Diálogo con el maestro (II)

Diálogo con el maestro (I)


MAESTRO. ¿Cuánto hay que escribir diariamente?
CRONISTA. Lo mejor es suspender el trabajo cuando todavía todo marcha bien, y se sepa qué va a pasar a continuación. De esa manera nunca se atascará mientras esté escribiendo una novela. Esto es lo más valioso que puedo decirle, así que procure no olvidarlo.
MAESTRO. No lo olvidaré.
CRONISTA. Vuelvo a insistir en que es necesario interrumpir el trabajo, aunque las ideas acudan en abundancia a la cabeza, y no pensar más en él hasta el día siguiente cuando vuelva a reanudarse. De ese modo, el subconsciente lo elabora todo el tiempo que dura la interrupción. Pues pensar conscientemente en la tarea y preocuparse por ella, perjudica el trabajo y fatiga el cerebro. Una vez que se está enfrascado en una novela no debe preocuparle si podrá continuarla al día siguiente o no. Es lo mismo que preocuparse cobardemente por tener que participar en un combate inevitable. Sencillamente hay que hacerlo. Es absurdo preocuparse por gusto. Tiene que aprenderse eso antes de escribir una novela; la parte más difícil es terminarla.
MAESTRO. ¿Qué hacer para no preocuparse?
CRONISTA. Deje de pensar en ella. El mejor procedimiento es procurar distraer la atención en otras cosas.
MAESTRO. ¿Cuánto relee usted cada día de la obra antes de ponerse a escribir?
CRONISTA. Lo mejor es releerla toda desde el comienzo al paso que se corrige; luego, continuar escribiendo. Cuando se tiene escrito mucho, y no se puede leer desde un principio, releo diariamente los dos o tres capítulos anteriores y le doy semanalmente una lectura general; así la obra tiene homegeneidad. Y no hay que olvidar interrumpir el trabajo en el momento en que aún no se ha tropezado con dificultades; eso mantiene la buena marcha y evita el desmoronamiento; si no, se encuentra uno con que no puede continuar escribiendo al día siguiente.
MAESTRO. ¿Hace usted lo mismo cuando escribe relatos?
CRONISTA. Sí, sólo que, a veces, un relato se puede escribir en un día.
MAESTRO. ¿Sabe usted de antemano lo que va a suceder cuando lo escribe?
CRONISTA. Casi nunca. Empiezo a escribirlo y las escenas se van sucediendo a medida que escribo.
MAESTRO. Eso no es lo que enseña en una clase de literatura.
CRONISTA. No tengo idea de ello, pues nunca asistí a tales clases. Un profesor de literatura no tendría necesidad de enseñar esta disciplina en un centro docente si supiera escribir una obra.
MAESTRO. Pero usted me está enseñando a mí.
CRONISTA. Estoy chiflado. Por lo demás, estamos en una embarcación y no en un centro docente.
MAESTRO. ¿Qué libros ha de leer un escritor?
CRONISTA. Ha de leerlo todo para saber cómo ha de superarlo.
MAESTRO. Pero no puede leerlo todo.
CRONISTA. No he dicho que pueda hacerlo, sino que debería. Por supuesto que no puede.
MAESTRO. ¿Qué libros le son más necesarios a un escritor?
CRONISTA. La guerra y la paz y Ana Karenina, de Tolstoi; Midshirpman Easy, Frank Mildnay y Peter Simple, del capitán Marryart; Madame Bovary y la Educación sentimental de Flaubert; Los Buddenbroock, de Thomas Mann; Dublineses, Retrato de un artista adolescente y Ulises, de Joyce; Tom Jones y Joseph Andrews, de Fielding; El rojo y el negro y La cartuja de Parma, de Stendhal; Los hermanos Karamazov y otras obras de Dostoievski; Las aventuras de Huckleberry fin, de Mark Twain; El bote abierto y El hotel azul, de Stephen Crane; Salutación y despedida, de George Moore; Autobiografías, de Yeats; todas las buenas obras de Maupassant, Kipling y Turgueniev; Far Away and Long Ago, de W. H. Hudson y los relatos de Henry James, especialmente Madame Mawes, Otra vuelta de tuerca, Retrato de una dama, El americano…
MAESTRO. No me da tiempo a tomar nota de todos. ¿Hay más?
CRONISTA. Tres veces otro tanto. Se los enumeraré otro día.
MAESTRO. ¿Tiene un escritor que leerlos todos?
CRONISTA. Y mucho más. De otro modo, no sabrá lo que tiene que superar.
MAESTRO. ¿De qué modo debe entenderse “lo que tiene que superar”?
CRONISTA. Verá: no vale la pena escribir nada de lo que ya esté escrito si no puede usted superarlo. Un escritor en una época debe escribir sobre cosas que nadie ha abordado o escribir mejor los temas ya tratados. Y la única forma de saber si lo hace mejor es compitiendo con los literatos desaparecidos. La mayor parte de los escritores vivos no existen; su fama ha sido creada por los críticos, los cuales siempre necesitan un genio cada temporada, alguien al que ellos comprendan perfectamente y les sea fácil alabar; pero esos genios fabricados dejan de existir para siempre en cuanto desaparecen. Todo escritor serio ha de emular con los desaparecidos que han dejado una huella perdurable. Es como un corredor de fondo que compite contra el cronómetro más que contra los participantes de carrera. A menos que compita contra el cronómetro nunca sabrá hasta donde es capaz de llegar.
