Paolo Giordano

Os dejo un extracto de la entrevista de El Pais a Paolo Giordano, autor de "La soledad de los números primos." Fue durante mucho tiempo, un escritor sin obra. De esto hablaré en una próxima entrada.


La soledad de los números primos es una historia de amor frustrado adolescente, soledad metafísica y anorexia accidental, protagonizada por dos jóvenes (Mattia y Alice) tan confundidos por la vida que terminan convirtiéndose en números primos gemelos, aquellos entre los que siempre se encuentra un número par.
El libro ganó el pasado mes de julio el Premio Strega, convirtiendo a este hombre de 26 años en un fenómeno literario en su país natal.
“Intenté dos novelas antes, con toda la historia montada, pero las dejé en la página 80, porque ya sabía hacia dónde iban y cómo acababan. Me aburrí. Para poder terminar ésta tuve que estructurarla en pequeñas piezas. Soy muy poco fiel a las ideas.

Muchas veces llegan varias que no se complementan y se crea un conflicto. Si esa idea es buena, pero no encaja, trato de guardarla para otro momento. Nunca tiro ninguna, pues llegan muy pocas veces y no es cuestión de desperdiciar los bienes escasos”. Jugando al escondite con el tedio, Giordano descubrió que no le interesaba el proceso lineal de creación, porque, claro, ya sabía el final del libro, ese final que el autor no sólo no teme desvelar, sino que se siente en la necesidad de argumentar. “Los adolescentes no entienden el final. Dicen que es trágico y no pueden soportar la tragedia. Yo les digo que no es un final triste. Mi concepto de la tragedia tal vez sea muy de los noventa. En Facebook no hay jamás finales tristes”.

En Internet nunca halló Giordano la felicidad. Como Hank Moody, el personaje de David Duchovny en la serie Californication, una vez cometió el error de googlearse. “Fue horrible. Los blogs estaban llenos de gente que quería romperme las piernas. Jamás pensé que lo que yo pudiera escribir pudiese interesar a la gente, y menos aún que les pudiera irritar tanto. Internet me asusta. Me siento muy viejo diciendo estas cosas, pero es cierto”.

Pesimista e idealista, por lo que habita en un constante estado de frustración vital, el italiano aprendió de los grandes nombres de la literatura norteamericana del siglo XX (David Foster Wallace, Jeffrey Eugenides…), pero jamás dejó que el virus de la posmodernidad atacara su aproximación al hecho de escribir. La suya es una narrativa de vocación más clásica, más basada en la musicalidad que en el ruido semántico, estructurada alrededor de la historia y los sentimientos y libre de referencias pop, namedropping y demás artilugios. Tal vez el resultado tenga que ver con su naturaleza como lector: “Como tal, nunca estuve interesado en autores, en presentaciones, en críticas. Simplemente leía.

Ni se me ocurría que pudiese haber un negocio alrededor de esta cosa de la literatura, y mucho menos que yo pudiera llegar a formar parte de él. La primera presentación a la que asistí fue la de mi libro. Escribir me satisface, pero el acto de escribir, no. Me cansa mucho. Es simplemente trabajo. Pero pensar que soy un tipo que escribe me gusta. La idea de que soy un escritor es la mejor idea que he tenido jamás. De hecho, tuve esa idea durante cuatro o cinco años sin escribir una sola línea. Fui un escritor sin obra, pero la mar de orgulloso de mi trabajo, durante muchos años”.

Comentarios

  1. Curiosísima la entrevista, Martikka. Es cierto lo de las ideas, yo no tiro ninguna. Al final alo mejor se metaforsean de mariposa a gusano o al revés, o las archivo para el momentoen que la pueda encajar, o la guardo para un relato. Cuando la Musa habla, hay que prestar atención

    Un saludo

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  2. Interesante entrevista, 26 años y con un libro premiado, qué envidia, pero es lo que tienen los magos, hacen magia.

    Un saludo

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  3. Parece todo un personaje, el tal Giordano.
    Como dice Halatriste, ¡que envidia, tan joven!

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  4. Estoy acabando el libro de Giordano, y no me parece una buena novela: sólo son buenas las primeras 50 pàginas; en cuanto al resto, es ñoño y falsamente sentimental (por no decir adolescente), tiene un sinfín de escenas arbitrarias o gratuitas (de relleno), le falta musculatura narrativa, es inverosímil en muchos puntos, y le sobran comparaciones ociosas.

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