, por qué la inmensa mayoría de los críticos literarios y los profesores de literatura españoles –y, con ellos, los lectores--, junto a su alergia al pensar a que ya me he referido, profesan tan grande apego a los escritores costumbristas castizos, como Cela, Umbral, Muñoz Molina, Almudena Grandes, etc. y a los yo llamaría costumbristas provincianos, para que se me entienda: los Miguel Delibes, García Hortelano, Marsé, y también etcétera. Tanto apego al costumbrismo de uno u otro signo como rechazo al intelectualismo, a las ideas. Diríase que renuncian, en favor de un extraño “patriotismo”, al europeismo, al universalismo a que debe aspirar todo artista.
No es de extrañar que, en un panorama como el dibujado, fuese acogido con alborozo un personaje tan vacío intelectualmente y tan descomprometido ética y estéticamente como Arturo Pérez Reverte, quien no se cansa de pregonar sus principales méritos, que consisten en tener muchos lectores y ganar mucho dinero: refrendo, para él, de su categoría literaria. En la onda de Zafón y Marsé, pregona Reverte, en volandas de los críticos, que la novela estaba secuestrada por los Joyce, Faulkner, Hesse, Mann, Virginia Wolf, Camus, Steinbeck, Huxley y demás maestros del siglo XX –los que de verdad renovaron el género en lo ético, lo intelectual y lo estético--, hasta que ha venido él a rescatarla. Una revolución, una auténtica revolución del género, que él ha podido llevar a cabo simplemente imitando torpemente a Dumas, Walter Scott, etc. como ha comprendido muy bien el profesor José Belmonte, que ya ha organizado, jaleado por Marsé, Alfonso Ussía, Jordi Gracia y Darío Villanueva, entre muchos, como los que voy a nombrar, dos congresos a su paisano en la Universidad de Murcia; congresos en los que se ha llegado a la conclusión de que Reverte ha renovado y revolucionado la novela. José Belmonte, junto con José Carlos Mainer y Gregorio Salvador, también catedráticos, y Francisco Rico, profesor de Literatura Medieval en la Universidad Autónoma de Barcelona, son los principales valedores de éste que, con Javier Marías, también del sumo gusto de los mentados, constituye uno de los dos grandes fraudes que han cometido los medios y las editoriales, como han demostrado los críticos del Centro de Documentación de la Novela Española, pues ambos son (sendos son, diría Marías) tan incompetentes como risibles. Ver los Cuadernos de Crítica publicados por el dicho Centro.
Impulsado por sus ansias de universalidad doméstica, Reverte, recordando sus disfrutes de lector juvenil poco exigente, decidió dedicarse a cultivar un tipo de novela como la que hacían los entreguistas del siglo XIX, decisión que contó con las bendiciones de una crítica y una cátedra cansadas, como Zafón y Marsé, de la literatura seria, esa que obliga a pensar, esa que es algo más que entretenimiento. Fue otro profesor universitario, Darío Villanueva, quien con más énfasis saludó, siguiendo los pasos de Belmonte, la llegada redentora del epígono de Fernández y González, Walter Scott, Alejandro Dumas, etc. Y ello después de despotricar contra el más importante movimiento de renovación estética de la novela, el nouveau roman francés o escuela de la mirada, que ha habido en la historia. Él, José Belmonte y, a su rueda, los demás críticos y profesores antes nombrados, han pregonado que quien no es más que un fabricante de aburridos pastiches es el mejor novelista español actual. ¿Sabrán ellos lo que quiere decir novelista?
En el panorama literario español inaugurado con la llamada Transición y la irrupción de la industria cultural, de inspiración yanqui, se han cometido muchos engaños. (El lector que quiera tener cumplida información sobre ellos puede acudir a mis libros El País: la cultura como negocio (Txalaparta, Tafalla, 2006) y La gran estafa: Alfguara, Planeta y la novela basura, Vosa, Madrid, 2005). Los dos más grandes fraudes, repito, haciendo creer a los lectores, mediante la publicidad indirecta –nombrándolos académicos, por ejemplo; fotografiádolos junto a Saramago; manteniéndolos continuamente en las páginas literarias-- y el marketing, que Javier Marías y Arturo Pérez Reverte son grandes novelistas, cuando no son ni siquiera novelistas. Ambos escriben relatos, nunca novelas. Quedó demostrado en los citados Cuadernos de Crítica del CDNE, que, por ende, mostraron también que eran personajes ridículos, que hacían reír sin quererlo, con sus vaciedades, sus chistes involuntarios y sus torpezas idiomáticas.
Causa asombro que ni un solo crítico literario se haya preguntado por qué Javier Marías ha escrito absolutamente todas sus “novelas” en primera persona. ¡Cuidado! Yo no digo que no se deban escribir narraciones en primera persona, como me ha achacado por ahí alguna imbécil. Las conozco geniales. Yo he escrito tres de ellas. Pero en primera persona se escriben relatos, no novelas, a menos que se tenga el talento del Pérez Galdós de Lo prohibido. En el caso de Javier Marías, está claro que de lo que se trata es de su total incapacidad para levantar ese segundo mundo –vida posible fingida, decía Andrés Bosch- en que consiste una novela. Si a esto añadimos que no sabe hacer diálogos, que no crea personajes, que no dibuja ambientes, nos encontramos con la clase de gran novelista que es.
En el caso de Pérez Reverte, no les bastó con “nombrarlo” gran novelista. Para esta partida de agentes de publicidad, el Conde de Montecristo, como le llaman en algunas webs juveniles, es un clásico (sic). Fue José Belmonte el primero que lo afirmó, después de equipararlo con Cervantes (El País, 24 de enero de 2003), sin duda porque un clásico es para él quien sitúa la acción de sus relatos en el siglo XVII y trata de imitar el lenguaje de entonces… Con poco éxito, por cierto, porque en el CDNE le han pescado docenas de anacronismos. En cualquier caso ¿cómo va a ser clásico un epígono fabricante de pastiches? Años después, Francisco Rico, que fue quien contestó, con un discurso delictivo, al de ingreso de Marías en la Academia (V. Cuadernos), ha centuplicado el disparate en un artículo, Alatriste: el clásico, los clásicos (Babelia/El País, 23 – 05 – 09), que a ráfagas parece, como el discurso, una tomadura de pelo al beneficiado. Como no tiene por qué serlo, pues es buen amigo de ambos, puede decirse que se trata del artículo más irresponsable y menos razonado de los tiempos modernos. Rico, cervantista, académico, catedrático, hombre de mundo, comunica siempre la impresión de que se cree que sabe más de lo que sabe. Y de que se autoadmira como ocurrente. A veces, hasta se deja caer con unos sonetos espantosos y pseuingeniosos, como diciendo: “ahí va eso, de propina”. Ignoro si se trata de un juego intelectual o si de verdad cree lo que dice. El caso es que se nota que disfruta haciendo juegos de manos, intentando sacar jugo de donde no hay nada, como es la tontería que Javier Marías explayó en su discurso, como es el clasicismo de Reverte.
