De mal estudiante a gran escritor

Artículo del diario "El Cultural" firmado por Germán Gullón acerca del nuevo libro de Daniel Pennac, Mal de escuela. De niño mal estudiante, acaba siendo un gran escritor.

Hay escritores que reciben buenas críticas y, sin embargo, la fama internacional les pasa de largo. Es el caso del estupendo narrador francés Daniel Pennac, nacido Pennacchioni (Casablanca, Marruecos, 1944), cuyas novelas, traducidas al español, atrajeron a un grupo selecto de lectores de fino gusto, quienes reconocieron la expresividad de su lengua y el humor con que aborda las más variadas situaciones humanas. Redacta siempre sus obras narrativas partiendo de una historia bien pensada de antemano, que durante el proceso de escritura adquiere cuerpo verbal y cobra una textura particular, pues, al tiempo que cuenta el argumento, deja que su rica inventiva verbal descubra perspectivas inéditas en los pliegues del lenguaje, muchas veces jocosas, de los sucesos. La voz que relata, a su vez, se desdobla, busca ecos de sí misma, en ocasiones habla como narrador y otras por la boca de un simple personaje. La historia contada, podríamos decir, se da un baño de creatividad pennacquiana. Al escritor le gusta redactar estando presente de cuerpo y alma en el nacimiento textual, pues intenta que el momento de la creación sea limpio, y que ocurra cuando el narrador está más lúcido. Quien no haya leído algún volumen de la saga que lleva el nombre del protagonista, Malaussène –desde La felicidad de los ogros (1985) a Los frutos de la pasión (1999), y que incluye mi favorita de la serie, La pequeña vendedora de prosa (1989)–, se pierde una auténtica experiencia lectorial.

El ensayo de hoy, éxito de ventas en Francia, resulta un libro excepcional. Pennac, un pésimo estudiante durante su juventud, cuenta cómo consiguió superar su fracaso escolar y acabó siendo escritor y profesor de escuela secundaria, entregado en cuerpo y alma a la docencia. Esta biografía académica indaga en las causas del debacle personal, buscando una explicación y la manera de prevenir el fallo en los estudios, causado por la falta de confianza en la habilidad personal. Cierra el volumen con unas reflexiones, dignas de subrayado, sobre el estudiante actual.

Pennac nos ahorra el argot pedagógico y las explicaciones psicológicas que suelen acompañar las explicaciones habituales del fracaso escolar. Parte de unas preguntas elementales cómo ¿por qué mis hermanos fueron capaces de sacar buenas notas, de comprender las lecciones impartidas por los maestros, y yo, no? Leyendo su historial, por ejemplo, su incapacidad de hacer un dictado sin faltas, podríamos alegar una explicación plausible: que Pennac padecía una aguda dislexia, es decir, su memoria almacenaba incorrectamente los signos verbales. Pero el autor no busca paliativo alguno para su fracaso escolar.

Insiste que al mal estudiante hay que tratarle con el debido cuidado, y que la solución quizás resida en los docentes, porque la participación de los alumnos en la clase, el que se fijen en lo tratado en el aula, depende en última instancia del profesor, en “mi presencia también en mi materia, de mi presencia física, intelectual y material, durante los cincuenta y cinco minutos que durará la clase” (pág. 111). Nos recordará que fue un profesor quien le incentivó a cambiar de actitud. El docente que un día le sugirió, como si no fuera nada, que redactara una novela, y que lo hiciera bien, porque ya sabía que los críticos eran unos maletas, y echaban faltas, Así Pennac se vio movido, por un lado, a alcanzar el estado de concentración exigido por la escritura, a asumir el papel del yo que relee y corrige. Y para mejorar la ortografía recurrió a los servicios de un diccionario, que desde entones nunca le abandona. El complemento unas buenas lecturas, Tolstoi, por ejemplo, captaron definitivamente su atención, le llevaron a fijarse, a establecer esas cadenas de causa y efecto que crean la verdad y el sentido de todas las cosas.

Todos reconocemos la imagen tantas veces vista de un joven enchufado a su iPod o absorto jugando con una pequeña maquinita, totalmente ajeno al mundo a su alrededor. Ese muchacho encuentra en los juegos un refugio y un descanso del mundo de la educación que le exige participar, poner atención, resolver problemas y escribir correctamente. Estar consciente, en otras palabras. Una parte significante del alumnado tiene problemas con alcanzar ese punto, cuando nuestro ser pensante se tensa y resuelve un problema difícil o escribe un párrafo terso, que expresa exactamente lo que queremos decir. Quizás los padres tengan la culpa de que el niño se haya vuelto un consumidor, un cliente, que “accede a la propiedad sin contrapartida” (pág. 239). ¿Por qué razón los jóvenes van a dejar de ser hábiles consumidores para convertirse en aburridos estudiantes?

Las palabras de Pennac dan que pensar. No vale refugiarse en Google y buscar, buscar... y encontrar mil temas correlacionados. Insisto, hay que pensar en lo que hacemos.

Artículo de Germán Gullón en El Cultural.


Comentarios

  1. No he entendido a que te refieres con lo de buscar en Google. ¿Te refieres a los escritores que utilizan Internet como ayudante, o a que la mayoría de gente busca información en Google sin saber si es cierto o falso?

    Centrándome en el fracaso escolar, yo diría que ahora mismo existe porque se contagia de unos a otros en la etapa adolescente. Los padres no creo que sean el problema, los profesores puede que algo por no incentivar a los alumnos. Pero no estoy seguro de cual es la causa. Tal vez la edad, o cómo vemos las cosas en esos años.

