Ricardo Piglia, la literatura como eterna conversación


Ricardo Piglia

Nos ha dejado Ricardo Piglia, escritor argentino (1941-2017), teórico, crítico, guionista, intelectual, gran figura de las letras. 
Él, que defendía la literatura como eterna conversación, estaba aquejado en los últimos años de ELA (esclerosis lateral amiotrófica), dolencia cruel que lo dejó sin voz. 
Aún con la enfermedad, en los últimos años incrementó sus trabajos ayudado por su asistente escribiendo nuevos diarios y ensayos que nos deja como legado. 

La experiencia no es solamente lo que uno ha vivido. Es un proceso más complejo: son los relatos que a uno le contaron desde chico, es haber leído ciertos libros, haber visto determinadas películas. Un escritor debe tratar de buscar una historia que esté más allá de las experiencias de sus lectores. Hay que construir historias extremas. Por ejemplo, cuando escribí “Plata quemada” hice una primera versión donde la pifié porque me propuse narrar desde el departamento, como si éste fuera el personaje principal. Era más interesante reconstruir los pensamientos y las motivaciones de esos tipos en esa situación, es decir, contar la historia desde ellos. Esa es la forma literaria que me atrapa: cuando se reconstruye un lenguaje, cuando se lo pone en una situación extrema.


La mejor historia del mundo es la más fácil de contar. 



 Narrar, decía mi padre, es como jugar al póker. Todo el secreto consiste en parecer mentiroso cuando se está diciendo la verdad. 


 Yo veo la sociedad como una red de narraciones; no sólo es una red de intercambios económicos o sentimentales, sino también una trama de relatos. 


Una de las aspiraciones de Macedonio era convertirse en inédito. Borrar sus huellas, ser leído como se lee a un desconocido, sin previo aviso. Varias veces insinuó que estaba escribiendo un libro del que nadie iba a conocer nunca una página. En su testamento decidió que el libro se publicara en secreto, hacia 1980. Nadie debía saber que ese libro era suyo. En principio había pensado que se publicara como un libro anónimo. Después pensó que debía publicarse con el nombre de un escritor conocido. Atribuir su libro a otro: el plagio al revés. Ser leído como si uno fuera ese escritor. Por fin decidió usar un seudónimo que nadie pudiera identificar. El libro debía publicarse en secreto. Le gustaba la idea de trabajar en un libro pensado para pasar inadvertido. Un libro perdido en el mar de los libros futuros. La obra maestra voluntariamente desconocida. Cifrada y escondida en el porvenir, como una adivinanza lanzada a la historia.

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