Tanto en el discurso de contestación al que he aludido, como en el artículo sobre el “clasicismo” revertiano, se empeña, sin resultado, en justificar lo injustificable. Un comentario al discurso lo puede encontrar el lector interesado en el Cuaderno de crítica nº 18. Del tan sofisticado como inútil artículo paso a ocuparme ahora.
“Pérez Reverte es un clásico”, pero él, don Francisco, además de afirmarlo, va a decir por qué, pues “lo es por más de una razón”. Digo yo: si hace esta afirmación un especialista en el Quijote, ¿qué va a decir el pobre y analfabeto lector español? Así es como empieza a hacer daño la venalidad y falta de honradez intelectual de esta gente.
La primera razón es que ha creado un personaje que, como ya afirmó José Belmonte, es a su autor lo que don Quijote es a Cervantes (sic).
¿Desde cuándo es Alatriste un personaje? En todas las novelas de Reverte hay nombres que aluden a personas, pero no a personajes. Alatriste no está caracterizado en ninguna de las “novelas” de Pérez; no es más que un portavoz del autor que pasea y comenta mucho más que combate, y que sirve a éste para expeler su patriotismo testicular e infantiloide. Y que se pasa todo el tiempo mirando de soslayo, adelantando el mentón, frunciendo el entrecejo, arrugando la frente, atusándose el mostacho y haciendo todas las demás muecas que se suelen encontrar en las clásicas novelas de quiosco. Carece de vida propia. Es, como he dicho, un portavoz del autor omnipresente.
Dice el inagotable Rico que también es clásico “por la formidable medida en que el relato de sus aventuras (¿qué aventuras, mon dieu?) se hace eco de los clásicos españoles por excelencia. La literatura del Siglo de Oro, en efecto, sigue diciendo, está presente por todas partes y en todas las formas: aludida, aducida, presentada en acción, incorporada a la fábula, como trasfondo tácito…”. Pueees… Ya decía yo que Rico no sabe tanto como cree. Del género novelístico se nota que sabe poco. Eso que aduce no es una virtud. Eso es un gravísimo defecto. Eso es antinovelístico. Que un autor de supuestas novelas lleve consigo, como dice Rico con entusiasmo, “todo el Rivadeneyra” es lo contrario a lo que debe hacer un escritor de novelas, que lo que tiene que hacer es asimilar y convertir funcionalmente lo que tiene en la cabeza, decantarlo, para fingir la vida, no para hacer alarde de sus conocimientos. Para mí, es evidente que Pérez se atiborra de documentación sobre la época y sobre las galeras, los vestidos, la comida, la geografía y la historia de los lugares, etc. y no quiere desperdiciar ni una coma. Y recarga de tecnicismos marineros, de citas en verso, de alusiones a sucesos históricos, de descripciones geográficas etc., su relato, hasta lograr, sin darse cuenta, una sucesión de estampas de cartón piedra, un documental. No hay ninguna vida (ninguna idea) en los libros de este hombre, que se debe de creer un cruzado cuando escribe. Es ridículamente infantil la forma en que amontona palabras alusivas a los vientos, las partes de la galera, el mar, los vestidos, las comidas… Palabras que no conocerán ni los estudiantes actuales de la Escuela Naval, y que el lector normal igualmente desconoce, por lo que no se entera de nada.
¿Qué dirán Rico y la compaña ante novelas como Los idus de marzo, Memorias de Adriano, Dios ha nacido en el exilio, La muerte de Virgilio, María de Magdala, Yo Claudio, Jesucristo y el juego del amor, Juliano, Todos los hombres son mortales, Perseguid a Boecio, Una mujer para el Apocalipsis, Heliópolis, Un amor infinito, Auto de fe, Antes muerto que mudado…Además de clásico, Rico encuentra a Reverte apasionante. Yo acabo de leer, no sin fatiga, Corsarios de Levante. Aparte una batalla naval que, de puro atiborrada de documentación, resulta pesadísima y nada viva, lo demás son paseos por Nápoles, visitas a amigos, paradas en varias tascas, conversaciones sobre nada, descripciones del barco. No hay argumento. No hay trama. No hay aventura.
Me parece grandemente revelador que un profesor universitario ignore lo que es –debe ser- el lenguaje novelístico y qué dota de clasicidad una obra. Debió de tratarse de un encargo de la editorial, bien pagado, para ayudar a vender ejemplares a Alatriste, porque, si no, no se explica que un profesor universitario ponga en juego su prestigio derramando tantas sandeces e infamias sobre un producto que no merece que se diga de él lo que afirma.
Tras leerlo, cabe preguntarse: ¿sabe el profesor Rico lo que es una novela? A mí no me cabe la menor duda de que sabe muchas cosas –cómo se llamaba el hermano gemelo de Cervantes, qué año se publicó la enésima edición del Quijote, qué comía los viernes el abuelo de Pérez, etc.-, pero ¿sabe lo que es una novela? ¿Sabe distinguirla de un relato? ¿Sabe lo que es un personaje y, por lo tanto, que Alatriste no lo es? ¿Sabe lo que es un mundo novelístico? Porque es el caso que en los relatos, que no novelas, de Pérez no hay un mundo novelístico ni, en su sucedáneo, por tanto, “viven” personajes de ficción. Pérez no es novelista, señor Rico. De hecho, con su intento de redactar unos textos con realismo verista, documentalista, de información mostrenca, ni siquiera es escritor, en el sentido de lo que se entiende que es un escritor, desde el punto de vista de la estética literaria.
Pérez basa sus relatos no en la creación de un mundo inventado, sino en la trascripción casi literal de cuanto ha leído en libros sobre una época y un oficio. Y no crea una peripecia –mucho menos, un argumento y, menos aún, una trama- sino que prácticamente transcribe escenas paradigmáticas de, como casi he dicho ya, las personas, el lugar, la época y el ambiente elegido.