MAESTRO. Pero leer a todos los buenos escritores podría desanimarlo a uno.
CRONISTA. En tal caso, usted merece ser desanimado.
MAESTRO. ¿Cuál es el mejor entrenamiento para un escritor?
CRONISTA. Una infancia desventurada.
MAESTRO. ¿Cree usted que Thomas Mann es un gran escritor?
CRONISTA. Lo es y continuaría siéndolo aun cuando no hubiese escrito más que Los Buddenbrook.
MAESTRO. ¿Cómo se puede entrenar un escritor?
CRONISTA. Ha de observar con atención todo lo que sucede alrededor de él. Si enganchamos un pez es necesario mirar atentamente qué hace cada uno de los circunstantes; si usted se emociona mientras el animal de saltos procure retener en la mente cuáles fueron las acciones que le causaron la emoción; si fue el sedal al surgir del agua, ponerse tenso como una cuerda de violín, mientras lanzaba salpicaduras, o el modo en que le pez rompió la superficie, soltando agua mientras saltaba; es necesario recordar el sonido que ha producido y los comentarios que se hicieron al respecto. Hay que hallar la causa de la emoción que se experimenta, las acciones provocan la excitación. Entonces se toma nota de ello sin olvidar ningún detalle con el fin de que el lector lo viva y le cause la misma emoción que le causó a usted. Esto es un ejercicio primordial.
MAESTRO. De acuerdo.
CRONISTA. Entonces para variar, trate de meterse en la cabeza de otra gente. Si yo chillo, usted ha de intentar imaginarse qué estoy pensando en ese momento y al propio tiempo definir cuáles son sus sentimientos respecto a esa situación. Si Carlos echa pestes de Juan, reflexione acerca de los puntos de vista que ambos tienen; no se limite a tratar de establecer quién tiene la razón. Las cosas son como son y no como deben ser. Por ello, como persona, usted sabe quién tiene razón y quién no la tiene, ha de tomar una determinación e imponerla; como escritor no debe censurar, sino comprender.
MAESTRO. Conforme.
CRONISTA. Otra cosa: cuando las personas hablen, escuche atentamente. No piense en lo que usted va a decir; la mayor parte de nosotros no escuchamos nunca; ni tampoco observamos. Usted ha de ser capaz de retener con precisión en la mente todo lo que ha visto en una habitación después de haber salido de ella; y no sólo eso: si algo le ha causado emoción allí dentro, debe saber exactamente cuál ha sido la causa. Practique hacer eso. Cuando se halle en la ciudad, sitúese ante el teatro y observe cómo se distingue la gente en el modo de apearse de un taxi o automóvil particular. Hay mil maneras de ejercitarse. Y piense continuamente en los demás.
MAESTRO. ¿Cree que llegaré a ser escritor?
CRONISTA. ¡Qué sé yo! Tal vez carezca de talento para ello o acaso no tenga la sensibilidad suficiente para penetrar en los sentimientos de las otras personas. Pero usted tiene cosas interesantes que contar; intente trasladarlas al papel.
MAESTRO. ¿Cómo puedo saber si sirvo o no?
CRONISTA. Escriba. Si trabaja en ello cinco años, y trascurridos los cuales averigua que no sirve, entonces puede pegarse un tiro lo mismo que ahora.
MAESTRO. Descuide que no me lo pegaré.
CRONISTA. Siendo así, venga a verme y se lo pegaré yo.
MAESTRO. Muchas gracias.
CRONISTA. Será un placer Maestro. ¿Qué le parece si hablamos de otra cosa?
MAESTRO. ¿De qué?
CRONISTA. Pues… de cualquier cosa, Maestro.
MAESTRO. Está bien, pero…
CRONISTA. No hay peros que valgan. Demos por concluido este tema. Se acabó por hoy. El bodeguero cerró la tienda y quiere irse para su casa.
MAESTRO. Bueno; pero mañana le haré unas preguntas.
CRONISTA. Apostaría a que usted se divertirá escribiendo después de haber aprendido como se hace.
MAESTRO. ¿A qué se refiere?
CRONISTA. Usted me entiende. Que se divertirá, pasará un buen rato… tecleando descansadamente una obra maestra.
MAESTRO. Dígame…
CRONISTA. Basta.
MAESTRO. Está bien; pero mañana…
CRONISTA. Mañana será otro día.

Comentarios

  1. Bueno, no tiene desperdicio.
    Tomo nota de unas cuantas cosas.

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  2. Me alegro de que os haya gustado tanto como a mí.

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  3. A mí me ha encantado. Jolines ¡¡todo lo que tengo que leer!! Es de locos y cuánta razón tiene el tipejo de barba... En fin, sólo puedo quitarme el sombrero y reconocer lo pequeñito que es uno ante esto. Me ha encantado la entrada Martikka.

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