Roberto Bolaño, el outsider


Crédito a Literaturas.com para este resumen de las últimas conferencias de Roberto Bolaño, un autor irreverente con los clásicos, sincero en su amor y su dedicación a la escritura.



En noviembre pasado, el escritor chileno recién fallecido pronunció cuatro conferencias en Barcelona en las que se despojó de sus miedos para hablar descarnadamente sobre su obra, su enfermedad y la literatura latinoamericana.


Roberto Bolaño. Santiago de Chile 1953. El autor chileno padecía una grave enfermedad hepática y estaba a la espera de un trasplante. Murió el día 15 de julio en Barcelona a los 50 años de edad. Gracias a su novela "Los detectives salvajes", con la que logró en 1998 el Premio Herralde y también el Rómulo Gallegos, considerado el Nobel de las letras hispanas, se colocó entre los escritores latinoamericanos más destacadas que vivían en España. Deja inconclusa su última novela llamada "2666", que había calificado como su obra más ambiciosa.

Roberto Bolaño no se andaba por las ramas. Su verbo apuntaba de frente con la ironía entre las mangas. Así que no era extraño que sorprendiera al auditorio de la Universidad de Barcelona con un título demoledor - "La literatura más enfermedad es igual a enfermedad si nadie lo remedia" -, para envasar las reflexiones sobre la nueva narrativa latinoamericana en su última charla de la Cátedra de las Américas.

El frío de aquel 14 de noviembre lo hacía replegarse aún más en ese suéter y esa bufanda anudada a su cuello, a su habla. "Escribir sobre enfermedad, y más si uno está gravemente enfermo, puede ser un suplicio. Si uno además es hipocondríaco, se trata de un acto de masoquismo, pero también puede ser liberador".

Las palabras de Bolaño fueron su irreverencia y su salvación, ya desde esos tiempos en los que trabajaba de noche para escribir y leer de día. Sus lentes, de hecho, fueron impuestos por el exceso. "Abusé de la lectura, pero nunca quise ser un autor de éxito. Pero todo llega. La enfermedad. El final del viaje", diría con su voz de fumador compulsivo.

Sus palabras eran un aguijón que no hacía distingos. Así, los libros de García Márquez mejor ni tocarlos y de Vargas Llosa mejor guardar el recuerdo juvenil. "La fiesta del chivo es una novela tramposa, con una estructura que es un engañabobos".

Bolaño iba más allá de la valoración de sus contemporáneos hasta contraponer, por ejemplo, la mezquindad de T.S. Elliot con la generosidad de James Joyce. "La Tierra baldía es un plagio de un libro de Joyce", desenfundaba su única arma. "No hay que leer o releer los libros de los cuales se hacen películas, y creo que de Los Miserables también se hizo un musical", remataría con esa obra que leyó durante su estancia en México y que dejó para siempre allí.

Matizaba con su humor habitual las estancias como interno en un hospital público en Barcelona y se escudaba en su querido doctor Vargas, uno de sus médicos, con quien decía mantener la relación de un hombre casado que procura ver lo menos posible a su mujer.

"Follar es lo único que desean los enfermos, los heridos graves, los suicidas, los presos; incluso, eso era lo único que quería Wittgenstein, el mayor filósofo del siglo XX. Es triste admitirlo, aunque es así: los libros son finitos, el acto sexual es finito. Pero el deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos".

"Me enoja eso de que soy un escritor tardío porque me siento envejecido prematuramente. He pasado toda mi vida escribiendo, aunque sólo a partir del 96 empecé a publicar en editoriales grandes. Pero para mi vida como autor no implica diferencia alguna escribir y no publicar nada o publicarlo todo. Me considero más bien un escritor precocísimo, muy malo pero precoz".

No se quejaba de los críticos, que aseguraba lo han leído con enorme generosidad, aunque quería saber quién acuñó aquello de que él era el Jack Kerouac del tercer mundo. Detestaba la violencia y se confesaba razonablemente cobarde. "En momentos clave de mi vida he sido valiente. Un hombre se puede arrepentir de haber amado, pero jamás de ser valiente. Estoy más orgulloso de la valentía que he visto que de la que he demostrado, diría parafraseando a Borges. El regalo de la valentía es un don, tal vez el mayor, junto al amor de un hijo o la entrega de una persona en el momento del acto sexual". Parecía entonces despojarse por completo, a pesar de que el invierno ya se anunciaba en su voz.

Le era imposible escapar al pesimismo que acabaría confirmándose al arrebatarle, a sus escasos 50 años, la posibilidad de seguir haciendo aquello que tanto amaba. "Todo lleva a pensar que esto no tiene salida", asomaría. Y, en efecto, su nombre quedó anotado en una lista de espera para un trasplante que nunca llegó; por suerte, ya antes había logrado inscribirlo imborrablemente en la memoria de la literatura latinoamericana.

2666: ODISEA INCONCLUSA

"Creo no ser buen poeta, pero sí un buen lector de poesía", aceptaría Roberto Bolaño, quien pensaba, como Nicanor Parra, que toda gran novela está compuesta básicamente de endecasílabos. A Huidobro, Neruda, Pablo de Rokha, Gabriela Mistral y Nicanor Parra los reconocía como los cinco grandes de Chile. "La poesía chilena es grande porque es rupturista. Todos se despreciaban entre sí".

Pese a la extraterritorialidad, al nomadismo lingüístico apuntado por algunos críticos, "yo sigo siendo un chileno de 15 años, la edad que tenía la primera vez que salí del país, en el 68", afirmaba repasando su historia, paseándose por ese México donde comenzó a escribir y esa España a la que llegó exiliado del Chile pinochetista en 1977, atraído por la explosión de alegría, el ejercicio de la tolerancia. "Barcelona era la ciudad más libre que había conocido jamás".

Más tarde, se instalaría en Blanes, la costa catalana donde escribió Amberes, que retomó luego de muchos años para salir a la luz pública en 2002. En su prólogo, ya no pediría "toda la soledad del mundo sino tiempo", ése que hoy lo ha traicionado.

El año pasado editó Una novelita lumpen, con cuyo título se protegía. Sabía que esa obra por encargo distaba de Los detectives salvajes, que le mereció el Premio Rómulo Gallegos. Con aquélla introducía al lector en una "tristeza muy breve, una tristeza casi portátil". Consideraba que, al estar narrada desde la perspectiva de una mujer, el acto de escribir gozaba de una teatralidad distinta.

A Roberto Bolaño le seducían la ciencia ficción y la novela negra, que, según afirmaba, en América Latina ha tomado el papel de obra comprometida, de denuncia. La vida, o más bien la muerte, ha querido que 2666, la que imaginaba sería su gran creación, le sobreviviera inconclusa. "Es una novela de género policíaco, con el agravante de que es excesivamente larga. Hay que ver hasta qué punto el género aguanta el tirón. Los listones que sostienen el armazón son de género, pero de otro, la ciencia ficción, la novela rosa", había revelado en su última conferencia.

Comentarios

  1. tener en las manos los detectives salvajes o 2666 y no llevárselo para casa, es dejar pasar el tren de un clásico por tus mismas narices.

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