Es seguro que los forofos de Pérez, con José Belmonte, Darío Villanueva, García Posada, Pozuelo Yvansos, Gregorio Salvador, Jordi Gracia y Francisco Rico a la cabeza, pese a ser profesores universitarios de literatura, creen que un personaje novelístico es simplemente un nombre a cuyo detentador se le achacan determinadas acciones, sin que las viva, y, como consecuencia de ello, se representen ante el lector y éste las “vea”, no simplemente las “oiga”. Por otra parte, todos los supuestos “personajes” son Pérez. Nada los diferencia, porque piensan igual que Pérez, hablan igual que Pérez, actúan como Pérez actuaría, exhiben la misma chulería, idéntica pedantería e igual patriotismo testicular.
El autoproclamado cervantista pronunció el 12 de junio de 1998, en una entrevista con un redactor de El País, una de las frases más desgraciadas que jamás ha pronunciado un ser humano: “Lo mejor de la novela de hoy [en España] es que combina calidad literaria con éxito de ventas”. Dejando de lado la imposibilidad de que se combinen dos magnitudes tan heterogéneas, que contemplan el objeto desde puntos de vista irreconciliables, y teniendo en cuenta sólo lo que es evidente que quiso decir el sujeto halagador de editores y pseudoescritores, la verdad es que en aquel entonces, como ahora, para cualquier amante de la literatura, es exactamente lo contrario. Y ya entonces lo admitía todo el mundo, menos él, aunque hablando en términos generales, sin personalizar, sin duda por causa de los intereses económicos.
Para lo que estoy diciendo aquí, todavía me resulta más útil otra desdichada afirmación del mismo, porque demuestra que, como sospechaba, Rico no sabe qué es lo que define una novela. En El País –otra vez, sí; Rico pertenece a la cofradía del matinal global y dependiente- del 5 de julio de 2003, dijo y se quedó tan ignorante: “El estilo de la novela ha de ser transparente como un vaso de agua”. Un vaso de cristal, es de suponer; porque, si se trata de uno de loza o de cerámica, se va al traste la transparencia.
Pero, aunque Rico no sea muy claro escribiendo, también en este caso suponemos lo que quiso decir. Y lo que quiso decir demuestra que ignora lo que es, lo que debe ser, la prosa de una novela. Cualquier prosa tiene que ser inteligible, pero, en el caso de la novela, la prosa –no el estilo, como Rico dice con imprecisión propia de un académico- lo que tiene que ser, por encima de todo, es funcional. La misión del lenguaje novelístico es levantar una realidad delante del lector con el mayor bulto, consistencia y expresividad. Todo lo demás son florituras líricas o épicas, o documentales. Dicho de otra manera: el lenguaje del novelista tiene que presentizar, delante del lector, ese segundo mundo en que consiste la novela.
Al llamar clásico a su amigo, me parece que dice lo que no quería decir. O quizá ocurra que, tire por donde tire, le acontece decir lo que es la verdad. Esto es, que lo que hace Pérez, en el mejor de los casos, no es más que un pastiche de los clásicos.
Con el análisis de estos tres, o quizá cuatro, ejemplos, pienso que he hecho ver claramente cómo se encuentra la novela española en su relación con los compromisos éticos y estéticos que debe mantener el novelista. A los mencionados, podríamos añadir los nombres de Almudena Grandes, Rosa Montero, Maruja Torres, Elvira Lindo, Rosa Regás, Espido Freire, Lucía Etcheverría, Muñoz Molina, Antonio Gala, Juan Manuel de Prada, Juan José Millás y otros reconocidos y amparados por el sistema. Que sean pésimos escritores y sean tan falsamente valorados, casi es lo de menos. Lo peor es que han quebrado la trayectoria ascendente que seguía un género que ellos, con ayuda de los mencionados críticos y profesores, han devuelto a las cavernas.
Manuel García Viñó
Ver también: Javier Marías, ¿buen escritor?
La fiera literaria. Cuadernos de crítica.
04/02/2010
Notas básicas para participantes en certámenes literarios
Notas básicas para participantes en certámenes literarios
por Victor Miguel Gallardo
Aclaro que voy a hacer referencia en especial a concursos literarios de cuento y relato corto, que son en los que tengo más experiencia como organizador, participante y jurado. Ciertamente, algunas de las cuestiones que mencionaré pueden parecer de perogrullo, pero no obstante no deben de serlo tanto dado que he visto cometer los mismos errores docenas de veces.
Lo principal para participar en un certamen es atenerse a las bases y no hacer caso omiso a ciertas reglas tales como la inclusión de una plica que garantice el anonimato del texto. Además, y aunque parezca mentira, mucha gente se olvida de no hacer figurar su nombre al inicio o final del texto, y eso pese a haber cumplido escrupulosamente con el resto de normas. Puede sonar jocoso, pero os aseguro que utilizar tu propio nombre con pseudónimo o lema (o un nombre demasiado “real”) no es para nada una buena idea, y puede predisponer negativamente al jurado, cuando no directamente ser decisorio para la eliminación de tu relato. Un texto firmado por un tal Carlos Pérez, se llame o no así el autor, llamará la atención y hará sospechar. Aunque en un escritor se presupone un mínimo de imaginación, yo recomendaría firmar con algo más que un nombre y un apellido comunes. Algunos, eso sí, crean grandes pseudónimos o lemas, que llamarán positivamente la atención (aunque no lo creáis, si tenéis ante vosotros cuarenta relatos y has de preseleccionar a cinco, en caso de duda es posible que elijas el del lema chistoso tipo “El chiste del loro no está incluido” o el del pseudónimo siniestro tipo “El niño que mascaba calaveras” antes que uno firmado por “La casa de Bernarda Alba” o “Anthony Rubio”). Otra recomendación: nunca podéis saber a ciencia cierta de qué pie cojea ese jurado o preseleccionador: puede ser católico practicante o ateo recalcitrante, militante político de uno u otro signo, futbolero a mucha honra o instructor de boy scouts, así que no es buena idea ofenderlo con lemas o pseudónimos tales como “Virgen puta”, “Ernesto Guevara consumiéndose en la hoguera” o “Asesino de Boy Scouts”. Lo mismo se puede decir de la temática del cuento: en un concurso de tipo generalista no hay muchas opciones para un relato acerca de monjas satánicas que son sodomizadas por siervos de Lucifer: seguramente si has tenido el estómago para escribir sobre el particular, podrás esperar un poco más hasta encontrar un concurso adecuado para este texto.