    Yo deje de estudiar a los quince años. Mis padres se enfadaron muchísimo, pero a la larga creen que fue mejor. Estar un poco alejado de tanto adolescente loco me hizo pensar y centrarme en otras cosas diferentes. Comencé a pensar verdaderamente.

    Dejé la televisión y la consola, y comencé a escribir, a leer, y a descubrir lo que me rodea, y a mi mismo, desde las palabras. Escribir es increíble.

    Tuve que empezar a trabajar en algo que no me gustaba, y eso me abrió los ojos. Sin una base educativa, no puedes dedicarte a lo que te gusta.

    Ahora, tras un año estudiando por mi cuenta, conseguí el titulo de ESO, y me encuentro estudiando Bachillerato.

    Estoy viendo que con esto de la crisis y el desempleo, la mayoría de quienes dejaron el instituto (como yo), están volviendo a estudiar para conseguir mejor trabajo.

    En fin. Conozco la causa de que no fueran famosos, en sus tiempos, los escritores, pintores y demás artistas. Pero que exista fracaso escolar, por experiencia propia, no sabría explicar por que lo hay.

    Por cierto, recomiendo escuchar la radio como entretenimiento. Pero no la música, que la mayoría cree que es para lo único que funciona. Yo oigo Onda Cero, y me lo paso genial. Por la mañana Carlos Herrera y su grupo, hablan de política y luego un poco de risa para tener una buena mañana. Por la tarde, Julia Otero y su grupo comentan el día desde otro punto de vista, critican algunos programas de TV y debaten sobre temas de interés. Luego ya me voy a estudiar y no se que habrá, pero cuando llego, está Carlos Alsina hablando de política. La política da mucho que hablar, ¿verdad?

    Chao.

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  2. El artículo no es mío, así que el comentario de Google tampoco lo es. Yo uso mucho Google para documentarme, pues no tengo tiempo de ir a la biblioteca y allí no encontraría todo lo que busco, estoy segura, además de que lleva mucho más tiempo. La radio la escucho mucho desde hace tiempo: es una fuente importante de conocimiento y de opiniones, más que la tele.
    En cuanto al fracaso escolar, te diré que los padres sí deben tener mucho que ver. Yo era una buena estudiante, de notables y sobresalientes, pero sus conflictos en una época hicieron que mis notas bajaran en el bachillerato. Eso y un cambio de vivienda hizo que no continuara estudiando. Entré a trabajar en verano en una oficina y ya no cursé el COU, pues decidí seguir allí. Vale que hice cursos, vale que descubrí que lo que quería era escribir, pero si mis padres me hubieran dado un empujón para seguir estudiando, lo hubiera hecho. No sé qué, porque no tenía ni idea de qué carrera cursar.
    Por suerte, soy una persona inquieta y he leído mucho, he hecho cursos y muchos en mi entorno dicen que soy culta...Pero no tengo una carrera universitaria y eso a veces me duele un poco, porque sé cómo se trata a veces en los circulos intelectuales a aquellos escritores que no tienen carrera. De todos modos, el tener un título tampoco es señal de nada. Tampoco existe como tal el título de 'escritor', pues ese se consigue escribiendo mucho y con el tiempo. Quiero ese título, pero también quisiera llenar mis lagunas. Por eso estoy estudiando ahora ese curso de Teoría Literaria en la Universitat Oberta, para profundizar un poco en lo que es la literatura. Pero no tengo claro sí algún día podría cursar la carrera. No me llamó en su momento ni ahora creo que tampoco. Estudiaré este año, y si puedo, el próximo haré otro curso de Literatura Comparada. No sé más. Trabajar fuera de casa y después dentro, exige horas que el día limita.
    Sólo sé que es escribiendo como me siento bien. Sólo sé que cuando muera no miraré atrás y diré, qué bien, tengo el título de licencidada en (Literatura?Filología, Periodismo?), sino que daré un repaso a lo que escribí, a aquellos personajes que creé de la nada, y viven en mi memoria y en la memoria de quienes los leyeron.

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  3. No conocia a este escritor. Daniel Pennac. Me ha parecido muy interesante. Por mi parte creo que el fracaso es porque no hay ningún adulto pendiente d elos niños. Los padres ahora trabajanlos dos y llegan a la diez de la noche. Muchosprofesores ya no son vocacionales, sino funcionarios. Y los niños ahora tiene en su cuarto tele, radio, internet, consola, movíl, mp3... un sinfin de distracciones. La naturaleza busca siempre el estado de mínima energía, de equilibrio. Es decir, que los niños, si se les estimula y se está pendiente de ellos, tienden al esfuerzo cero.

    Mi madre, maestra, siempre estuvo en casa. Sacrificó su trabajo por sus niños. Y su presencia y guía fue (y sigue) nuestro estímulo.Pensó que éramos más importantes que ganar más, aunque viviéramos con algunas estrecheces y un solo sueldo, el de mi padre.

    Aparte está la dislexia de Pennac. En fin, esa es mi visión.

    Un saludo

    (A Hemingway le negaron 27
    htp://www.lenegaron27.blogspot.com)

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  4. Quería decir "si NO se les estimula". Un dislate.

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  5. Gracias Blas, por tu comentario. Muy loable y generosa la actitud de tu madre. Supongo que ella os ha enseñado muchas cosas que muchos maestros no hacen porque son eso: funcionarios.

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