Sobre la temática, no hay mucho más que decir: si un concurso es sobre relatos de ciencia ficción, uno sobre unicornios o dragones sobra. Si es sobre fantasía épica, estarán de más los viajes en el tiempo y los rangers espaciales. Si es erótico, es erótico, no romántico (y al revés). Si es infantil o juvenil, mejor no incluir según qué elementos, por muy queridos que te sean (por lo pronto, y aún a riesgo de que se me tache de reaccionario, yo prescindiría de alusiones a sexo y drogas, a no ser que el convocante del premio lo quiera así: no mencionar el equivocado uso de las drogas en un concurso llamado “Di no a las drogas” puede llevar a su vez a equívocos, sobre todo si aparecen unicornios y viajes temporales).
Por último, una recomendación que también parecería de perogrullo: cuando a un jurado o preseleccionador le llegan treinta o cuarenta relatos, cada uno con sus buenas diez, quince o treinta páginas, se le pasan muchas cosas por la cabeza. La primera es un “¿qué hago yo aquí?” que deriva, instantáneamente, en un “hagámoslo lo antes posible”, así que probablemente hará una criba anterior a la criba definitiva, eliminando todos aquellos relatos que, tras el primer párrafo, acumulan una docena de faltas de ortografía, fallos de coordinación o joyas del tipo “La intentó tranquilizar con mucha tranquilidad” (más comunes de lo que uno puede creer), así como los que tienen dibujos en los márgenes, negritas por doquier, textos en varios colores, diálogos entre cinco personas sin acotaciones, etc.
Fuente: http://www.lecturalia.com/blog/2009/09/01/notas-basicas-para-participantes-en-certamenes-literarios/
02/02/2010
Negros literarios y escritores por encargo
Roland Barthes (teórico literario) afirma que no encuentra especial placer en escribir sin más, sino que prefiere escribir por encargo. Dice que por lo menos, al escribir por encargo uno se siente como un artesano de la escritura pero no como un parásito o como una araña que tejiera su tela verbal con una mezcla de sus desechos y los de las presas que devora.
Ser escritor por encargo no es lo mismo que ser "negro literario". Veamos quienes
han trabajado como "negros" literarios:
Paul Auster
Sánchez Piñol
José Luis Coll (de un famoso periodista)
Álejandro Sawa (de Ruben Darío)
Andrés Trapiello
Santiago Rocangliolo
Antoine de Saint-Exupery (El principito fue escrito por encargo dos años antes de morir)
En sus Memorias prohibidas, el escritor Cándido narra cómo trabajó como "negro" literario en 1956 por 25.000 pesetas. Tenía que redactar trescientos folios para veinte biografías bajo el título de Los mártires de la Iglesia y el subtítulo Testigos de su fe que habían muerto asesinados durante la Guerra Civil; el encargo era tan urgente que debía estar concluido en un mes e iría firmado por fray Justo Pérez de Urbel, abad del Monasterio del Valle de los Caídos, que cobró 40.000 duros de entonces (200.000 pesetas); las prisas hicieron que Cándido se inventase muchos de esos heroicos mártires de la fe para ir más rápido; el beneficiario nunca le dio las gracias ni se molestó en verificar la obra.
Dice Cándido:
Las trescientas setenta páginas fueron una mezcla de invención y de plagio. (...) Inventé demencias y profanaciones y sentí piedad por los humildes. (...) Plagié bastante, como digo. Entre otros libros, Checas de Madrid, de Tomás Borrás, del que hurté muchas páginas. (...) Un día me acerqué a él y le dije: "Oiga Borrás, le he copiado treinta o cuarenta páginas de Checas de Madrid, puede llevarme a la cárcel, pedirme cien millones de indemnización o llevar a la cárcel a fray Justo Pérez de Urbel, que es el que firma el libro que yo he escrito.
Cuenta la leyenda que Alejandro Dumas se puso muy triste cuando su "negro" murió debido a la cantidad de trabajos pendientes que tenía que entregar. Pero en el entierro del primer "negro" apareció el "negro del negro" que podía seguir haciéndose cargo de las tareas...con lo que Dumas quedaría satisfecho.
Se rumorea que en nuestro días, César Vidal también está rodeado de negros y de "negros de negros"...
y que Fernando Sánchez Dragó confesó haber solicitado los servicios de uno.
Este post viene a colación de mi próxima incorporación a trabajar como escritora por encargo, que no negra, puesto que el encargo retribuído comporta mi inclusión como autora. Normalmente, los negros ceden sus derechos de autor al encargante (cosa ilegal aunque de práctica habitual), pero no será este mi caso. Será la primera vez que afronte un trabajo así, pero a falta de un trabajo remunerado que escasea en nuestros días, he considerado aceptar la oportunidad que se me brindaba haciendo algo que sé hacer medianamente bien y disfruto con ello. El trabajo consiste en la redacción de unas memorias noveladas con tema social y político de fondo. El aspecto novelístico corre de mi cuenta y eso me da bastante libertad, siempre centrada en el tema, por supuesto.
Al parecer, en una tumba egipcia se encontró este epitafio:“¡Pon tu corazón en los textos!”. Es un lema a seguir tanto para los textos propios como para los encargos ajenos, a los que después de todo, hemos de poner todo de nuestra parte para hacer un trabajo digno y más aún si nuestro nombre aparece como autor.
Naturalmente, seguiré escribiendo los textos que provienen exclusivamente de mi imaginación, puesto que después de terminar LHDE (ya registrada y enviada a un par de editoriales) quiero seguir con dos novelas que tenía comenzadas (una fantástica, corta, ; y una realista tampoco muy extensa -no más allá de 150 páginas, pues no todo van a ser las 658 que tiene LHDE(!)). De ésta creo que ya os dije que tengo previstas una secuela y una precuela, y aún a lal espera de saber cuál de las dos me motiva más, emprenderé el camino de la documentación durante este año, para comenzar con la redacción el año próximo.)
Para acabar con la retahíla de mis proyectos (gracias por estar ahí y escuchar, compañeros), os dejo con éstas palabras de Adolfo Bioy Casares:
Pienso que escribir es una profesión aunque el prójimo no lo crea. Para mí fue siempre una profesión. Es, además, lo que he estado haciendo a lo largo de la vida.
Escribir por encargo es una forma, no la única, de escribir profesionalmente. Por si alguien piensa que escribir por encargo es, de un modo inevitable, algo indigno, recordaré que el Doctor Johnson, uno de los críticos de los escritores más extraordinarios, dijo en una oportunidad "Sólo un badulaque escribe por placer". Él escribía por necesidad, por dinero, y lo hacía admirablemente.
En principio no veo nada objetable en que un editor encargue una biografía para su colección de biografías o una novela para su colección de novelas. Hay buenos escritores indolentes que sin la compulsión del encargo dejarían muy poca obra. Quizá Johnson fuera uno de ellos. No voy a negar que a veces el pedido de escribir por encargo irrita al escritor. Por ejemplo, cuando le llega a uno estando desbordado por el trabajo; o cuando le piden algo ajeno a sus gustos o preocupaciones, como que escriba el libreto para una ópera a un escritor a quien las óperas no gustan. Cuando Lord Byron escribía "Don Juan", su editor, que no aprobaba ese poema, le propuso que escribiera un largo poema épico. "Odio hacer deberes", replicó Byron, y rechazó la propuesta.
Se empieza a escribir porque se tienen ganas y posibilidades de hacerlo, pero es una verdad que pensamos con particular convicción después del Romanticismo. Los escritores que escribieron para ganarse la vida, y que escribieron bien, son innumerables. Yo veo en ello una prueba de que la inteligencia escapa a las circunstancias y, en definitiva, se impone.
Como curiosidad, os dejo el tráiler de la última película de Roman Polanski, Ghost Writer, acerca de un hombre que acepta terminar las memorias del primer ministro británico, inacabadas tras la misteriosa muerte de un primer escritor. La vida del protagonista correrá peligro cuando descubra importantes secretos, los mismos que pudieron acabar con la vida de su predecesor.
Para saber más: El escritor como autor de encargo.
Ser escritor por encargo no es lo mismo que ser "negro literario". Veamos quienes
han trabajado como "negros" literarios:
Paul Auster
Sánchez Piñol
José Luis Coll (de un famoso periodista)
Álejandro Sawa (de Ruben Darío)
Andrés Trapiello
Santiago Rocangliolo
Antoine de Saint-Exupery (El principito fue escrito por encargo dos años antes de morir)
En sus Memorias prohibidas, el escritor Cándido narra cómo trabajó como "negro" literario en 1956 por 25.000 pesetas. Tenía que redactar trescientos folios para veinte biografías bajo el título de Los mártires de la Iglesia y el subtítulo Testigos de su fe que habían muerto asesinados durante la Guerra Civil; el encargo era tan urgente que debía estar concluido en un mes e iría firmado por fray Justo Pérez de Urbel, abad del Monasterio del Valle de los Caídos, que cobró 40.000 duros de entonces (200.000 pesetas); las prisas hicieron que Cándido se inventase muchos de esos heroicos mártires de la fe para ir más rápido; el beneficiario nunca le dio las gracias ni se molestó en verificar la obra.
Dice Cándido:
Las trescientas setenta páginas fueron una mezcla de invención y de plagio. (...) Inventé demencias y profanaciones y sentí piedad por los humildes. (...) Plagié bastante, como digo. Entre otros libros, Checas de Madrid, de Tomás Borrás, del que hurté muchas páginas. (...) Un día me acerqué a él y le dije: "Oiga Borrás, le he copiado treinta o cuarenta páginas de Checas de Madrid, puede llevarme a la cárcel, pedirme cien millones de indemnización o llevar a la cárcel a fray Justo Pérez de Urbel, que es el que firma el libro que yo he escrito.
Cuenta la leyenda que Alejandro Dumas se puso muy triste cuando su "negro" murió debido a la cantidad de trabajos pendientes que tenía que entregar. Pero en el entierro del primer "negro" apareció el "negro del negro" que podía seguir haciéndose cargo de las tareas...con lo que Dumas quedaría satisfecho.
Se rumorea que en nuestro días, César Vidal también está rodeado de negros y de "negros de negros"...
y que Fernando Sánchez Dragó confesó haber solicitado los servicios de uno.
Este post viene a colación de mi próxima incorporación a trabajar como escritora por encargo, que no negra, puesto que el encargo retribuído comporta mi inclusión como autora. Normalmente, los negros ceden sus derechos de autor al encargante (cosa ilegal aunque de práctica habitual), pero no será este mi caso. Será la primera vez que afronte un trabajo así, pero a falta de un trabajo remunerado que escasea en nuestros días, he considerado aceptar la oportunidad que se me brindaba haciendo algo que sé hacer medianamente bien y disfruto con ello. El trabajo consiste en la redacción de unas memorias noveladas con tema social y político de fondo. El aspecto novelístico corre de mi cuenta y eso me da bastante libertad, siempre centrada en el tema, por supuesto.
Al parecer, en una tumba egipcia se encontró este epitafio:“¡Pon tu corazón en los textos!”. Es un lema a seguir tanto para los textos propios como para los encargos ajenos, a los que después de todo, hemos de poner todo de nuestra parte para hacer un trabajo digno y más aún si nuestro nombre aparece como autor.
Naturalmente, seguiré escribiendo los textos que provienen exclusivamente de mi imaginación, puesto que después de terminar LHDE (ya registrada y enviada a un par de editoriales) quiero seguir con dos novelas que tenía comenzadas (una fantástica, corta, ; y una realista tampoco muy extensa -no más allá de 150 páginas, pues no todo van a ser las 658 que tiene LHDE(!)). De ésta creo que ya os dije que tengo previstas una secuela y una precuela, y aún a lal espera de saber cuál de las dos me motiva más, emprenderé el camino de la documentación durante este año, para comenzar con la redacción el año próximo.)
Para acabar con la retahíla de mis proyectos (gracias por estar ahí y escuchar, compañeros), os dejo con éstas palabras de Adolfo Bioy Casares:
Pienso que escribir es una profesión aunque el prójimo no lo crea. Para mí fue siempre una profesión. Es, además, lo que he estado haciendo a lo largo de la vida.
Escribir por encargo es una forma, no la única, de escribir profesionalmente. Por si alguien piensa que escribir por encargo es, de un modo inevitable, algo indigno, recordaré que el Doctor Johnson, uno de los críticos de los escritores más extraordinarios, dijo en una oportunidad "Sólo un badulaque escribe por placer". Él escribía por necesidad, por dinero, y lo hacía admirablemente.
En principio no veo nada objetable en que un editor encargue una biografía para su colección de biografías o una novela para su colección de novelas. Hay buenos escritores indolentes que sin la compulsión del encargo dejarían muy poca obra. Quizá Johnson fuera uno de ellos. No voy a negar que a veces el pedido de escribir por encargo irrita al escritor. Por ejemplo, cuando le llega a uno estando desbordado por el trabajo; o cuando le piden algo ajeno a sus gustos o preocupaciones, como que escriba el libreto para una ópera a un escritor a quien las óperas no gustan. Cuando Lord Byron escribía "Don Juan", su editor, que no aprobaba ese poema, le propuso que escribiera un largo poema épico. "Odio hacer deberes", replicó Byron, y rechazó la propuesta.
Se empieza a escribir porque se tienen ganas y posibilidades de hacerlo, pero es una verdad que pensamos con particular convicción después del Romanticismo. Los escritores que escribieron para ganarse la vida, y que escribieron bien, son innumerables. Yo veo en ello una prueba de que la inteligencia escapa a las circunstancias y, en definitiva, se impone.
Como curiosidad, os dejo el tráiler de la última película de Roman Polanski, Ghost Writer, acerca de un hombre que acepta terminar las memorias del primer ministro británico, inacabadas tras la misteriosa muerte de un primer escritor. La vida del protagonista correrá peligro cuando descubra importantes secretos, los mismos que pudieron acabar con la vida de su predecesor.
Para saber más: El escritor como autor de encargo.
01/02/2010
Cuento versus Novela
Cuento versus novela
por Daniel Herrera Cepero*
Un cuento es una imagen que razona.
Gaston Bachelard
Tomando como base el ensayo del escritor argentino Julio Cortázar “Algunos aspectos del cuento” (originalmente publicado en Diez años de la revista “Casa de las Américas”, nº 60, julio 1970, La Habana) y cotejando éste con otros textos de otros autores, vamos a trazar aquí unas líneas generales que nos sirvan de acercamiento reflexivo hacia el debate que nos ocupa: ¿Qué diferencia al cuento de la novela?
Desde la aparición de las narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe y los relatos de Kafka, pasando por el impulso dado por el boom latinoamericano, hemos llegado a un punto en que el interés por el cuento no ha dejado de subir. En 1970 Julio Cortázar afirmaba que “casi todos los países americanos de lengua española le están dando al cuento una importancia excepcional que jamás había tenido en otros países latinos como Francia o España” (Cortázar, 1970). En aquel momento Cortázar ignoraba aún de qué manera Europa recogería su herencia y la de muchos escritores americanos. Hoy en día, y no sólo en España, cada vez hay más jóvenes que se interesan por este género y lo practican, cada vez hay más talleres de escritura orientados al relato, más reuniones literarias cuyo centro de creación común es el mismo, más y más concursos de cuento. La novela no se ha visto afectada por esta abrupta fiebre de popularidad del cuento, de manera que ambos géneros narrativos conviven en el plano creativo. Es en otro plano, el de las ediciones y las ventas, donde al cuento todavía le queda mucho por conquistar; de momento, tal y como explica Félix J. Palma (Lanzas, 2002) el lector de relatos vendría a ser una “rara avis” perteneciente a una minoría suficientemente educada para disfrutar de ellos y que además no deja dinero a la industria editorial. Quizás sea un poco aventurado decir esto, pues, como apunta Roland Barthes, “innumerables son los relatos del mundo”, pero, dado que existen diferentes tipos de cuentos para todo tipo de lector, esto no parece ser el problema. Se acercaría más Fernando Iwasaki, periodista y director de la revista Renacimiento, que aporta una reflexión clave: “lo que no hay es un marketing del cuento. ¿O es que de verdad la gente quiere leer las biografías de Arzallus, Pitita Ridruejo y el juez Garzón?”. (Ibíd.)
A colación de esta reflexión de Iwasaki, uno podría seguir reflexionando de manera que el problema seguiría ampliándose y unificándose simultáneamente hasta llegar a plantearnos la propia base de la sociedad de consumo, incluso de la democracia. No es este el tema que nos ocupa ahora.
Julio Cortázar hizo una propuesta a la hora de diferenciar el cuento de la novela. En “Algunos aspectos del cuento”, trató de definir el éste comparándolo con la novela y ambos a su vez en analogía con la fotografía y las películas de cine respectivamente. Estas declaraciones del escritor argentino son muy interesantes, y también es muy fácil cometer con ellas ciertas injusticias al sacarlas de contexto. Es necesario realizar un análisis riguroso diciendo en qué aspectos del cuento, la novela, la fotografía y el cine se fija Cortázar para compararlos. En primer lugar, la limitación física:
La novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que una película es en principio un “orden abierto”, novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. (Cortázar, 1970; el subrayado es mío)
Vemos que, según Cortázar, el cuento y la fotografía parten de la premisa de la limitación, y de la utilización estética de esa limitación. No se compara la clase, sino el hecho de la limitación. Es cierto que, por ejemplo, el cortometraje, que también parte de estas premisas limitativas, se ajustaría más a lo que es el cuento, pero por lo general el cortometraje suele ser una película de bajo presupuesto, con pocos medios; ¿cuántos directores de cine consagrados han dedicado su creatividad a este subgénero? En cambio, ejemplos como los de Cortázar, Borges y muchos otros, nos muestran la evidencia de que el cuento es un género válido en sí mismo, y no un campo de pruebas para futuros novelistas, al igual que los buenos fotógrafos no suelen dedicarse a otras artes. Quizás otros géneros de las artes visuales se acerquen más al cuento; el video-art, por ejemplo. En cualquier caso la fotografía parece estar lo suficientemente cerca como para dar por buena la comparación. No ocurre así con la novela. Ambrose Bierce, escritor norteamericano de relatos fantásticos que vivió entre 1842 y 1913, hace de la novela1 una mordaz apreciación. En su Diccionario del Diablo la define como:
Cuento inflado. Especie de composición que guarda con la literatura la misma relación que el panorama guarda con el arte. Como es demasiado larga para leer de un tirón, las impresiones producidas por sus partes sucesivas son sucesivamente borradas, como en un panorama. La unidad, la totalidad del efecto, es imposible porque aparte de las escasas páginas que se leen al final, todo lo que queda en la mente es el simple argumento de lo ocurrido antes. (Bierce, 1906)
Esto no es lo que ocurre con un largometraje, aunque Cortázar no se refiere expresamente al largometraje sino al cine en general. La comparación también es buena, pues se refiere simplemente al “orden abierto” de novela y cine, aunque quizás hubiera sido más acertado por su parte especificar el carácter intermitente de acercamiento a la primera y tal vez a partir de ahí hacer alguna propuesta concreta en el ámbito cinematográfico: sagas, las series de televisión, telenovelas, etc.
Una vez tratado el problema de la limitación, veamos qué ocurre con lo que Cortázar denomina “el lado de allá”. Como se ha dicho antes, fotógrafo y cuentista recortan un fragmento de la realidad, pero lo hacen
de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia [...] proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucho más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento (Cortázar, 1970)
Esa apertura es necesaria para llegar al “clímax” al que la novela puede llegar por acumulación de elementos parciales. Vemos que, según Cortázar, el efecto imprescindible del buen cuento es casi el mismo que el de los buenos poemas. De hecho, el propio autor argentino dice:
[el cuento], ese género de tan difícil definición [...], en última instancia tan secreto y replegado en sí mismo, caracol del lenguaje, hermano misterioso de la poesía en otra dimensión del tiempo literario (Ibíd.)
Y no es el único que se refirió al carácter cercano a la poesía del cuento. William Faulkner afirmó que:
"...todo novelista quiere escribir poesía, descubre que no puede y a continuación intenta el cuento, y al volver a fracasar, y sólo entonces, se pone a escribir novelas."
Es curiosa esta declaración, sobretodo viniendo de un premio Nobel de Literatura autor de novelas de gran valor. Basta la lectura aislada de un fragmento, incluso un capítulo de muchas grandes novelas o cuentos para darnos cuenta de que la poesía no es patrimonio exclusivo del verso. El mismo Cortázar, en el capítulo siete de Rayuela, hace gala de la poeticidad de su prosa:
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.[…] (Cortázar, 1963)
Joan Rendé también sitúa al cuento a medio camino entre la poesía y la novela. Dice lo siguiente:
"Si aceptáramos la aseveración de Ernesto Sábato que dice 'la prosa es lo diurno y la poesía la noche: se alimenta de nuestros símbolos, es el lenguaje de las tinieblas y de los abismos". Si estuviéramos de acuerdo con esta definición, entonces tendríamos que situar el cuento en el preciso centro del atardecer, con toda su belleza efímera y vacilante, pero con toda rotundidad de conclusiones luminosas, atmosféricas y sentimentales.
Es, desde luego, arduo hablar de géneros, tratar de establecer esas líneas serpenteantes entre poesías, cuentos y novelas. Lo que les une, lo que tienen en común todas ellas -y nadie lo negará- son las palabras, esos iconos inventados para plasmar el pensamiento y el sentimiento: la memoria de los seres humanos. Detrás de ellas -unas veces por el propio valor, acierto o combinación y otras veces también por omisión- siempre hay algo más: por lo menos, esa parte de pensamiento o de sentimiento que no pudo plasmar totalmente la palabra. Al igual que el que escribe sus memorias nunca podrá reflejar todo lo vivido, con cada palabra en particular pasa lo mismo: siempre hay algo que se escapa. Las palabras se unen tratando de establecer un corpus que se acerque lo más posible al pensamiento, al sentimiento. Nace la literatura y con ella la materialización del misterio. La vida se mira en un espejo de pergamino; no se reconoce y se extraña, sin saber por qué se extraña pero se queda frente a él y se busca. Es lo que hay detrás de los buenos poemas, cuentos o novelas; aquello que, al apartar la vista del libro o de la pantalla, nos hace fijar la vista en el infinito.
Quizás lo apasionante del cuento es que todos y todas contamos historias, cada día, a nuestros amigos, a nuestros compañeros, a todo el mundo; pasamos la vida contando cuentos. Algunos escriben esas historias con maestría y nos hacen partícipes de la parte más profunda del ser acercándonos a ese patrimonio universal y misterioso que provoca una inevitable reverencia ante los libros.
1 En inglés, novel, novela realista por oposición a romance, novela de aventuras más o menos fantásticas.
* Daniel Herrera Cepero es escritor y teórico de la literatura. Ha escrito tres libros de poesía, una obra de teatro y el libro de relatos Dehechos reales (2003). Desde el 2001 organiza "Sesión de Cuentos", una reunión mensual de escritores y creadores que votan un tema cada mes. Luego se reúnen en un café de Madrid para leer, representar, cantar y mostrar las salidas creativas que cada uno se inventa en torno al tema propuesto. Para más información véase www.sesiondecuentos.blogspot.com.
por Daniel Herrera Cepero*
Un cuento es una imagen que razona.
Gaston Bachelard
Tomando como base el ensayo del escritor argentino Julio Cortázar “Algunos aspectos del cuento” (originalmente publicado en Diez años de la revista “Casa de las Américas”, nº 60, julio 1970, La Habana) y cotejando éste con otros textos de otros autores, vamos a trazar aquí unas líneas generales que nos sirvan de acercamiento reflexivo hacia el debate que nos ocupa: ¿Qué diferencia al cuento de la novela?
Desde la aparición de las narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe y los relatos de Kafka, pasando por el impulso dado por el boom latinoamericano, hemos llegado a un punto en que el interés por el cuento no ha dejado de subir. En 1970 Julio Cortázar afirmaba que “casi todos los países americanos de lengua española le están dando al cuento una importancia excepcional que jamás había tenido en otros países latinos como Francia o España” (Cortázar, 1970). En aquel momento Cortázar ignoraba aún de qué manera Europa recogería su herencia y la de muchos escritores americanos. Hoy en día, y no sólo en España, cada vez hay más jóvenes que se interesan por este género y lo practican, cada vez hay más talleres de escritura orientados al relato, más reuniones literarias cuyo centro de creación común es el mismo, más y más concursos de cuento. La novela no se ha visto afectada por esta abrupta fiebre de popularidad del cuento, de manera que ambos géneros narrativos conviven en el plano creativo. Es en otro plano, el de las ediciones y las ventas, donde al cuento todavía le queda mucho por conquistar; de momento, tal y como explica Félix J. Palma (Lanzas, 2002) el lector de relatos vendría a ser una “rara avis” perteneciente a una minoría suficientemente educada para disfrutar de ellos y que además no deja dinero a la industria editorial. Quizás sea un poco aventurado decir esto, pues, como apunta Roland Barthes, “innumerables son los relatos del mundo”, pero, dado que existen diferentes tipos de cuentos para todo tipo de lector, esto no parece ser el problema. Se acercaría más Fernando Iwasaki, periodista y director de la revista Renacimiento, que aporta una reflexión clave: “lo que no hay es un marketing del cuento. ¿O es que de verdad la gente quiere leer las biografías de Arzallus, Pitita Ridruejo y el juez Garzón?”. (Ibíd.)
A colación de esta reflexión de Iwasaki, uno podría seguir reflexionando de manera que el problema seguiría ampliándose y unificándose simultáneamente hasta llegar a plantearnos la propia base de la sociedad de consumo, incluso de la democracia. No es este el tema que nos ocupa ahora.
Julio Cortázar hizo una propuesta a la hora de diferenciar el cuento de la novela. En “Algunos aspectos del cuento”, trató de definir el éste comparándolo con la novela y ambos a su vez en analogía con la fotografía y las películas de cine respectivamente. Estas declaraciones del escritor argentino son muy interesantes, y también es muy fácil cometer con ellas ciertas injusticias al sacarlas de contexto. Es necesario realizar un análisis riguroso diciendo en qué aspectos del cuento, la novela, la fotografía y el cine se fija Cortázar para compararlos. En primer lugar, la limitación física:
La novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que una película es en principio un “orden abierto”, novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. (Cortázar, 1970; el subrayado es mío)
Vemos que, según Cortázar, el cuento y la fotografía parten de la premisa de la limitación, y de la utilización estética de esa limitación. No se compara la clase, sino el hecho de la limitación. Es cierto que, por ejemplo, el cortometraje, que también parte de estas premisas limitativas, se ajustaría más a lo que es el cuento, pero por lo general el cortometraje suele ser una película de bajo presupuesto, con pocos medios; ¿cuántos directores de cine consagrados han dedicado su creatividad a este subgénero? En cambio, ejemplos como los de Cortázar, Borges y muchos otros, nos muestran la evidencia de que el cuento es un género válido en sí mismo, y no un campo de pruebas para futuros novelistas, al igual que los buenos fotógrafos no suelen dedicarse a otras artes. Quizás otros géneros de las artes visuales se acerquen más al cuento; el video-art, por ejemplo. En cualquier caso la fotografía parece estar lo suficientemente cerca como para dar por buena la comparación. No ocurre así con la novela. Ambrose Bierce, escritor norteamericano de relatos fantásticos que vivió entre 1842 y 1913, hace de la novela1 una mordaz apreciación. En su Diccionario del Diablo la define como:
Cuento inflado. Especie de composición que guarda con la literatura la misma relación que el panorama guarda con el arte. Como es demasiado larga para leer de un tirón, las impresiones producidas por sus partes sucesivas son sucesivamente borradas, como en un panorama. La unidad, la totalidad del efecto, es imposible porque aparte de las escasas páginas que se leen al final, todo lo que queda en la mente es el simple argumento de lo ocurrido antes. (Bierce, 1906)
Esto no es lo que ocurre con un largometraje, aunque Cortázar no se refiere expresamente al largometraje sino al cine en general. La comparación también es buena, pues se refiere simplemente al “orden abierto” de novela y cine, aunque quizás hubiera sido más acertado por su parte especificar el carácter intermitente de acercamiento a la primera y tal vez a partir de ahí hacer alguna propuesta concreta en el ámbito cinematográfico: sagas, las series de televisión, telenovelas, etc.
Una vez tratado el problema de la limitación, veamos qué ocurre con lo que Cortázar denomina “el lado de allá”. Como se ha dicho antes, fotógrafo y cuentista recortan un fragmento de la realidad, pero lo hacen
de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia [...] proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucho más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento (Cortázar, 1970)
Esa apertura es necesaria para llegar al “clímax” al que la novela puede llegar por acumulación de elementos parciales. Vemos que, según Cortázar, el efecto imprescindible del buen cuento es casi el mismo que el de los buenos poemas. De hecho, el propio autor argentino dice:
[el cuento], ese género de tan difícil definición [...], en última instancia tan secreto y replegado en sí mismo, caracol del lenguaje, hermano misterioso de la poesía en otra dimensión del tiempo literario (Ibíd.)
Y no es el único que se refirió al carácter cercano a la poesía del cuento. William Faulkner afirmó que:
"...todo novelista quiere escribir poesía, descubre que no puede y a continuación intenta el cuento, y al volver a fracasar, y sólo entonces, se pone a escribir novelas."
Es curiosa esta declaración, sobretodo viniendo de un premio Nobel de Literatura autor de novelas de gran valor. Basta la lectura aislada de un fragmento, incluso un capítulo de muchas grandes novelas o cuentos para darnos cuenta de que la poesía no es patrimonio exclusivo del verso. El mismo Cortázar, en el capítulo siete de Rayuela, hace gala de la poeticidad de su prosa:
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.[…] (Cortázar, 1963)
Joan Rendé también sitúa al cuento a medio camino entre la poesía y la novela. Dice lo siguiente:
"Si aceptáramos la aseveración de Ernesto Sábato que dice 'la prosa es lo diurno y la poesía la noche: se alimenta de nuestros símbolos, es el lenguaje de las tinieblas y de los abismos". Si estuviéramos de acuerdo con esta definición, entonces tendríamos que situar el cuento en el preciso centro del atardecer, con toda su belleza efímera y vacilante, pero con toda rotundidad de conclusiones luminosas, atmosféricas y sentimentales.
Es, desde luego, arduo hablar de géneros, tratar de establecer esas líneas serpenteantes entre poesías, cuentos y novelas. Lo que les une, lo que tienen en común todas ellas -y nadie lo negará- son las palabras, esos iconos inventados para plasmar el pensamiento y el sentimiento: la memoria de los seres humanos. Detrás de ellas -unas veces por el propio valor, acierto o combinación y otras veces también por omisión- siempre hay algo más: por lo menos, esa parte de pensamiento o de sentimiento que no pudo plasmar totalmente la palabra. Al igual que el que escribe sus memorias nunca podrá reflejar todo lo vivido, con cada palabra en particular pasa lo mismo: siempre hay algo que se escapa. Las palabras se unen tratando de establecer un corpus que se acerque lo más posible al pensamiento, al sentimiento. Nace la literatura y con ella la materialización del misterio. La vida se mira en un espejo de pergamino; no se reconoce y se extraña, sin saber por qué se extraña pero se queda frente a él y se busca. Es lo que hay detrás de los buenos poemas, cuentos o novelas; aquello que, al apartar la vista del libro o de la pantalla, nos hace fijar la vista en el infinito.
Quizás lo apasionante del cuento es que todos y todas contamos historias, cada día, a nuestros amigos, a nuestros compañeros, a todo el mundo; pasamos la vida contando cuentos. Algunos escriben esas historias con maestría y nos hacen partícipes de la parte más profunda del ser acercándonos a ese patrimonio universal y misterioso que provoca una inevitable reverencia ante los libros.
1 En inglés, novel, novela realista por oposición a romance, novela de aventuras más o menos fantásticas.
* Daniel Herrera Cepero es escritor y teórico de la literatura. Ha escrito tres libros de poesía, una obra de teatro y el libro de relatos Dehechos reales (2003). Desde el 2001 organiza "Sesión de Cuentos", una reunión mensual de escritores y creadores que votan un tema cada mes. Luego se reúnen en un café de Madrid para leer, representar, cantar y mostrar las salidas creativas que cada uno se inventa en torno al tema propuesto. Para más información véase www.sesiondecuentos.blogspot.com.
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